Pov Ángel Roma es una ciudad que no duerme, aunque el silencio de sus calles engañe. Las campanas marcan cada hora como si fueran pulsos del cielo, y yo camino entre basílicas, columnas y cúpulas que parecen aplastarme con su grandeza. Soy monseñor. Un título que me abrió las puertas de este mundo de mármol y oro, de respeto y solemnidad. Aquí nadie me llama Ángel. Soy “su excelencia”, soy el pastor, soy el elegido. Pero yo sé la verdad. Debajo de esta sotana sigo siendo un hombre manchado por un deseo prohibido. La mañana comenzó con una misa solemne en San Pedro. El incienso se elevaba como humo de sacrificio, y los fieles me escuchaban con devoción. Sus ojos me miraban como si hablara en nombre de Dios. Yo pronunciaba cada palabra con firmeza, pero por dentro me ahogaba. Cada “Amén

