A mis dieciocho años, mamá todavía pensaba que podía hacer y deshacer lo que quisiera conmigo, lo cual en parte era cierto, pero cuando tenía que ver con algo relacionado a caminar y recorrer varios lugares del centro de Verona, prefería dar a entender que en aquello no contara conmigo, intención inútil cuando se trataba de recorrer universidades, una vez más.
—¿Te sientes lista? —al hablar sus ojos no miraron directamente a los míos, sino que se centralizaron en mi aspecto mientras movía sus manos tratando de hacer todo lo posible para que me vea más presentable de lo que nunca había dejado de estar. Su preocupación era tanta que aquella mañana había decidido vestirme, luego de varias insistencias de su parte, siguiendo cada una de las indicaciones relacionadas a sus gustos de vestimenta.
—Toda la mañana me he sentido lista mamá, además, es la segunda, y última universidad, a la que vamos a indagar —me sentí en la necesidad de aclarar que no planeaba ir a otra universidad ya que mamá estaba más emocionada de lo normal respecto a mis estudios.
Una vez que entramos, luego de subir un sinfín de escaleras, todos los vestigios de personas mundialmente conocidas que habían pasado por aquella universidad nos recibieron. Las paredes eran de ladrillos atávicos, al igual que las estatuas que adornaban el lugar, dándole un aspecto más anticuado, aún así, los pocos estudiantes que caminaban frente a nosotras parecían no inmutarse y sorprenderse de lo que tenían a su alrededor, y tal vez era porque, desde un primer momento como yo, ya se habían asombrado. Cuando comenzamos a adentrarnos a su interior nadie se percató de nuestra presencia gracias a su interés en su charla o en su libro, lo que me pareció excesivamente inteligente. Mamá largó un comentario desagradable en relación a aquellos gestos por parte de los estudiantes, sin embargo, decidí hacer caso omiso y buscar el despacho del decano. Una vez encontrado, me recibió un pasillo que colgaba diez cuadros más con una distancia considerable entre cada uno, y un estante lleno de trofeos olímpicos y fotos de las personas que los habían obtenido. Mamá se estacionó a observar con detención cada trofeo sobre todas las repisas dentro, yo, por el contrario, golpeé con firmeza la puerta en donde se leía el nombre del decano ya que en el escritorio a un lado de su oficina no se encontraba nadie para guiarme.
—¿Giulia Cleveland? —un hombre de mayor edad poseedor de una voluminosa calvicie me dio la bienvenida con su rostro dubitativo. Mi espasmo llegó en el momento que dijo mi nombre cuando ni siquiera me conocía, pero luego lo entendí cuando miró detrás de mí, advirtiendo la presencia de mamá— Giovanna La Giudice —su sonrisa apareció al instante de pronunciar el nombre de ella, y luego de eso se hizo a un costado para permitirnos el paso—. Me da gusto que un pariente de apellido La Giudice se interese en la universidad de Florence —mencionó una vez que nos sentamos frente a él. Removió unos papeles esparcidos sobre su escritorio en un débil intento de ordenarlos mientras sonreía con efusividad.
—Oh, gracias a ti por abrirnos las puertas Marcus —mamá comentó emocionada—. Estamos buscando información para la carrera...
—De hotelería y turismo —terminé por ella. En ocasiones se me hacía tediosa la presencia de mamá cuando se trataba de relacionarse frente a personas de alto rango intelectual. Sabía quién era Marcus gracias a ella, sabía todos sus diplomas, enmarcaciones dentro de varias universidades, y el reconocimiento obtenido durante la mayor parte de su vida, pero me sentía capaz para hablar por mí misma, suficiente había tenido ya con darle la honra de elegir mi vestimenta—. Mi idea es irme de Europa y conocer la mayor parte de lugares que se me permita, siento que con esta carrera voy a tener el conocimiento suficiente que pondrá experiencia en mi ámbito teórico —cuando terminé, su mirada se mantuvo sobre mí por varios segundos, y no fue que decidió hablar luego de buscar papeles entre una carpeta que tenía sobre su intento ordenado de escritorio y extenderlos ante mí.
