Capítulo cinco

4671 Palabras
Dentro de mis dieciocho años de vida jamás había coincidido tanto con una persona en ciertos aspectos, y al decir esto me refiero a acciones, y sé que mi mención es extremista, pero mancharle la camiseta a un mismo chico, por segunda vez, era algo que no me había pasado antes. —No me extrañan estas buenas impresiones de tu parte —murmuró Sam lo suficientemente alto como para hacerse oír sobre la música. Decidí hacer caso omiso a su comentario. —Disculpame, no te vi venir... —en cualquier otro momento aquellas palabras no hubieran sonado tan pesadas como se escucharon, pero veinte tragos de shot no podían disimularse con fluidez. —Oh no te preocupes, es algo que yo puedo arreglar solo...—luego de oír aquello, mi amiga soltó una risa casi inaudible y jaló de mi brazo sacándome de allí. En una hora, las personas dentro se multiplicaron desde la última vez que había estado en la parte principal de la casa, y al parecer el espacio iba a seguir llenándose más hasta, literalmente, explotar, o, hasta el punto de que la policía llegase con una multa. Cuando la música comenzó a resonar por mis oídos, haciendo que mis caderas se muevan al compás, el increíble hecho de que, casualmente, había terminado en la fiesta de los hermanos Xaviero, se alejó de mis pensamientos como si el encuentro con Angelo, que dejaba en evidencia el hecho recién mencionado, nunca hubiera pasado. No tuve tiempo de sorprenderme por la increíble coincidencia, y gracias al efecto provocado por los tragos puros que había tomado momentos antes, nada parecía importarme más que mi propio disfrute aquella noche. Mi vestido se subía constantemente dejando en evidencia más piel de la que tenía planeado mostrar, pero luego de bajarme en reiteradas ocasiones la tela, mi cansancio había terminado por ganar al pudor que había perdido en algún momento del tiempo que llevaba bailando, así que, sin vergüenza alguna, el hecho de que mi vestido se subiera había pasado de importarme, a no hacerlo. Las risas de mis amigos provocaron las mías sin razón aparente, y mientras bailabamos, los tragos pasaban por nuestras gargantas como si estuviéramos tomando agua, hecho que nos perjudicaría en un futuro para nada lejano, pero en ese momento disfrutar era más importante que las náuseas porvenir. —Me hubiera olvidado de no ser que esa mirada te penetró hasta lo más recóndito de tu ser, pero ¿de dónde lo conoces? —Erick habló cerca de mi oído para que pudiera escuchar con claridad sus palabras. Hubiera respondido como comúnmente lo hago, pero su observación en esos lacónicos segundos en donde estuvimos con Angelo hicieron que ponga más atención a sus palabras, y mi cara, al parecer, fue una cruda evidencia de la sorpresa que me dejó— Me vas a decir que no lo notaste, fue tan obvio... —Tal vez es porque piensa que soy odiosa. Estoy segura que es eso. Y si insinuas lo que creo que insinuas, sacate esa idea de tu cabeza; no nos caemos —su risa resonó en mis oídos. —Ya me darás la razón. —No te daré la razón en absolutamente nada, deja de alucinar, el vodka te hizo muy mal —rodó sus ojos como si estuviera cansado de escuchar. Cuando mi atención se concentró en todo a mi alrededor, mi amiga había dejado de bailar gracias al interés que había dedicado a su celular. No tuve tiempo de preguntar con quién hablaba, puesto que su cara al leer algo que claramente no fue de su agrado me lo demostró todo, aún así, omití decir alguna palabra respecto a la situación en cuanto nos informó que se desaparecería en busca de un trago, algo que dejó en evidencia su mentira tan débil; tanto Erick como yo sabíamos que iría detrás de aquél inútil que tenía como ligue, que cabe destacar, le importaba demasiado como para aguantar todo ese tipo de cosas. —Entonces somos nosotros dos —Erick sonrió tratando de aliviar el momento tenso que dejó la huída de mi amiga, o bien tratar de olvidar su molestía. —Ya va a volver. Algún día se cansará —animé. —Eso espero...