Loba descontrolada y furiosa

1277 Palabras
De nuevo, otro beso. Ariel no podía creerlo. Zack tampoco. Ambos se sentían como un par de adolescentes enamorados. Los besos se volvieron cada vez más ardientes, y fue entonces cuando, Ariel sintió que la mano de Zack estaba dejando de agarrar su espalda, ahora, comenzaba a bajarse un poco más, casi hasta llegar a su trasero. Pero como ya no era virgen, a ella no le molestaba, al contrario, le fascinaba la sensación de sentirse deseada de nuevo por un hombre que, al parecer, valía la pena tener en su vida. Ella seguía besándolo, hasta que de poco a poco, sus lenguas comenzaron a jugar entre ellas mientras seguían el beso, Ariel sintió como su cuerpo se paralizaba, su piel se erizaba, la sensación de la excitación la estaba poniendo en descontrol, y si Zack no se apuraba en tomar la iniciativa ahora, probablemente, ella lo haría, y todo sería un descontrol ardiente. —Zack… ¿Qué haces? — ella pregunta encima de sus labios al separarse del beso debido a que sintió como el lobo con sus dedos, comenzó a acariciar por encima de su panti, su ropa interior, y como estaba mojada debido al agua, se sentía mucho más. Para Ariel, era placer profundo. Ella jamás había tenido sexo de esa forma, solo en la cama, y lo más diferente, fue en la ducha, con su esposo, cuando estuvieron celebrando su luna de miel al momento de casarse. Ahora parecía ser que Zack la llevaría a vivir una aventura s****l nunca antes experimentada, y eso la hacía sentirse rejuvenecida y, al mismo tiempo, decidida, por tomar la decisión correcta sin importarle nada de lo que pasaría después con su aquelarre. Pero entonces, entre gemidos y jadeos, la atracción s****l entre el lobo y la bruja fue abruptamente interrumpida antes de ir mucho más allá de lo que sus cuerpos pudieran permitirles. Una mujer les habló desde el otro lado de la cascada, y al separarse de los besos y también del abrazo, Ariel y Zack voltearon a mirar, era Karina, ella estaba allí, mirándolos fijamente, con una mirada de odio, de rabia contenida, de deseos de venganza. — ¿Karina? ¿Qué demonios haces aquí? ¿No deberías estar en la mansión? O, al menos, ¿Haber salido con el resto de los lobos de la manada? — Zack se quejó, mirándola con ojos de recelo, esperando que, esta vez, ella no fuera a querer causar problemas. Puesto que él no quería que ella fuera a ser culpable de su separación con Ariel, sí es que pretendía soltar algo de lo que casi ocurre entre ellos la tarde anterior a la fogata. Karina seguía mirándolo fijamente, pero el olor de su loba, el olor a sexo, que aunque no lo hubieran podido hacer debido a su interrupción, ella lograba percibirlo, y realmente, le daba mucho asco. — ¿Estaban por tener sexo ustedes dos? — ella preguntó con imprudencia. Zack ya sabía a qué se debía todo esto, a qué se debía su presencia en el sitio. Interrumpiendo su cita con su chica. — ¿Tiene eso algo de malo? ¡No tengo por qué darte explicaciones, Karina! ¡No te metas en mi vida! ¡Soy tu alfa, que no se te olvide eso! — Zack rugió, sintiendo como su lobo quería despertar. — ¡Alfa, te estás equivocando al elegirla a ella como tu mate! — la loba también rugió, pero con más ira y celos en cada palabra. — ¿Y quién lo dice? ¿Tú? — ruge Zack, viendo a Ariel esconderse detrás de su espalda y abrazándolo por la cintura, sintiéndose preocupada y temerosa por lo que estaba por suceder si aquellos lobos seguían discutiendo. — ¡No entiendes Zack! ¡No puedes elegir a esta bruja como tu mate! ¿Qué harás cuando tengan hijos? ¡Qué cosa tan abominable será para nuestra manada tener un alfa descendiente de tu sangre y de una bruja! — Karina comenzó a gritar con fuerza. Zack apretó la mandíbula con furia. Su lobo estaba rugiendo en su interior, exigiendo salir, pero él aún tenía el control. Karina se estaba sobrepasando. No tenía derecho a decidir sobre su vida, ni sobre a quién él debía amar. — ¡Lárgate, Karina! —ordenó, con voz grave, su paciencia estaba al borde del colapso. No había otra cosa en el mundo que él odiara más y a quienes se creían con derecho de decidir por él sus propias decisiones para su vida. Pero Karina no se movió. Sus ojos brillaban con un fuego de ira incontrolable, su respiración era pesada y su cuerpo temblaba de indignación. Ariel, aún aferrada a Zack, sintió un escalofrío recorrerle la espalda. Algo en la mirada de Karina le advertía que estaba a punto de hacer algo impensable. Zack nunca la había visto así. Hasta ahora. Y entonces, lo hizo. Sin previo aviso, Karina tomó una piedra del suelo con una velocidad inhumana y, con toda su fuerza, la lanzó directo a la cabeza de Ariel. El impacto fue brutal para la bruja. Ella no pudo reaccionar a tiempo sin saber hacia qué dirección se iría la piedra. Fue así como Ariel apenas alcanzó a soltar un jadeo antes de desplomarse en los brazos de Zack dentro del lago de la cascada, completamente inconsciente. El silencio fue absoluto. Zack sintió cómo su mundo se detenía. Su respiración se volvió errática, y un rugido gutural emergió de lo más profundo de su ser. Sus manos temblaron mientras sujetaba el cuerpo inerte de Ariel. Su lobo estaba listo para tomar el control, listo para atacar. —¡Maldita sea, Karina! —su voz era un rugido, más animal que humano. Su piel comenzó a arder, su columna se arqueó y sus huesos crujieron en un intento de transformarse. Pero no podía hacerlo, no podía dejar a Ariel así, y menos sola. Karina, consciente de lo que estaba por ocurrir, no esperó más. Con un destello plateado en sus ojos, dejó que su lobo tomara el control. En cuestión de segundos, su cuerpo se cubrió de pelaje oscuro y se lanzó en una veloz carrera hacia el bosque, huyendo antes de que Zack pudiera atacarla para matarla por lo que ha hecho. Zack luchó por contener su transformación, pero la rabia lo estaba consumiendo. Apretó los dientes con fuerza, sintiendo la necesidad de perseguirla, de hacerle pagar por lo que había hecho. Pero cuando sintió el cuerpo de Ariel entre sus brazos, su lobo gruñó con desesperación. Ella era lo primero. Su seguridad era lo único que importaba. Tomó aire, obligándose a calmarse. Sus manos temblaban al acariciar la mejilla de Ariel, sintiendo la calidez de su piel y el leve latido de su corazón. —Aguanta, Ariel… —susurró, su voz quebrada por la angustia — Espero que esa idiota no te haya lastimado más que solo el golpe. Sin perder más tiempo, la cargó en brazos y corrió con todas sus fuerzas hacia la mansión. No permitiría que esto quedara impune. Karina había cruzado la línea y, esta vez, Zack no se lo perdonaría. Zack tenía que cuidar de Ariel, y no le importaba lo que sus lobos pensaran al verlo llegar con ella entre sus brazos y en las condiciones que estaban: semidesnudos, y mojados. Zack sentía la necesidad de vengarse, ya no era una venganza contra la omega que decidió dejar su trabajo tirado y robarle sus cosas en su cara. Ahora, era el deseo de venganza contra una loba que, debido a sus celos descontrolados, había herido a Ariel sin pensar en las consecuencias de sus actos.
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