—Te ofrecemos estudiar la carrera dentro de dos ámbitos; para emigrar, que es lo que te interesa, y para empleo. En el primero te ofrecemos emigración para Canadá, Australia, Nueva Zelanda y Reino Unido —al decir aquello, con la punta de su lapicera señaló lo recién mencionado—. Tal vez no es viajar por todo el mundo, pero además de irte con una buena base y un diploma internacional, es un muy buen comienzo —la oferta era más de lo que esperaba a decir verdad, y en aquél momento agradecí haberme interesado en investigar más a fondo la carrera en esa universidad, sin embargo, mi semblante serio se mantuvo.
—¿Cuánto dura la carrera?
—Un año y dos meses —era muy poco tiempo, lo que favorecía aún más mis proyectos a futuro.
—Quiero un papel con el cronograma a seguir en el caso que decida aplicar —su asentimiento de cabeza vino seguido de una sonrisa que débilmente trató de disimular. Me tendió dos papeles impresos por las dos partes.
—Muchas gracias Marcus por la buena atención, como siempre tú tan impecable —halagó mamá a la vez que guardaba dentro de mi mochila y Marcus se paraba de su silla.
—No tienes por qué agradecer, sabes que tanto tú y tus seres queridos son más que bienvenidos en Florence.
La visita a la universidad me había dado más gozos que disgustos, y debo admitir que aplicar allí me daba confianza en relación a mis objetivos. Sabía que sólo necesitaba una confirmación de mi parte, lo que requería más investigación y seguridad a mi decisión, algo que estaba a medias, pero dentro de mi designio, sabía que iba a terminar aplicando, lo que me hacía falta era tiempo para ordenar más detalladamente mis horarios y todo lo necesario en relación a eso.
—¿Te ha gustado? ¿Qué opinas? —mamá encendió el motor del auto rumbo al supermercado.
—Me ha agradado, y sorprendido, no pensé que me fuera a emocionar de la forma en la que lo hice, pero tengo que pensar en mi decisión.
—Marcus no sabe dar sesiones en vacaciones, pero tal vez haya hablado antes con él para anunciar nuestra presencia... —rodé los ojos luego de escuchar eso, tendría que acostumbrarme a las jugadas sucias de mamá.
Durante el viaje las charlas triviales abundaron dentro del coche, y una vez que el gran edificio del supermercado nos recibió desde el estacionamiento, mamá, como era de esperarse, me obligó a bajarme con ella con la excusa de que necesitaba de mi ayuda para elegir un par de productos para la casa, lo que en realidad no tenía nada de verdad puesto que, después de preguntar mi opinión, ignorará esta y terminaría haciendo lo que desde un principio pensó, claro que luego de repetirle reiteradas veces que no necesitaba de mi presencia porque ignoraba mi opinión, me ignoró murmurando que estaba loca y que me necesitaba. Nunca supe por qué el accionar inentendible de mamá, o esos caprichos que no podía dejarle pasar a las personas que la acompañaban; no tenían coherencia pero de alguna forma necesitaba que se cumplan, ante mi duda, decidía una vez más, callarme y acostumbrarme a su forma de ser.
—Bien... —delante del carrito sacó un papel en donde, con su letra cursiva y grande, se leía perfectamente los materiales necesarios— Vamos a la parte del refrigerio —puso en marcha sus piernas y con ellas el carrito, que con dificultad podía a duras penas manejar. Como era de costumbre, seguí su paso durante todo el trayecto de góndolas, pero no me quejé cuando llegamos a la parte de las golosinas y sacó varias bolsas de gomitas que, indirectamente, me regalaba a mí—. Necesito que busques el líquido para el piso mientras yo voy a ver el precio del pollo, tenemos que ganar tiempo sino no llego para el almuerzo —sin rechistar, obedecí perdiéndome entre todos los productos de comidas hasta llegar a la parte de limpieza, escogiendo un olor del líquido a mi gusto, a la hora de volver, luego de varios minutos de búsqueda, encontré a mamá hablando amistosamente con una señora que, de espaldas, se me hacía demasiado conocida. Mi espasmo llegó cuando la reconocí, y mis ganas de esconderme aparecieron como por arte de magia, pero aún así, en medio de mi asombro, y como primera reacción, comencé a buscar con la mirada a la persona que no esperaba encontrar dentro del supermercado, pero aquello se vio interrumpido cuando mamá notó mi presencia—. ¡Lia, ven! —Martha Benem, esposa de Giulio Camellieri, me miró con sus ojos achinados regalándome la sonrisa más dulce que su rostro podía expresar.
—Buenos días Martha —saludé arrugando el dobladillo de mi camisa blanca.
—Oh Lia, me da gusto encontrarte hoy.
—Estuvimos averiguando universidades, y creo que ha encontrado a la indicada —mencionó mamá.
—¿Por cuál te has decidido?
—La universidad Florence, tiene todo lo que necesito para lo que quiero hacer en mi futuro. Me ha convencido demasiado.
—Me alegra mucho saber de tus metas tan altas y fuera de confort. Realmente me alegra Lia... —Martha tocó mi brazo con su mano en una especie de caricia, yo estaba todo menos cómoda entre aquellas dos mujeres, la primera razón y demasiado obvia, era que temía de la presencia de Angelo, no quería tener que encontrarme con él después de lo que había pasado hacía dos noches atrás, no estaba preparada para afrontar la situación, y es que sentía aquello tan pesado y con tanto compromiso que pensar en nuestra cercanía en la fiesta de los hermanos Xaviero ponía los pelos de punta, más por el hecho de cuidar la reputación de mamá, y que Daniela supiera de eso me daba a saber que tenía en sus manos el poder de contarle a una persona que lo divulgue, además, después de toda la tensión producida entre nosotros, sabía a leguas que él podía cambiar de un momento a otro con su personalidad tan bipolar, y aquello era algo con lo que no quería lidiar, y al decir eso me refería al tener que recibir comentarios filosos de su parte respecto al tema.
—¿Cómo anda Giulio? —la pregunta de mamá me sacó de todas mis cavilaciones, haciéndome volver a la realidad incómoda de la que era parte.
—Oh bien, muy emocionado con el libro, quiere hacer todo lo posible para que se publique con rapidez... —Martha miró a mamá con dulzura.
—Sí, hay algunos temas que me gustaría hablar con él... —y lo que esperé, y no me imaginé, que dijera, lo dijo— Estaría encantada si gustan cenar hoy con nosotros. Podemos tomar unas copas de vino mientras hablamos sobre el libro y nuestros intereses.
Mierda.
—¡Oh, sí, cuenta con nosotros! —respondió Martha con una alegría descomunal— ¿A qué hora te gustaría que fuéramos?
—¿A las seis les parece bien?
—Sí. Obvio. Es la hora a la que Giulio se desocupa de tanto papeleo.
—Buenisimo. Entonces a esa hora los esperamos —luego de un efusivo y alegre saludo por parte de Martha, desapareció de nuestras vista moviendo sus voluminosas caderas y resonando sus zapatos contra el suelo.
Mamá se quedó parada viendo el lugar por el que se fue, yo igual, pero por mi mente pasaban las distintas posibilidades de excusarme para no estar presente en la cena, y en mi mente ninguna era aceptada por mis padres, lo que me obligaba a prepararme mentalmente a tener que recibir a la familia Camellieri. Luego de eso, la tarde pasó entre investigaciones y videollamadas entre mis amigos, en donde Betta nos dio una explicación luego de sentirse lista para hablar. Su versión me daba la espina de que quería convencernos de que Louis no era la persona que, claramente, nos había demostrado. Lo excusó diciendo que habían discutido porque no se encontraba en un estado favorable para su salud, puesto que tenía que volverse solo en su vehículo, lo que no puse en duda ya que, dándome cuenta de lo desagradable e inconsciente que era, no era de extrañarse que no se cuidara en aspectos que tenían que ver con su salud. Nos explicó que la intención de él no había sido agredir, lo que fue una completa mentira, que lo que nosotros vimos no lo entendimos y accionamos por coraje e ira, sin embargo, no supo explicarnos la razón por la que se vio, tan evidente, que había intentado pegarle. En esa videollamada, y luego de cruzar varios mensajes con Erick, entendí que lo que pasaba con Betta era más grave de lo que imaginaba y que, desgraciadamente y muy a mi pesar y el de mi amiga, iba a tener que meterme con pequeñas indirectas y adentrandome de a poco al tema, mientras tanto, durante la charla que no tenía más que infortunio, decidimos no opinar nada. Hablamos durante varias horas en las que decidí no mencionar nada sobre lo que pasó con Angelo, y mucho menos contar que ese mismo día posiblemente iba a sentarse a comer en mi mesa, puesto que, por consecuencia, aquello traería varios comentarios que deseaba evitar por parte de Erick, y no estaba dispuesta a escuchar su versión delirante de lo que suponía presentir culpa de lo que había visto en la fiesta.
Una vez que la videollamada finalizó, robó mi atención la curiosidad de husmear donde sabía que no tenía que husmear, y en f*******:, luego de escribir el nombre de Angelo, fotos con la calidad más alta me saltaron en su perfil. Había fotografías de sus viajes, de sus outfits en donde no salía su rostro, y varias más con Sam. Entre sus amigos, el rostro de Daniela me saltó en un diminuto cuadro; clickee sin pudor alguno encontrándome con varias fotos de ellas, y cuando entré a su galería, me resultó difícil encontrar fotos con sus amigos o personas cercanas a ella, pero para mi extraña suerte, logré descubrir la foto que había llamado a mi curiosidad en su habitación. Hice el mayor zoom que f*******: me permitía, pero aún me era irreconocible la parte trasera del cuerpo que juraba haber visto alguna vez en mi vida.
—Comienza a prepararte, vendrán en una hora y son demasiado puntuales —respondí con un asentimiento de cabeza esperando a que desapareciera de la puerta, y cuando lo hizo, guardé la foto en una de mis carpetas de la computadora y comencé a prepararme.
La cena era casual, por lo que no quería tener una vestimenta fuera de eso, así que sin pensarlo me decidí por un vestido beige que cubría más que mis rodillas y unos tenis blancos. Mi peinado se basó en una coleta que presioné con fuerza para que ningún cabello se saliera de sí, y cuando el timbre sonó, el golpeteo en mi puerta me dio el aviso para salir a recibir a la familia Camellieri. Sin entender por qué, pero sabiendo la razón, suspiré profundo mirando mi aspecto frente al espejo, y cuando terminé de bajar las escaleras, vino y la sonrisa de Martha y Giulio me recibieron.
—Buenas tardes —los saludé con un beso en la mejilla el cual Martha me respondió con un extenso abrazo, mientras que Giulio sólo asintió con su cabeza luego de devolverme el beso. Mamá los hizo pasar al comedor mientras papá le hablaba, con una felicidad oculta, a Giulio.
Sorpresivamente, un vago sentimiento de decepción llegó a mí cuando la puerta se cerró dando por bienvenidos a aquellos dos únicos invitados, sin embargo, mi mente procesó la situación recordando la razón por la que mi felicidad tendría que abundar al no ver a Angelo. Seguí a los Camellieri al comedor dandome por bienvenida una charla de política que llamó a mi aburrimiento y estupor por la rapidez que mantenían al adentrarse a una conversación tan compleja como esa, pero luego de varios minutos en donde, los quehaceres de mamá obligaron a Martha a asistirla, y detrás de ella, a mí, agradecí por no tener que oír charlas que no fueran de mi interés, pero para mi mala suerte, me adentré a una más insufrible; los hijos. Aquello no hubiera sido tedioso si la señora con la que mamá mantenía conversación no hubiera sido la progenitora de Angelo Camellieri, pero fingiendo mis inexistentes ganas de establecerme dentro de la cocina, me callé y escuché, o traté, al menos.