—su respuesta dejó mucho que desear cuando miró hacia el sitio por el que había desaparecido nuestra amiga, decidí ignorar aquello y tratar de llamar su atención, pero eso se vió totalmente interrumpido cuando a un costado alejado de nosotros la figura de Angelo y Daniela llamó mi interés. Se movían en gestos que daban a entender una fuerte discusión entre ellos. Él relamía sus labios denotando enojo, pero mostrando una postura demasiado tranquila, ella, por el contrario, reía con sarcasmo mientras movía sus brazos enérgicamente y cambiaba la posición de sus pies cada tanto. No lograba ver con claridad todos sus gestos gracias a la escasa luz y a los destellos coloridos que alumbraban a cada persona dentro, pero mi afán de concentrar y visualizar con claridad los movimientos de ambos desaparecieron en el instante que por inercia la mirada de Angelo se encontró con la mía. Mi cuerpo pareció no reaccionar, pero no porque su mirada estuvieran intimidando mis movimientos, sino que mi curiosidad por saber qué tanto pensaba contemplar mi cuerpo de pies a cabeza era más grande que eso. —Como te dije, me darás la razón —la voz de Erick apareció de imprevisto haciendo que vuelva a la realidad de la que, inconscientemente, me había ido. —Por dios, cállate —murmuré riendo y volviendo a centrarme en mi amigo. Luego de eso, dejando pasar varios minutos, habían desaparecido por completo perdiéndose de mi vista, y bajo movimientos totalmente disimulados, intenté buscarlos entre toda la gente que nos rodeaba, pero sin éxito volvía a lo mío. —¿No tienes calor? —mi amigo habló agitando su mano delante de sí mismo. Asentí con mi cabeza riendo sin razón alguna, y en el momento que nos dirigimos hacia la parte trasera de la casa, me di cuenta que lo que había tomado durante lo que iba de la noche había afectado más de lo que hubiera querido, aún así no di indicios a mi amigo. En el jardín todos estaban reunidos en pequeños grupos ligados a la ebriedad de la que eran parte, algunos fumaban y otros vomitaban en lugares apartados y escondidos del espacio verde que se tendía ante nosotros, otros, como mi amiga, discutían con fervor detrás de un árbol con la inútil intención de ocultarse. Instintivamente llamé la atención de Erick tocando su antebrazo, quien tuvo el propósito de ir hacia ellos. —¿Qué haces? No te metes hasta que veamos que pase a más —le advertí mirándolo, él asintió con su cabeza y con su semblante me dió a entender que no se encontraba conforme con mi aviso. Comenzamos a observar con atención cada alteración por la que pasaba el chico que estaba frente a ella, y la situación comenzaba a volverse extraña a medida que pasaban los segundos; él no parecía estar en un estado tan lúcido como para discutir con razonamiento, y la indignación de mi amiga era evidente al ver como él parecía restarle importancia a sus comentarios. Los dos movían los brazos efusivos, dejándome con esa pizca de intuición de que nada bueno iba a salir de eso, y repentinamente, mi percepción se hizo realidad; de un momento a otro me estaba dirigiendo hacia su dirección, y no sé si fue un obsequio del destino, pero no logró divisar mi presencia ni siquiera cuando me abalancé sobre él. Escondí mi puño entre mi estómago erguido gracias al dolor que me había provocado colisionar contra su pómulo. Lo oí gritar porquerías hasta que algo detonó con firmeza sobre mi costilla derecha, provocando un suplicio tan fuerte que excitó un aullido de dolor el cual intensificó mis ganas de caer sobre el suelo—. Maldito enfermo —susurré mientras observaba cómo Betta intentaba separar sin éxito a Erick de Louis, quien se había encarnizado sobre él. Esperé recostada que el dolor disminuyera, pero nada de eso pasó, ni siquiera cuando mis amigos se acercaron a asistir. Intenté levantarme con su ayuda, pero mi padecimiento me impidió aquello, sentía como mis lágrimas mancharon mis mejillas, y no supe si lloraba del dolor o de la ira que contenía hacia Louis, pero dejé que cayeran sin vergüenza alguna. —Esto es una mierda —Betta tocaba con delicadeza mi costado afectado, como palpando con sus manos, llena de esperanza que éstas pudieran sacarme el dolor. Los minutos pasaron bajo preguntas preocupantes de mis amigos y frente a un cuerpo inerte; Louis se veía realmente mal, y algo que era sorprendente fue el hecho de que nadie recorrió a ayudarlo, ni a mí ni a él; todos miraron la escena con suma atención, sin querer perderse lo próximo por venir dentro de la pelea. Agradecí tener la presencia de mis amigos a mi alrededor, de lo contrario, con dolor y con impotencia de que ni siquiera una