Capítulo 8

2279 Palabras
La gastada voz de Carl pronuncia mi nombre, abro los ojos y me lo encuentro de frente. De estar demasiado cansada no me percate el quedarme dormida y me es extraño, hace días que no he dormido bien, el sueño de desapareció por el miedo. Luego de llorar en el baño regrese con Michelle y después de mi llego Carl con dos cafés, uno para su esposa y uno para mí. Después de beber el café me sentí muy ligera y no recuerdo nada más. — ¿Hay noticas sobre Sebastian? —pregunto. Carl mueve la cabeza, cambio de rumbo la mirada y veo al doctor. Su frente esta sudada, su ropa azul esta manchada con unas gotas de sangre, los guantes blancos son los más manchados del líquido rojizo. Rápidamente me levanto de mi lugar, los tres ponemos atención a lo que dirá el doctor. —La operación salió bien. Pronto se recuperará. La voz del doctor me suena no muy convencida, su cara tiene una expresión que no logro comprender, pero presiento que es una noticia mal. — ¿Qué más paso?, ¿Algo más pasa? —pregunto con desesperación. — ¿Doctor qué pasa? La madre de Sebastian se intriga más por mi pregunta, el miedo es notorio es su rostro, al igual su padre, pero el señor Derricks es más reversado. —El joven Sebastian Derricks —suspira —Él ha caído en estado de coma. El corazón se me acelera con la noticia, la fuerza en mis piernas se va y caigo al suelo. El señor Derricks y el doctor se preocupan, entre los dos me ayudan a sentarme en las bancas. Michelle se rompe ante la noticia y llora con desespero, Carl corre a ella y la abraza. —Lamento darles la noticia. Pasaremos a Sebastian a una habitación y lo tendremos en observación. El doctor se va. Michelle llora desesperadamente en los brazos de su esposo mientras la consuela. El corazón se me acelera. El aire me quema, me hace falta. Los ojos me lloran. Contrólate Aina. No Sebastian, no. La cabeza me comienza a doler. Abro la boca para jalar aire, pero no puedo hacerlo. El mareo se presenta y caigo arriba de la banca. Carl y Michelle se percatan de mi recaída. La voz lejana de Michelle grita por ayuda. Carl trata de moverme, pero estoy delirando. Estoy perdiendo la conciencia, el pecho me arde, siento las pulsadas en mi cabeza. —Ayu…da. Con el poco aire que me queda les pido que me ayuden. Sé fuerte Aina tú puedes. La voz en mi cabeza repite esa frase una y otra vez, pero no puedo responder, no puedo controlarme. No puedo. El aire se me termina, el dolor de cabeza es insoportable. Con la vista borrosa percibo una bata de doctor y el uniforme blanco de la enfermera, ambos se me acercan. Demasiado tarde. En un solo suspiro pierdo la conciencia. Estoy despierta y estable, pero no quiero abrir los ojos. A mi mente llegan las palabras del doctor. Sebastian cayo en estado de coma. Mis manos se hacen puños y las aprieto con fuerza. Trato de controlarme, pero me es imposible no llorar, los pucheros salen de mis labios. — Sharon, ¿estas bien? —Michelle Derricks toca mi hombro y abro los ojos repentinamente. Observo a mi alrededor y me encuentro con la cruda realidad. Observo la oscura habitación percatándome de que sigo en el hospital, no me encuentro en el pasillo del quirófano donde perdí la conciencia. Miro a Michelle y al ver sus preocupados ojos me lanzo a sus brazos, el cual es aceptado con cariño. —Sebastian… Digo su nombre entre llanto. —Tranquila muñequita. Pensemos que él está durmiendo.  Su apodo me demuestra el gran cariño tiene hacia mí. La primera vez que Sebastian me presento a sus padres recuerdo el haberme sentido nerviosa. Su madre notó mi nerviosismo. Ella es amable y con solo llamarme muñequita, gracias a Michelle el ambiente cambio y me dio la seguridad para conversar tranquilamente con ellos. Fue la mejor manera para darme confianza. A partir de ese momento su madre me ha llamado muñequita, según ella, parezco a una. Con confianza, la abrazo más y gracias a su muestra de afecto, su compañía, puedo controlar los latidos de mi corazón. Después de mostrarme su apoyo nos alejamos. — ¿Dónde está? Lo quiero ver —necesito ver a Sebastian. Ella asiente y me ayuda a levantarme. Con cuidado me ayuda a caminar. Al ponerme de pie las rodillas se me doblan y Michelle me atrapa antes de caer. Aún no recupero mi fuerza por completo. Salimos de la habitación, con lentitud caminar por el pasillo, pero de nuevo las rodillas se me doblan, pero gracias a Michelle no caigo. —Tranquila, camina despacio —me anima. A pasos lentos nos adentramos al elevador y bajamos un piso. De nuevo camino con debilidad; el aire en mis pulmones se desvanece al detenernos en una habitación privada, Michelle abre la puerta y me cede el paso a mi primero. El temblor en mi cuerpo es notorio al ver a Sebastian postrado en una cama durmiendo mientras su vida depende de una máquina que conecta a su invalido cuerpo. Me es imposible no contener las lágrimas. Dejo los brazos de su madre y camino lo más rápido que me permiten las piernas. A cada paso el aire me sofoca, pero al llegar a su cuerpo el aire lo recupero; es como si Sebastian fuera mi cura. Los golpes es su cuerpo y cara son el detonador a llorar. Con cuidado lo abrazo y lloro sobre su pecho, pecho el cual dormí muchas veces sobre él y podía sentir sus brazos rodearme. Ahora no siento su presencia, no siento el estrecho abrazo lleno de amor que me daba, solo se siente el frio ambiente del aire artificial de la habitación. —Perdóname amor. Le pido perdón en susurro sobre sus labios. —Sharon no fue tu culpa —la voz de su padre trata de consolarme —. Tranquila, no debes tener otra recaída, será peor para ti. Sus padres trataron de consolarme, pero fue en vano. Yo solo quiero quedarme con él hasta el día en que despierte. Me quede junto a él el resto del día y sin darme cuenta me quedo dormida del agotamiento. Así fueron los siguientes cinco días. No he comida bien, no he descansado por estar pendiente a él. En la pobreza y en la riqueza, en la salud y en la enfermad, esas fueron mis palabras de promesa y así lo cumpliré. La alarma de mi celular suena indicándome que es hora de bañar a mi esposo. Enseguida entra la enfermera y me entrega las cosas para bañarlo. Terminando Michelle se encarga de llevarse los materiales mientras yo lo visto con cuidado a no lastimarlo por las heridas que tiene. De nuevo poso mi silla a un lado de él y me quedo sentada todo el día. Al dar las siete de la noche los padres de Sebastian entran, los volteo a ver y puedo notar su cara de preocupación, me desconcierta, lo único que puedo pensar es que algo pasa con Sebastian. — ¿Algo está mal con Sebastian? —No muñequita, con mi hijo todo va bien. El problema eres tú —me desconcierto antes sus palabras. —Desde hace una semana no has ido a casa a dormir…—interrumpo sus palabras. —No necesito dormir. —Sharon —esta vez habla Carl —. No estas comiendo bien, no has tomado tus medicamentos, te has descuidado. Debes ir a casa a descansar bien. Sebastian no va a despertar por ahora. No tiene caso que de desgastes aquí. —Su hijo es mi esposo y prometí cuidarlo, así como él ha cuidado de mí. El recuerdo de Sebastian acompañándome a mis terapias me apuñala el corazón. —Sebastian está bien, solo esta dormido. El doctor dice que está bien, solo es cuestión de esperar. Aquí recibe la atención suficiente. Ve a descansar.  Ahora que escucho sus palabras me doy cuenta que ni siquiera me he bañado. Tienen razón por estar pensando en mi esposo no cuide de mí. —Ve a descansar a casa. Yo cuidaré de él por hoy y mañana, tu ve a dormir. Pensaba en reprochar la propuesta de su madre, pero debo cuidar de mí. Con trabajo asiento y dejo a Sebastian en manos de su madre, Carl se propone llevarme a casa; al llegar me encuentro con nuestra casa vacía, nuestra. A pasos lentos y pesados subo a nuestra habitación. Me despojo de la sucia ropa y camino hacia el grande espejo que esta en la pared. Veo mi cansado rostro, las grandes orejas que tengo debajo los ojos, lo pálida que se ve mi piel, el cabello desordenado y deshidratado. Y sin poder evitarlo bajo la vista a mi cuerpo, ahí siguen las marcas del trágico pasado. Con la punta de mis dedos acaricio la marca de esa bala que perforo mi estomago y mato a nuestro hijo. La textura arrugada, al sentirla, la piel se me eriza. Cierro los ojos por un momento y recuerdo la maldad y traición en sus ojos miel. Si él me hizo daño cuando dijo que me amaba puede hacerlo ahora. No puedo sacarme de la cabeza que él está detrás de todo lo que me está pasando. Con dolor me dejo caer al suelo y me aferro a mis piernas. —Te odio. Te odio Eder Ross —grito su nombre con furia. Me es imposible borrar las huellas del pasado. Con poca fuerza me levanto de la fría madera y me adentro al baño. Abro la llave del agua y me meto a la bañera y dejo que el agua fría haga efecto en mi cuerpo y mente. No me importa temblar del frio, lo único que necesito es que me relaje y parece hacerlo. Me siento tan relajante que dejo de temblar, el frio es soportable, mi cuerpo se siente ligero, la pesadez en mis ojos me hace cerrarlos y me dejo llevar por la tranquilidad que siento. Como si fuera un sedante haciendo efecto en mi el cansancio me vence y pierdo la conciencia. *** Aina, despierta. Reacciona, Aina… Alguien me llama, pero su voz se escucha lejana. Joder, despierta… La voz se acerca poco a poco y en un abrir de ojos me encuentro con la realidad. —Aina, ¿estás bien? La poca luz de la habitación no me permite ver a la persona. Me duele la cabeza y no puedo pensar. La persona a mi lado me ayuda a levantarme y me lleva a la cama. Al sentir la suavidad de las sábanas me percato del frio que comienzo a sentir, la ráfaga de aire me eriza la piel y me hace reaccionar. Me levanto de golpe y me alejo de la persona. —Tranquila, no te haré nada. La voz masculina me desconcierta, me desorienta. — ¿Quién…eres? El masculino se aleja de mi y enciende las luces. El brillo impacta con mi vista dejándome aturdida, pero después de parpadear varias veces me acostumbro a la luz y me percato del hombre. —Tu… tu, ¿Qué haces aquí? Me alarmo ante la presencia del hombre y me levanto de cama, rápidamente tomo el lampara y lo apunto a él, en manera de defensa. —Tranquila, vine a ayudarte. —¿Quién mierda eres? y ¿Qué haces aquí? Rápidamente una ráfaga de aire golpea mi cuerpo y me percato que mi cuerpo esta húmedo y desnudo. Rápidamente agarro la sana de la cama, sin dejar amenazarlo con la lampara y me cubro. —Contesta maldita sea —le grito con euforia. —Deberías cambiarte y relajarte. El alterarte no te ayuda. Sus palabras me sorprenden, aun así, no muestro que hacen efecto en mí. —¿Qué mierda haces aquí? El alto hombre asiente con ligereza y sus ojos se penetran en los míos. —Vine a buscarte, pero nadie me abrió. Decide entrar a la casa y al ver el agua saliendo del baño entre y te vi inconsciente, te estabas ahogando en la bañera. No recuerdo sentir dolor o falta de aire. Pero dice la verdad; miro hacia mis pies por unos segundo y noto el agua en toda la habitación, mi cabello mojado y su ropa de él muestran la evidencia. — ¿Cómo sabes dónde vivo? —Vengo a ayudarte. Es lo único que dice. —No debí confiar en ti… Muévete. Lo amenazó con la lampara y el sin protestar se mueve de la puerta. Lo hago rotar hasta él quedar en mi lugar y yo en el suyo. Rápidamente abro la puerta y salgo corriendo. Mis mojados pies resbalan por la madera del piso, pero no me impide en que me detenga. Escucho la pisada de sus zapatos venir hacia mí, corro más rápido y sin poder llegar a la salida sus brazos me atrapan. Lo golpeo, pero es en vano, de tanto pelear ambos caemos al suelo haciendo que mi espalda se golpeo con el duro suelo quedando el arriba de mí. Continúo peleando, logro rasguñarlo en su mejilla y en seguida una gota de sangre resbala por su mejilla. Él cansado de la situación con fuerza sujeta mis manos y las estrella en el suelo. —No viene a hacerte daño. Nunca le haría daño a mi reina. Sus palabras me dejan perpleja, la fuerza de desvanece de mi cuerpo y dejo de luchar contra él. —Vengo a ayudarte… Mi reina. 
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