—Angelo trabaja la mayor parte de su tiempo, y aunque tenga ciertos horarios en los que tiene que asistir, su teléfono no deja de sonar durante todo el día, y muy a su pesar tiene que recurrir con rapidez al hospital... A veces se le hace tedioso, no lo culpo, pobre —Martha suspiraba por su hijo. Yo estaba segura que a cualquier estudiante de medicina le gustaba tener que acudir con rapidez por la asistencia de otra persona, no negaba que en ocasiones podía ser pesado y algo que suprimía tu tiempo, pero estaba segura que eran conscientes de el hecho de tener que ayudar en el ámbito de la salud en cualquier horario, y que estaban conformes con ello.
—Me imagino, dios mío, pobre joven —mamá suspiró también con su mano en el pecho.
—Giulio me dice que preocuparme hará mal a mi presión y sacará más arrugas a mi rostro, pero no hay problema con eso porque lo evito con cremas —comentó como si fuera algo tan fácil y efectivo como hacer una gelatina—, el tema es que no puedo no preocuparme cuando mi hijo recorre las carreteras en completa soledad y a cualquier hora de la noche.
—¡Me imagino, querida! Yo tampoco podría dormir sabiendo que Lia está desamparada por ahí —la exclamación exagerada de mamá hizo que inconscientemente rodara mis ojos.
—¿Tú y Angelo llevan la misma edad amor? —la mirada de Martha fue totalmente insistente e intimidadora mientras se acercaba con cautela a mí.
—Tengo sólo dieciocho...
—Oh, no son muchos años. Tal vez con más contacto podrían llevarse bien —hubiera deseado ser sensata con ella, pero su bondad tan extremista no me permitía arruinar sus ilusiones—, Angelo es un poco difícil, pero cuando le agarras las mano sabes por dónde ir.
—No he tenido mucho contacto con su hijo, pero se ve buen chico.
—Oh ya lo tendrás, se está formando una buena relación entre nuestros matrimonios —mamá y Martha rieron cómplices luego de mirarse, yo fingí hacerlo, y en el momento que estaban por seguir con la densa conversación, Giulio entró disculpándose con mamá.
—Te pido disculpas Giovanna, pero de imprevisto Angelo ha confirmado su presencia. Espero que no te moleste...
—¡Oh para nada, es un honor tenerlos a todos reunidos en mi casa! —el estupor llegó cuando la mención de Giulio hizo ruido dentro de mí. De repente, la poca comodidad que tenía, y esto fue gracias a la ausencia de Angelo, se esfumó como el viento que lleva el polvo, con esa misma facilidad.
—Espero que no te moleste Lia —mi mirada perdida en un punto fijo totalmente inexistente se concentró en los ojos de Giulio Camellieri. Fingí una de mis mejores sonrisas, y luego de regalarme un poco de simpatía ladeando su comisura, desapareció sin entender que había largado una bomba que ya había explotado desordenando todo dentro de mí.
Traté de convencerme de que estaba exagerando la situación, pero en mi interior sabía que no. Las personas hablaban, y así como lo hacían arruinaban cosas gracias a eso. Tal vez el hecho de que Daniela estaba muy borracha como para poder entender lo que pasaba me daba un poco de esperanzas sobre que al día siguiente había amanecido sin acordarse de la mayor parte de la noche, pero también estaba la versión en donde sí se acordaba y, culpa de mi casi inexistente relación con ella, no le importaba divulgar aquello como si fuera una banalidad. No dudaba que podía entender el por qué no tenía que decir nada sobre eso, pero el lado que me decía que claramente no lo entendía, o no se daba cuenta, ganaba por un ochenta por ciento, y tal vez lo hacía porque no nos conocíamos lo suficiente como para que pudiera guardar un secreto sobre mí, pero sí sobre Angelo...