chica venga a ayudarme, me hubiera quedado recostada sobre el árbol fingiendo que no me afectaba en lo absoluto. Erick intentaba calmar la situación pero se notaba a leguas el enojo que cargaba, Betta estaba tan preocupada que estaba segura se echaba la culpa por todo, yo, recostada sobre el suelo, esperaba a que el dolor cesara, que con éxito se estaba logrando. Luego de aquella golpiza mi poca ebriedad había desaparecido dejándome en un estado de demasiada lucidez, como si hubiera sido absorta de cualquier trago de vodka, lo que era irreal. —Oh Lia, ¡por dios! ¿cómo estás? —Daniela se sentó sobre el césped con un semblante preocupado y sus manos suspendidas sobre el aire— Vi todo desde adentro... —Estoy bien, no te preocupes —en el momento que miré sus ojos para sonreír tratando de denotar tranquilidad, el bordó que pintaba su esclerótica y la pupila completamente dilatada llamó mi atención. ¿Cómo era posible que tuviera los ojos tan extrañamente raros? —Déjame ayudarte entonces —sus manos rodearon mi brazo e intentaron levantarme con suma fuerza, mis amigos parecían espectar todos sus movimientos, pero al mirarlos supe que estaban perdidos en otra cosa. El dolor se intensificó por pequeñas partes cuando mi cuerpo dejó de estar erguido, y mis ganas de ir al baño aparecieron de sopetón. Quería ver que tan mal estaba mi costado, y gracias al vestido, ver eso en público era imposible. —Iré al baño —hablé dirigiendo mi mirada más específicamente a Erick, quien entendió con claridad mi indirecta para que hablara con Betta. Daniela dejó de agarrar mi brazo cuando nos adentramos a toda la multitud dentro, reemplazando su agarre por delicados toques cada tanto, como indicando por dónde es que iba ella. Subimos unas escaleras, que a decir verdad se me hicieron muy largas y difícil de subir, y al estar en la segunda planta, la cual estaba limitada de personas, me dirigió hacia una puerta blanca de el ala derecha del pasillo. —Quédate aquí, iré por el botiquín para ver cómo está eso —luego de ver sus ojos totalmente abiertos y sus manos moverse con agresividad ante ella, asentí con mi cabeza y me adentré al pequeño cuarto que tenía como baño. Mi aspecto en el espejo demostraba todo menos limpieza y bienestar, tenía pequeñas ramas pegadas en el pelo y en mi vestido n***o se pintaban figuras grises, que por suerte sacudí y desaparecieron al instante. Con temor subí mi vestido desde mis muslos, dejando en evidencia la gran mancha violeta que teñía mi costado derecho, y me asusté en el momento que toqué con delicadeza y me dolió. Aquello era tan grande que estaba segura que no iba a disminuir en un mes, y querer ocultarlo frente a mis padres iba a ser difícil si el dolor no cesaba. Esperé varios minutos sentada en la tapa del inodoro, pero la presencia de Daniela cada vez se volvía más imposible, ¿qué tanto podría tardar al buscar un botiquín? —Está ocupado —grité luego de que dos golpes se hicieron oír. Pensé en las posibilidades de que Daniela volviera luego de quince minutos de su ausencia, pero estas dejaron de existir cuando los quince minutos pasaron a ser veinticinco, y fue en ese momento que me di cuenta que no volvería,, así que bajé mi vestido y arreglé mi aspecto frente al espejo, tratando de estar presentable bajo mis circunstancias posibles, y cuando abrí la puerta, encontrarme con unos ojos marrones que me miraban con sorpresa, fue lo que menos esperé hallar. Su remera blanca había sido remplazada por una de color n***o, sus mejillas estaban coloradas, y su cabello tan perfectamente despeinado que no creía que decir aquella palabra le sentara bien a su aspecto. Su mirada bajó a mi brazo que tocaba mi costado con cuidado, y esperaba que no hubiera visto la escena que montamos hace unos minutos, o al menos, que intentara no decir ni una palabra sobre el tema. —¿Vas a dejarme pasar o te quedarás estorbando allí? —su voz sonó tan dura que en otro momento me hubiera quedado a responder, pero no me sentía con las ganas suficientes de discutir, así que me corrí saliendo del baño— Vaya que te han hecho mierda, ¿eh? —al decir aquello, su voz no sonó risueña, al contrario, mostró un semblante demasiado serio— Lo vi todo. No entendí por qué te abalanzaste hacia él, pero repito, tu ser tan obstinado no tiene límites... —al darme vuelta, su sonrisa hizo presencia en sus labios. —No te incumbe —tal vez en otro momento hubiera hablado sobre lo sucedido, pero en en aquella situación prefería callar y pensar que no le incumbía, y no me enorgullecía decir que le había pegado una piña a alguien, pero aquello cambiaba cuando mencionaba que ese alguien había agredido físicamente a mi amiga. —¿Sabes que lo que dije en la cocina no fue verdad? —su pregunta fuera de tema logró captar mi atención. —¿Qué? —Angelo sonrió de lado. —No era algo que quería arreglar... Mi camiseta —me recordó al momento que mi ceño se frunció—. Es singular tu manera de aparecer. —No es singular, yo creo que el destino sabe de tu idiotez e hipocresía y me manda a mí a refrescarte la memoria... o el cuerpo —reí. —¿Sabes? Te hubiera hecho lavar mi camiseta de no ser que estaba ebrio. —¿Y ahora no lo estás? No podías obligarme a hacerlo —su asentimiento de cabeza respondió a mi pregunta. —Te ibas a sentir en la obligación de hacerlo cuando manchara tu vestido n***o. —Pues por suerte es n***o, ¿no? —Había un licor blanco en la cocina que te iba a sentar perfecto —respondió entendiendo mi indirecta. —No sé por qué me gasto en discutir contigo. —Porque no tienes nada mejor que hacer Lia, dudo que bajes al comedor a exponer tu herida entre tantas personas que no se preocuparán por bailar con cuidado cerca tuyo —en realidad, no lo había pensado de esa forma, pero tuvo mucho acierto en sus palabras. Entre tantas personas estaba segura que ninguna era consciente de lo que tenía a mi costado, por lo tanto, aquello traía como resultado codazos y empujones insensatos, aún así, no dije absolutamente nada—. Está bien, ¿sabes qué?, me voy a callar la boca, voy a entrar al baño y cuando salga voy a ayudarte —y así fue como lo hizo. Lo extraño de eso fue que dentro del baño no tardó ni siquiera un minuto, tomando en cuenta también el hecho de que no se escuchó el ruido de la cadena, tampoco dije nada y dejé que me guiara hacia una habitación vacía para deliberar el estado de mi herida. En ese momento agradecí no tener que ir al hospital por culpa de Angelo quien, para mi extraña suerte, era médico y apareció en el momento más oportuno de la noche. La habitación a la que me llevó mantenía colores cálidos en cada decorativo. La cama de dos plazas se encontraba ubicada a pocos metros de un tocador bastante iluminado y desordenado, al lado de este había un armario abierto con prendas desdobladas que hacía parecer que la madera vomitaría a causa del desorden y la demasía en ropa que guardaba. Cuando escuché el ruido de la puerta cerrarse busqué a Angelo con la mirada, como pidiendo una explicación de su parte, él entendió el semblante que mantuve y me aclaró que era para mi propia privacidad, lo que segundos después pensé sintiéndome tonta. En el momento que me acosté sobre la cama, abrió el armario de par en par, permitiendo que algunas prendas se caigan al suelo, y sacó lo primero que sus manos tantearon. —Tápate cuando te subas el vestido —y me arrojó la remera de los Beatles a la cara. Omití cualquier palabrerío para terminar con la situación lo más rápido posible, puesto que mis ganas de acostarme sobre mi propia cama y descansar eran más grandes que la simpatía con mis amigos si deseaban quedarse en la fiesta. En el momento que Angelo se acercó a mí, sentándose a un lado en la cama, su mirada me dio a entender que ya tenía que subirme el vestido para que él pudiera observar la herida, y sin esperar a que se diera la vuelta, me subí con rapidez la tela hasta mis caderas, donde desde allí comencé a separarla de mi cintura lo mayormente posible para que ésta llegue a la parte baja de mis pechos—. Eso no se ve nada bien... —murmuró. Mi mirada se concentró en sus facciones tan marcadas, que de un minuto a otro me había olvidado a lo que realmente habíamos ido a aquella habitación, y no fue cuando sus dedos palparon, olvidando la delicadeza que mantenían, que me di cuenta que ya había comenzado a revisar. Su rostro denotaba absoluta concentración, y aseguraba que el mío deseo—¿Puedo? —sus ojos marrones se concentraron en mi rostro, no divisé a qué se refería con esa pregunta, pero aún así asentí, ansiosa de que me quitara la mirada de encima. Estaba segura que mi rostro era un libro