Sin embargo, Bill no iba a dejar que ella se escabullera tranquilamente a su habitación. Después de meter a los niños en la cama, arrastró a Katy hasta el porche envuelto en el aire fresco de la noche. Se sentó en el columpio y la invitó a acompañarlo, con su vestido ondeando sobre las piernas de ambos.
—Siento que haya pasado esto —dijo él. Era la primera vez que Katy lo veía tan preocupado, excepto en su visita a las minas.
—¿Qué es lo que sientes exactamente? —le preguntó ella, con la voz baja y cansada. En realidad, no estaba a la altura de la ira que había sentido antes. Estaba tan cansada como los niños, aunque por razones diferentes—. Tal vez lamentas que tu prometida haya llegado antes de que hayas podido terminar lo que viniste a hacer. O tal vez lamentas no haberme dicho que estabas comprometido y que haya descubierto tu engaño.
Ella notó cómo tomaba aliento para responder.
—Lamento en lo más hondo que estés herida. Nunca pretendí engañarte.
Bill se rio entonces, apoyó la cabeza en el columpio y miró las estrellas.
—No, lo digo en serio, Katy. Iba a contarte mi situación con Helen la otra noche. —Hizo una pausa—. Y, por supuesto, íbamos a hablar mañana, pero se nos acabó el tiempo.
Su situación con Helen. Qué manera tan extraña de describir un compromiso. Aunque según John Trelaine, no era un compromiso tradicional en absoluto.
Katy cerró los ojos y recordó que Bill quiso contarle algo la noche anterior, cuando se quedó dormido en el sofá. Pero debería habérselo dicho antes del primer beso en la hierba.
—Se nos ha acabado el tiempo —aceptó Katy.
Sintió cómo le quitaba la mano de su regazo y, como ya había hecho antes en su porche, Bill le acarició la palma de la mano con el pulgar.
Ella la retiró despacio y la colocó sobre su falda.
—Estáis en el buen camino —le dijo sin mirarlo—. Todo es diferente ahora.
—¿Lo es? —Bill la giró para que se enfrentara a él con una mano fuerte bajo su barbilla, mientras ella apretaba sus párpados cerrados—. No siento nada diferente por ti. Nada ha cambiado para mí —juró.
Katy se quedó quieta como una estatua. Podía sentir el áspero roce de su pulgar a lo largo de su mandíbula, y quería girar su cabeza para alcanzar sus labios. En vez de eso, contuvo la respiración.
—Katy, mírame.
—No —dijo. Si abriera los ojos y viera su cara familiar y su profunda mirada azul, estaría perdida.
—Katy…
Entonces sintió que sus labios tocaban los suyos. Primero, solo una suave caricia, luego otro beso más insistente.
—Katy, la situación no es lo que parece.
Sabía que hablaba de Helen Belgrave y quería creerle.
La besó de nuevo, más profundamente y, al alejarse, Bill le mordió el labio inferior durante unos segundos, haciendo que el estómago de Katy diera una agradable voltereta.
—Sabes lo que siento por ti. No ha habido ningún engaño en lo que a eso se refiere.
Necesitaba creerle. El temblor en su interior, como un tigre listo para saltar, se estaba convirtiendo en una pasión indomable. Una pasión que estaba a punto de estallar.
—Por favor, mírame, Katy. —Fue el tono ronco de su voz lo que casi la atrapa. Luego sintió el suave mordisco en el lóbulo de su oreja derecha, junto a su pendiente de perlas. No podía soportarlo más. Las llamas del deseo rugieron a través de ella.
«¿Por qué no?», se preguntó a sí misma, manteniendo los ojos cerrados, pero con los brazos alrededor de su cuello. ¿Por qué no debería sentirse así, solo por una noche? Luego, Helen Belgrave podría tenerlo de vuelta.
Se estremeció. Nunca podría hacer eso. Pero ahora él estaba besando la columna de su cuello. Llegó al hueco de su garganta. Katy dejó escapar un suspiro y luego sintió que él se alejaba.
Al fin, Katy abrió los ojos, y allí estaba su fino rostro, sus labios cálidos ligeramente abiertos, sus ojos azules mirando a los suyos. Se lamió los labios y lo oyó gemir antes de que su boca volviera a aplastar la suya con un beso tan feroz que la habría asustado si no hubiera intentado devolvérselo con igual ardor.
Él la abrazó con fuerza, aplastando la fina tela de su vestido, la cual se deslizó sobre sus pezones tensos. Aferró su nuca, con los dedos entre su cabello, forzando sus labios contra los de él mientras su lengua entraba en su boca, saboreando su dulzura. Bill sabía a ponche de frutas.
Cuando él apartó su boca, el trueno en su cabeza se calmó un poco, y Katy abrió los ojos de nuevo para mirar los suyos. El deseo que vio no la alarmó. Después de todo, reflejaba su propia necesidad ardiente, que él había despertado con extrema facilidad. Ella no podía negar el calor sedoso que se acumulaba en su interior.