Luego de quince minutos, el timbré sonó anunciando la llegada de alguien, la cual era totalmente predecible. Martha se emocionó y corrió a abrir sin previo aviso, mamá me miró con sus cejas elevadas pero sin embargo no dijo nada, yo me quedé allí, sentada sobre la mesada de la cocina preparándome para lo que se venía. Su postura despreocupada y su enterizo n***o sobre su camiseta gris apareció por la cocina. Mamá lo miró con una sonrisa y lo saludó con una efusividad muy parecida a la de Martha, y en el momento que comenzó a acercarse a mí, su mano izquierda comenzó a extenderse para posicionarse en mi costado derecho donde, luego de dejar un beso sobre mi mejilla, presionó endeblemente sacando un leve quejido de mi garganta, y se fue sin mirarme pero con una sonrisa plantada en su rostro que, desgraciadamente, ocultó frente a Martha y Giovana librándose de cuestionarios tediosos. Yo me quedé allí tildada, tratando de pensar que la señal que indirectamente me tiró, no fue eso, sino que una simple coincidencia.
Él se reunió con papá y Giulio, adentrándose a una charla de finanzas y negocios, yo me quedé con mamá y Martha absorta de su aburrida conversación. Si lo que abundaba en el espacio del comedor me hubiera interesado, no hubiera dudado en unirme, pero para mi desgracia, en ninguna de las dos charlas quería ser partícipe, y por consecuencia a eso, no me quedó otra opción más que sacar mi teléfono y leer los mensajes que había ignorado en algún momento del día.
EMBOLADA.
La respuesta de Betta, luego de mi pregunta por su estado, logró extrañarme, más específicamente el significado de ella, así que no dudé en preguntarle.
UN ARG EN LA FIESTA DIJO QUE ESO ERA ESTAR ABURRIDO.
Reí tomando en cuenta que tal vez aquél argentino había sido Sam, pero descarté la idea al instante; no había posibilidad de que Betta haya tenido contacto con él en la fiesta puesto que no conocía a nadie que se relacione con Sam.
—Amor, deja eso —la voz de mamá resonó en mis oídos haciendo que vuelva a prestar atención a lo que tenía enfrente—. Vamos a cenar ahora —asentí con mi cabeza y comencé a ayudarlas recogiendo los platos necesarios para ubicarlos sobre la mesa.
Cuando llegué al comedor, papá dejó de hablar para recibirme los platos y poscicionarlos él, mi sonrisa orgullosa, al ver como Giulio lo miró estupefacto, adornó mi cara. Al volver a la cocina, mamá verificaba el pollo mientras Martha no paraba de hablar a su lado, y entendiendo que no tenía intenciones de ayudar, saqué los vasos para ponerlos sobre la mesada, en donde, gracias a mis pequeñas y delgadas manos, se me permitió agarrar sólo tres, los cuales papá me recibió una vez más, en la segunda vuelta con los demás vasos. La estupefacción llegó a mí cuando el que me esperaba era Angelo y no papá.
—Déjame ayudarte —su sonrisa altanera no desapareció en ningún segundo mientras le pasaba los vasos.
—Gracias —susurré.
—Cuando quieras —y en aquél momento agradecí haberme dado la vuelta, puesto que mis ojos abiertos le hubieran dado indicios de una respuesta gestual a sus palabras.
Mi mesa era rectangular y con un amplio espacio para varias personas, y fue por eso que tuvimos la dicha de dividirnos por familia; de un costado los Camellieri y del otro nosotros, nadie en las puntas.
—¡Es exquisito Gio! —Martha alagó.
—Gracias, es mi especialidad... —las charlas volvieron a lo relacionado con la política, y aquella vez mamá y Martha trataban de ser parte soltando algunos comentarios fuera de término.
—Y tú Lia, ¿aún planeas irte? —la pregunta de Angelo fue en el momento menos oportuno de la mesa; cuando todos estaban en silencio. De haber sido en el instante que todos emocionados hablaban de política sin parar hubiera podido ignorar su cuestionamiento, pero para mi mala suerte, aquello no pasó.
—Va a entrar a la universidad Florence —mamá respondió por mí a la vez que metía un pedazo de comida a mi boca.
—Oh, esa es una muy buena universidad.
—Sí. Estoy feliz por ello —mencioné con una sonrisa.
—Una pena que lo hagas por emigrar y no por empleo.
—Una pena es no progresar con la sociedad, pero hay personas y personas, ¿no? —el pie de mamá hizo contacto con mis gemelos, dándome a entender que aquél comentario había sido fuera de tono.
—Prefiero progresar con la medicina para ayudar a las personas de mi país.