abierto a todas mis emociones, y que descubriera lo que realmente estaba sintiendo aquella vez, no iba a hacer más que humillarme frente a él, una vez más. —Me duele más allí —susurré cuando sus dedos tocaron mis caderas, a pocos centímetros de los costados de mi ropa interior. Realmente donde más dolía era en la zona de la cintura, pero sus dedos en esa área era todo lo que anhelaba en aquél momento. Palpaban con la delicadeza tal que, no supe si en verdad no dolía o mi concentración en sus toques era tanta, que el dolor había perdido uso de sentir en mi organismo. Los segundos se hicieron espesos y lentos, y el ambiente no ayudaba para nada a pasar el tiempo, pero aquella noche, en aquella habitación, mi comodidad había venido hacia mí sin ni siquiera yo buscarla, y deseaba estar hablando únicamente de aquél sentir, pero la tensión que se había formado entre nosotros dos era tan evidente que estaba segura que ámbos la notamos pero decidimos no pronunciar ni una sola palabra. —Te pegó con demasiada ira debo decir, agradece que no te haya roto ninguna costilla —sus palabras me sacaron del trance en el que me había metido gracias a la escena que tenía ante mí. Asentí con mi cabeza, pensando que se iba a levantar para dar por terminado lo que estaba haciendo, pero eso no pasó; siguió palpando y mirando con suma concentración mi piel teñida en colores derivados al violeta—. Cólocate Diprogenta. —¿Qué es eso? —Es una combinación de un antiinflamatorio y un antibiótico, es para administración en la piel, te ayudará —asentí aún con su mirada en mi cintura. —¿No sientes algún otro dolor además del obvio? —su pregunta me hizo pensar en las escasas posibilidades con las que contaba para retenerlo mirando mis hematomas, y sin pensarlo, emití lo primero que se me vino a la mente. —En las piernas... —susurré. Sentía un leve dolor en el costado de mi muslo derecho, pero presentía que no era nada como para necesitar de una revisión, a lo sumo un raspón, más que eso no, pero él no tenía porqué saber de mi exageración. Al instante sentí como corría con cuidado la remera que había ubicado sobre mi pelvis dejando a la vista mi muslo que, aparentemente, estaba más dañado de lo que creí. —Voy a necesitar un botiquín para desinfectar eso —anunció parándose y caminando hacia un cajón de la mesita de luz que se encontraba a un lado de la cama. De allí extrajo la caja blanca que Daniela tanto se tardó en buscar dentro de su propia casa—. Tal vez te duela, pero supongo que no eres tan cobarde como para gritar —su voz se tiñó de gracia mientras sacaba el algodón y lo embebía en alcohol. —Define cobarde... —mis palabras lo hicieron reír, y por consecuencia a eso, solté una risa nerviosa. Tenía miedo a las agujas y se me bajaba la presión cuando veía sangre, no quería imaginar el dolor que me iba a provocar curarme una herida reciente con alcohol etílico, pero decidía tratar de no pensar en eso y distraerme con cualquier otra cosa dentro de aquella habitación mientras respiraba profundo, lo que no esperé encontrar fue un hilo que sostenía muchas fotografías en las que, en todas, aparecía Daniela, pero lo que más llamó mi atención fue que específicamente en una, donde salía con Samuel, se divisaba la parte trasera de alguien demasiado conocido para mí, un poco alejado de los hermanos pero demasiado cerca como para lograr verse, la sorpresa llegó a mí gracias a aquellas fotos, pero desapareció al instante que supe que tenía que prepararme mentalmente, haciéndome olvidar de lo visto, cuando de reojo vi a Angelo acercar su mano a mi cuerpo, y el dolor quemó mi herida como si ésta se estuviera prendiendo fuego. Ahogué varios gritos de dolor y volví a respirar hondo cuando lo alejó, y en el momento que abrí mis ojos pude ver como el algodón de ser blanco pasó a estar manchado de lo que supuse era tierra mezclado con sangre. —Voy a poner una gasa —avisó revolviendo en la caja para encontrar lo recientemente mencionado. Una vez que cubrió mi herida, me dijo que ya podía bajar mi vestido mientras ordenaba los materiales dentro del botiquín. —Muchas gracias por esto —aquello costó salir, pero realmente se merecía, mínimo, un gracias de mi parte. Sus ojos se clavaron en mí luego de mencionar eso—. ¿Qué? —No esperaba que tu soberbia te permitiera