Capítulo 1 – El silencio que me consume.
POV ÁNGEL.
En mi sueño, no había clérigos, compromisos, ni dios mirándome.
Solo estaba ella… Fabiola… y yo, devorándola como alguien hambriento que ha pasado toda su vida reprimiendo cada impulso.
La tenía acorralada contra la pared, con mis manos sosteniendo sus muñecas sobre su cabeza. Su camisón blanco estaba rasgado, colgando de sus hombros, revelando su piel suave y cálida, que tantas veces había imaginado sin atreverme a tocar. El calor que emanaba de ella me golpeaba con fuerza. Sus pechos subían y bajaban en su respiración acelerada, tocándome ligeramente, intensificando mi deseo hasta volverlo insoportable.
Me incliné, capturando su boca con la mía en un beso desenfrenado, sin ninguna intención de contenerme. No había dulzura, solo necesidad. Mi lengua se aventuraba en su boca con la misma energía con la que mis manos exploraban su cuerpo, memorizando cada curva por miedo a perderla. Ella emitía gemidos contra mis labios, su sonido apremiante y ahogado resonando en mi pecho.
Sin separarme de sus labios, la levanté de un tirón. Sus piernas se enroscaron en mí como si siempre hubieran estado hechas para eso. La empujé contra la pared, sintiendo el calor de su cuerpo tocando la dureza que me causaba dolor solo por tenerla tan cerca.
Entré en ella de un solo movimiento, profundo y feroz, sacándole un gemido que atravesó mi pecho. Su cabeza se inclinó hacia atrás, sus uñas se hundieron en mis hombros, y yo me movía con fuerza, repetidamente, como si quisiera destruir cualquier límite que me hubiera impuesto.
Su cuerpo temblaba con cada embestida. La pared vibraba al compás de nuestros movimientos, y mis manos la sostenían por las caderas, obligándola a recibir más de mí. Mi respiración era un gruñido, la suya un jadeo agitado que alimentaba mi salvajismo.
Sin aviso, la giré, inclinándola sobre una mesa cercana. El camisón terminó por caer bajo mis manos y lo tiré al suelo. Mi pecho se ajustó a su espalda, mis labios mordieron la piel de su cuello mientras mis caderas chocaban contra las suyas con un ritmo intenso. El sonido de nuestros cuerpos encontrándose llenaba el ambiente junto con el denso olor a sexo y sudor.
—Mírame… —le pedí, tirando suavemente de su cabello para que su cara se volviera hacia mí.
Sus ojos verdes se encontraron con los míos. Eran intensos. Y yo sentía el mismo fuego. En esa mirada no había temor ni inocencia, solo el deseo brutal que me consumía. Mis manos bajaron, acariciando sus muslos antes de volver a tomarla y embestir con mayor fuerza, sintiendo cómo su interior me envolvía como si quisiera atraparme para no dejarme escapar.
La llevé al límite repetidamente, hasta que su figura se arqueó y un grito salió de su garganta. Yo la seguí, penetrando con más intensidad, sintiendo cómo el placer estallaba en mí como si fuera fuego ardiente.
Y justo en ese momento… cuando todo se transformó en luz y calor… desperté.
Abrí los ojos de forma abrupta. La oscuridad de la habitación me devolvió a la realidad como si fuera un golpe helado. Estaba empapado en sudor, respirando con dificultad y sintiendo el corazón golpeando mi pecho con fuerza. Mis manos temblaban, mi cuerpo entero ardía, y solo experimentaba un vacío insoportable.
Me levanté lentamente, tocándome el rostro con las manos. La vergüenza me oprimía la garganta. Caí de rodillas junto a la cama.
—Perdóname, Señor… —murmuré con voz quebrada—. Perdóname por permitir que mi mente me llevase tan lejos…
Recité oraciones de forma automática, como si repetirlas sin parar pudiera limpiar la mancha que sentía bajo la piel. Cerraba los ojos para concentrarme, pero cada vez que lo hacía, las imágenes volvían: su piel, su boca, el sonido de sus gemidos.
Me levanté y, sin encender la luz principal, me dirigí al escritorio. Encendí la lámpara pequeña y saqué un cuaderno de tapas negras de un cajón. Lo abrí. La hoja en blanco me parecía un confesionario silencioso, uno que no me juzgaría, pero tampoco me perdonaría.
"Hoy volví a soñar con ella. "
Escribí su nombre: Fabiola. Y mientras la tinta caía, recordé el día en que la conocí por primera vez.
Flashback
Era una tarde nublada, con la lluvia golpeando los cristales como si quisiera refugiarse también. Yo estaba guardando copas en la sacristía cuando escuché pasos. No eran los de un feligrés usual; eran rápidos, desordenados. Me asomé al pasillo y allí estaba ella.
Su cabello estaba empapado y se adhería a su rostro pálido. Llevaba un vestido rasgado en un costado y un abrigo húmedo. Tenía un moretón oscuro en la mejilla. En sus manos sostenía un bolso pequeño, como si hubiese escapado con lo primero que pudo tomar.
—¿Puedo… quedarme aquí un momento? —preguntó con voz temblante.
No necesitaba que me explicara; su historia estaba escrita en sus heridas. La llevé a mi oficina, busqué un botiquín y limpié la sangre seca de su labio roto. Ella me miraba en silencio, con esos enormes ojos verdes que parecían contar mil cosas que sus labios callaban. Le di una manta limpia y una taza de té caliente.
La persona encargada de la limpieza estaba enferma, y quizás por eso, o porque no quería enviarla de nuevo a la calle, le sugerí que se quedara ayudando en la iglesia mientras se recuperaba. Pensé que era un acto solidario, que cualquier hombre de fe haría… pero ahora, al reflexionar, entiendo que fue la primera puerta que dejé abierta para que este deseo entrara.
Desde ese momento, mi rutina dejó de ser únicamente mía. La oía cantar suavemente mientras barría, y me sorprendía deteniéndome a escucharla. Percibía su fragancia cuando pasaba a mi lado, y esa fragancia permanecía conmigo más tiempo del que debía. Me encontraba mirando cómo la luz del sol iluminaba su cabello al final del día.
Cierro el cuaderno. Me quedo mirando la cruz colgada en la pared.
Prometo que mañana no volveré a pensar en ella así…Pero en el fondo, sé que es mentira. Sé que esta noche volveré a soñar con Fabiola, y que en mis sueños no habrá reglas, ni votos, ni Dios que me salve de mí mismo.