—Gustos son gustos Angelo, no te voy a juzgar —murmuré.
—A mí me gusta esa idea... —Martha habló temerosa.
—Es una idea muy novedosa a mi parecer, pero sigo pensando que la gente aquí nos necesita. Hay mucho por hacer —la opinión de Giulio robó toda nuestra atención.
—Está bien que aquellas palabras vienen del mismísimo alcalde, pero si miras para afuera, somos uno de los países que mejor se encuentra en cuanto a economía, sociedad y seguridad. Siento que tenemos arraigadas costumbres que en otros países son totalmente extrañas, que en realidad es lo que pasa con todos las personas que vienen como turistas o se van a serlo, pero siento que somos parte del primer mundo, y que nuestra economía y seguridad está tan perfectamente que me alegra haber tenido la dicha de nacer aquí. Lo que pasa con otros países, un buen ejemplo de eso es Argentina, es todo lo opuesto a eso, y está bien querer ser conocedor de por qué la economía en tal lugar está de tal forma, o adentrarse a la sociedad para experimentar lo que nunca experimentamos.
—¿Te refieres a inflación?
—Costumbres, comidas, lugares, extranjeros... —respondí a Angelo asintiendo con mi cabeza.
Luego de aquella respuesta, no obtuve contradicciones por parte de ninguno, lo que me dejó tranquila y alejada de un debate que no quería hacer. La comida se basó en charlas tan triviales que lograron aburrirme al instante, y en el momento que terminó, la intención de mamá y Martha por tomar vino se vio reflejada cuando, con mucha coordinación y como si hubiera sido parte de un plan, se pararon a traer copas y un vino añejo de el estante de papá. Cuando sirvieron sobre mi copa, admiré el líquido bordó con recelo; tenía un grave problema con los vinos, sobre todo los añejos, y este era que con solamente dos copas lograba ponerme en sintonía a lo que se refería alguien al mencionar a otra persona con ebriedad. No sabía por qué, o cómo, justamente con ese tipo de alcohol mi sistema nervioso central lograba humillarse a tal punto. Y siendo sincera conmigo misma, no estaba en el lugar requerido para embriagarme aquél día, así que no dije nada aceptando la primera copa. Minutos después, luego de que tomaran varias copas fundidos en charlas llena de júbilo, mamá reía con más frecuencia y sus mejillas se tiñeron de un rojizo, papá tocaba sus labios con insistencia mientras trataba a duras penas concentrarse y entender la charla, Giulio estaba más alegre que nunca y la efusividad de Martha se había intensificado. En diagonal a mi sitio, Angelo escuchaba la conversación con suma atención.
—Hija, ¿puedes ir por mi libreta sobre mi tocador? —la pregunta de mamá fue mi salvación. Sin pensarlo me paré y comencé a caminar hacia su habitación. Una vez que llegué no pasé desapercibida mi figura frente al espejo inmenso que adornaba una gran parte de la pared, el cual te favorece en demasía gracias a la luminosidad que brindaban los pequeños focos pegados en su marco, debía destacar que en ocasiones, básicamente cuando te acercabas intimidante, marcaba hasta tu más diminuta imperfección.
La libreta roja de mamá sostenía su lapicera sobre el escritorio, al lado de su disperso maquillaje. La cogí, y sin evitarlo, abrí la tapa encontrándome con incongruencias sobre la hoja, además de los garabatos a un costado de la misma. Busqué la última página escrita encontrándome con información muy detallada, pero desordenada, de Giulio. Decía la universidad a la que había aplicado y hasta los problemas en relación a sus conocidos, nada de poemas o información conclusa, sólo palabras sueltas y desarregladas, así que sin más cerré el cuaderno y salí de la habitación de mamá, reparando por detrás con la presencia inoportuna de Angelo abriendo la puerta de mi habitación cauteloso. No me detuve mucho tiempo a debatir si me convenía seguirlo o dejarlo pasar para espiar sus movimientos desde un lugar en donde no pudiera verme, así que me armé de valor a encontrarme con él, nuevamente, en un sitio donde sólo éramos nosotros dos