agradecerme —su comentario hizo que rodara mis ojos a la vez que sacaba la remera de mi pelvis y bajaba el vestido con el cuidado de no rozar con fuerza las gazas pegadas a mi piel. Cuando me paré no medí nuestras distancias y por consecuencia a eso su cuerpo se encontró muy cerca del mío, lo gracioso, y sorprendente a la vez, fue que ninguno hizo el intento de separarse, y aquella noche entendí que lo que había dicho Erick, en parte, tenía un poco de coherencia, más específicamente de mí parte, y me costaba admitir y no fingirlo, pero decir que me atraía físicamente era muy limitante para lo que sentía, debo mencionar que nada nuevo; durante mis años de adolescencia jamás supe lo que era enamorarme de alguien porque nadie me había interesado en ese sentido, sólo sentía atracción s****l, y da la maravillosa casualidad que era lo que sentía hacia Angelo, que en la mayoría de las veces lograba saciar, y atracción física; comúnmente ésta era la primera a sentir, hasta que me daba cuenta que su apariencia llamaba mi atención de una forma más s****l, o no, y en ese caso cedía a salir con esa persona en varias ocasiones, hasta que alguno de los dos se cansaba y decidía poner un alto. —Agradecele entonces —murmuré mirando lascivamente sus ojos, los cuales observaban con atención mis labios. —¿No te resulta difícil de creer? Hoy hemos armado un tipo de tregua, al menos por varios minutos a comparación de nuestros encuentros anteriores. —Me sorprende, no creía que podías estar en el mismo sitio que yo sin tratar de discutir. —Hoy te he demostrado que sí puedo, ¿no es así? Hasta te he curado. Sorprendente —lo último fue susurrado sin ningún aire de superioridad. Decidí no contestar, y no fue porque no quise hacerlo, sino que sus ojos estacionados en mis labios lograron callarme, y el silencio no fue más que sereno y a la vez incitante entre nosotros. Los segundos pasaban de correr de una rapidez considerable a volverse espesos y lentos, y su lejanía era algo que aún no desaparecía, cosa que me hacía replantearme si la que tenía que dar el primer paso para alejarnos era yo, o simplemente esperar a que se corriera él, pero bajo mi criterio, aquello era algo que no me molestaba como para querer salir de esa situación, y por lo visto, a él tampoco, puesto que no hacía más que inspeccionar mi rostro con una sonrisa de lado, al contrario de mí, que consideraba a sus ojos un punto fijo a observar, y algo que me había mantenido entretenida durante esos minutos de cercanía. Mis emociones se encontraban a flor de piel en aquél momento, y mi rostro era lo que exponía aquello, puesto que en el momento que sus manos hicieron contacto con mi antebrazo, hizo un cambio de gesto tan rotundo, pero a la vez tan agradable ante mi gusto—¿Sabes qué Lia?... —y la puerta fue el claro ejemplo de la interrupción. —Oh... —ella admiraba la escena un tanto confundida pero fuera de tema a la vez, y al mirarla con más atención me di cuenta que sus ojos estaban fatal desde la última vez que había estado con ella. También reparé en el hecho que a mi lado Angelo no había velado la presencia de Daniela, y mucho menos había desintegrado nuestra cercanía. —Daniela, te esperé pero nunca llegaste —mis manos pasándose por la tela de mi vestido, en un gesto de nerviosismo, dieron a entender a Angelo que ya era momento de apartarse, y entendía que ellos no estaban juntos, pero lo que había pasado en esa habitación cavilaba no a absolutamente nadie por el simple hecho de que manteniendo eso en secreto ninguna persona podría decir mentiras sobre la relación entre nuestros padres, y no deseaba perjudicar a mamá y a su trabajo por algo que no iba a llegar a más, pero al no conocer a Daniela estaba dubitativa sobre su lealtad y lo confidencial entre aquella situación. —Sí. Me retrasé un poco allí abajo —su risa y su cuerpo casi moribundo me dieron a entender que su estado de alcohol sobrepasaba los límites—. Quiero recostarme y dormir horas. —Ya me iba. También quiero llegar a casa —comencé a caminar hacia la salida de su habitación posicionandome a su lado y esperando que se corriera. —Hasta luego Lia, me dio gusto que vinieras a la fiesta. Nos vemos pronto —y luego de eso, la puerta se cerró, con ellos dos dentro.
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR