Capítulo 7

1646 Palabras
Aina Ivanova No he logrado encontrar pistas, todo parece estar en mi contra y, lo peor de todo, es estar sola, no hay nadie que me ayude. Todo es un caos. He tratado de mantenerme tranquila, pero me es imposible sabiendo que mi mejor amiga ha desaparecido desde hace cinco días. Quiero salir corriendo a la estación de policía y pedir ayuda, pero si hago eso yo seré la primera sospechosa por no avisar desde ese instante. El miedo regresó a mi y es el que me desestabiliza, es el que me descontrola y hace que mi corazón aumente su velocidad. Tuve dos momentos a punto de tener una recaída, pero lo controlé. Logré tranquilizarme sin la ayuda de los medicamentos que se me agotaron hace dos días y no he tenido tiempo o noción para ir a comprarlos. Desteto y odio esto de mí, ser una miedosa. Me siento inútil pero no puedo hacer algo, tengo demasiado miedo que me es imposible pensar. Lo único que hago es encerrarme y no querer salir. Estoy demasiada cansada, el sueño se ha ido y me siento nefasta, quiero dormir, pero tengo el temor a que me encuentren. No puedo, es desesperante no vivir en paz. Repentinamente, el alarmado sonido del teléfono de la casa suena desesperadamente, el cual causa que mis nervios se alteren. Por un momento dudo en contestar, pero con valor me levanto del suelo y voy hacia él teléfono. Temblorosa, lo tomo y atiendo la llamada. —Hola —el miedo es notorio en mi voz. —Usted conoce al señor Sebastian Derricks — Me sorprendo al escuchar su nombre, hace días que no lo recordaba. — ¡Ah! Si, lo conozco. La voz me tiembla. —Es para infórmale sobre su condición. El señor Derricks acaba de sufrir un accidente automovilístico. En estos momentos ha sido transportado a la clínica central con urgencia. El hombre no dice más ante mi silencio y lo siguiente a escuchar es el pitido constante; la llamada termina y yo sigo sin moverme o parpadear. De nuevo comienzo a hiperventilar, comienzo a sudar y el corazón se me acelera. —Sebastian —susurro su nombre. Las lágrimas salen de mis ojos al imaginar a mi esposo muerto. Con poca fuerza busco mi bolso. Salgo corriendo de la casa y busco un automóvil publico que me lleve a la clínica. Todo es un caos en mi cabeza; espontáneamente una silueta se atraviesa en mi camino, atropello a la persona, pero por lo alto que es, caigo al suelo por el impacto. —Señorita, ¿está bien? Sin darle importancia intento levantarme, pero las piernas me tiemblan; pierdo la fuerza y caigo de nuevo al suelo. El generoso hombre me extiende su mano y me ayuda a ponerme de pie. —¿Se encuentra bien? De un rápido vistazo miro su rostro, tiene un rostro preocupado y puede ser que sea por mi rara actitud. —No, estoy bien —digo entre lágrimas. — ¿Necesita ayuda? —Necesito ir al hospital central —es lo único que pienso en este momento, llegar con Sebastian. El alto hombre parece comprender la situación en la que me encuentro. —La puedo llevar, mi auto está ahí estacionado. Con una mirada me señala su automóvil, y sin dudarlo acepto su ayuda. —Vamos. El hombre de cabellera larga me ayuda a caminar a su auto; nos adentramos y en segundos enciende su auto. —Tranquila, pronto estaremos ahí. Enciende el vehículo y en segundo nos encaminamos al hospital. Quiero llorar, pero no puedo hacerlo frente a él. Para contenerme entrelazo mis manos y las aprieto con fuerza. El alto hombre de cabellera dorada me mira por un segundo y de nuevo se enfoca en la carretera. —No te contengas. Si quieres llorar hazlo, no te avergüences por mí. Asiento ligeramente con la cabeza, aunque me haya dicho que puedo hacerlo prefiero tranquilizarme, necesito controlar mi ritmo cardiaco para no caer de nuevo en el abismo de la asfixia. Los cortos minutos se me hacen eternos, aun así, logramos llegar al hospital. El rubio hombre detiene el auto y en seguida salgo corriendo hacia dentro de las instalaciones. Necesito estar a su lado. Miro hacia atrás para agradecerle al hombre por traerme, me percato que viene detrás de mí. Capto su amabilidad. Deprisa, logro llegar a recepción y pregunto por mi esposo. La amable señora me da informes de Sebastian, el rubio hombre llega a mi posándose a mi derecha. —Sebastian Derricks entro a urgencias hace diez minutos. Está en el quirófano. Se encuentra en el tercer piso al fondo. —Gracias señora. El rubio agradece y de inmediato nos dirigimos al elevador. Adentro del sofocante lugar, el rubio toma mi hombro y me alienta con sus palabras. —Va a estar bien, tranquila. No estás sola. Lo miro directamente a los ojos y me percato de ese hermoso café claro que lo caracteriza. El elevador abre sus puertas y sin decir nada, aparto mi vista de él y salgo del estrecho lugar. Miro a ambos lados y al final, a mi izquierda, veo el letrero de quirófano. Corro entre los estrechos pasillos blancos. Poco a poco logro divisar el letrero. Me detengo a ver las puertas cerradas. Me pego al cristal para ver si Sebastian está adentro, pero no veo nada. Detrás de mi siento la presencia del alto hombre y escucho su voz. —Quédate aquí, buscaré al doctor o un enfermero que de información. Hasta ahora que pongo atención a su voz puedo deducir que es masculina y su acento no es originario. Al recordar su rubia y larga cabellera, los ojos cafés claro y su acento puedo decir que es europeo. El hombre se aleja y yo me quedo mirando a través de la puerta de cristal. Cierro los ojos para pedir que mi esposo este bien. —Por favor, nunca te he pedido ayuda. Ayúdame a salvar a mi esposo, no te lo lleves por favor. De nuevo las lagrimas se acumulan en mis ojos y en segundos se deslizan por mis mejillas. El solo pensar que puedo perder a Sebastian mi corazón se encoje. No podría soportar su muerte, no él. No sé cuanto tiempo pasó, de nuevo escucho la voz masculina del rubio. Abro los ojos y sus grandes manos tocan mis hombros, me hacen girar para mirarlo de frente, tan cercano, pero eso no me importa. —He traído a una enfermera. Dejo de mirar las facciones de rubio y miro a la joven mujer uniformada de blanco. — ¿Dónde está mi esposo? —la voz se me quiebra. —En estos momentos el señor Derricks fue metido al quirófano de emergencia debido a las lesiones que presenta. El corazón se me estruja y se altera al escuchar que Sebastian está lastimado. —Pronto el doctor saldrá a darle informes más precisos. La mujer se retira dejándonos solos. Mi compañero se da cuenta de mi estabilidad y de nuevo me agarra de los hombros para no dejarme caer. —Debes sentarte y esperar al doctor. No te alteres o te hará daño. Me ayuda a llegar a los asientos; me siento y él también hace lo mismo poniéndose a mi lado. Aprovecho el momento para agradecerle el estar conmigo y ayudarme. —Gracias… Gracias por traerme y estar aquí ayudándome. Le sonrió ligeramente por cortesía, él asiente con la cabeza y después me sonríe. —Estabas muy asustada y me percaté que necesitabas ayuda. —Gracias —agradezco de nuevo —. El estar sola es muy desesperado. —Tranquila, ya no estarás sola. Nuestra charla es interrumpida por los padres de Sebastian, mis suegros. Al ver a su madre me levanto y corro a sus brazos a consolarla. Michelle Derricks llora en mis brazos mientras le digo que su hijo es un hombre fuerte y saldrá de esto. Por estar al pendiente de los señores Derricks no me percate que el alto rubio desapareció. Me siento un poco mal por no despedirme de él; gracia a él estoy aquí, si no habría sido por el hubiera terminado en una recaída. — ¿Cómo te sientes, Sharon? ¿No te duele el pecho? —preocupada, me pregunta Michelle. —Estoy bien. Lo único que me importa es mi esposo. Y cómo si el señor de los cielos me hubiera escuchado, el doctor sale del quirófano y nos da las noticias. —Sebastian sufrió una contusión cerebral, tiene fractura de brazo y costilla, nada grave y unos golpes. El impacto no fue fuerte, pero el golpee en su cabeza le hizo perder la conciencia. Me aterro ante las palabras del doctor y de nuevo comienzo a temblar. —Hicimos estudios y no hay heridas severas en el cerebro. Solo iniciaremos con la operación de su brazo derecho y el de la costilla… Daré inicio con la operación —avisa. El doctor se adentra de nuevo al quirófano. Michelle y Carl se abrazan para consolarse mientras esperan a las nuevas noticias de su único hijo. Después de esperar dos horas, Carl va a la cafetería por algo de comer, me quedo con Michelle a seguir esperando por noticias nuevas. Le digo que iré al baño y asiente con una ligera sonrisa. Me levanto y voy a los sanitarios a llorar. ¿Por qué me pasa esto a mí?, ¿Qué he hecho para que la vida me trate de esta manera? No lo entiendo. Primero mi amiga y después Sebastian, no soporto perder a mis seres queridos. Lo único que puedo pensar es en el cazador. Él está detrás de todo esto, por mi culpa de nuevo los demás sufren. ¿En verdad debo morir para que todos sean felices? Estoy jodiendo todo de nuevo y no sé por qué. Ser Aina es doloroso.
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR