Giro mis llaves en la cerradura de la puerta y la abro para que Kiara y yo podamos entrar a mi piso. Se nos hizo un poco tarde en mi oficina y ya es muy de noche, así que hemos intentado llegar a casa lo más rápido posible para que Keira no se quedara mucho tiempo sola, todavía no tenemos muy en claro si ya estamos todos seguros o no. - ¡Keira, ya estamos aquí! – grita su hermana caminando por el pasillo. La sigo hasta ver a una pequeña medio dormida en el sofá. - ¿No puedes avisarme sin gritar? – esta bosteza y frota sus ojos – Si tuviésemos un perro, aullaría cada vez que abrieses la boca. - Si esa es tu forma de pedirme un perro, la respuesta es no. - Pero si le cuidaría muy bien – se incorpora en el sofá. - Mentira, le acabaría sacando yo a la calle todas las mañanas. - No si le