Estaba cansada de esconderse en su casa, lejos de la vida que solo conocía a través de los libros. Ahora quería experimentarla, probar la emoción de estar con un hombre, no como lo había hecho el otro día, sino completamente, mientras veía cómo Bill obtenía el mismo placer. Nunca se había sentido más segura.
Él rozó su nudillo con delicadeza sobre su vestido, a través de sus pechos sensibles. Al contemplar su mirada expectante, estuvo perdida. El rugido volvió como un viento sobre las montañas.
—Bill… —Fue todo lo que pudo decir.
—Dios, ayúdame, Katy —su voz era ronca, y pronunció las palabras dejando caer besos en su cara, primero en sus labios y luego en sus sienes, a la vez que acariciaba la suave piel de su cuello—. Te deseo tanto que no podré detenerme. Será mejor que te vayas.
Katy no lo obedeció. Levantó su mano para tocar su mejilla, antes de trazar la línea de sus sensuales y fuertes labios.
Cerró los ojos un momento, aún luchando, pero luego no dudó más. Bill se puso en pie y la arrastró con él hacia la casa.
Al final de la escalera, la levantó en sus brazos y se dirigió a su habitación, al otro lado del pasillo del cuarto de los niños. A Katy ni siquiera le importó haber perdido sus dos zapatos de color verde en las escaleras.
La dejó en medio de su dormitorio, donde se había vestido para el baile unas horas antes. Parecía que habían pasado eones desde entonces. La luz de la luna atravesó la ventana, iluminando el espejo ovalado de su abuela y su propia cama de cuatro postes.
Se quedó mirando un momento y luego fue a correr las cortinas, pero Bill la detuvo.
—Bajo esta luz pareces una esmeralda, una preciosa joya.
Katy tembló ante su tono y ante su tacto, cuando él empezó a sacar la pinza que sujetaba su pelo.
—Tu cabello es glorioso, y quiero sentirlo en mi pecho cuando te tenga encima de mí.
Sus rodillas se debilitaron y se balanceó hacia él. Por Dios, era magnético y ella no podía resistir su intensa atracción.
Él la besó de nuevo, sus dedos se movieron a través de sus mechones de seda que caían sobre sus hombros, perfumados con el delicado aroma de lavanda. Ella le devolvió el beso con todas sus fuerzas. Perdió la noción del tiempo mientras se devoraban el uno al otro.
Cuando sus manos recorrieron su espalda, ella ronroneó de placer, hasta que él se detuvo, apoyando su frente contra la suya.
—Tu vestido es la creación más hermosa que he visto, pero tendré que arrancártelo si no te quedas quieta. Mejor aún, date la vuelta.
Bill la giró en sus brazos y le levantó el pelo por encima del hombro. Teniendo libre acceso a su vestido, desenganchó con rapidez los cierres, y ella pronto estuvo de pie solo con sus enaguas, corsé y medias. Enseguida, sus enaguas también se deslizaron al suelo.
Salió del envoltorio de tela verde y se giró lentamente. Bill Winter pareció estar asombrado, y Katy se sintió emocionada de haber inspirado tal expresión. Sus ojos permanecían fijos en la hinchazón de sus pechos, que se elevaban por encima del corsé blanco y la camisa sin mangas que llevaba debajo.
—Lily eligió mis medias —susurró ella, sintiéndose tonta de inmediato. Pero entonces Bill clavó sus pupilas en el encaje blanco y en sus medias.
—Tiene un gusto impecable. —Su voz sonaba llena de deseo, mientras su intensa mirada se elevaba para encontrarse con la suya—. Aunque creo que estarías encantadora sin llevar nada en absoluto.
Lentamente, mientras hablaba, Bill deslizó los tirantes sobre sus amplios hombros, y luego se quitó el cuello y la camisa blanca. Ambos cayeron al suelo. A diferencia de hacía dos días, Katy tuvo tiempo de notar los músculos que se movían a través de su pecho y que esculpían la parte superior de sus brazos. Luego sus ojos viajaron hasta la línea de su cintura y más abajo.
Al tragar, con la boca seca, ella siguió su mirada hasta su cara. Bill no sonreía, y se quitó los zapatos lanzándolos hacia la puerta cerrada. Solo le quedaban los pantalones...
Katy contuvo la respiración. Sentía un delicioso terror y una desesperada anticipación que luchaban dentro de ella. Estaba contenta de haber esperado y no haber aceptado la oferta de un chico vecino cuando tenía diecisiete años. Pero, por Dios, habían pasado muchos años desde entonces, años en los que había deseado que un hombre la tocara.
Ella dio un paso adelante, y Bill la arrastró hacia él, barriéndola contra su cuerpo y dejándola sentir la ardiente dureza de su deseo, antes de que él la bajara con suavidad hasta la cama.
«El hombre más guapo que he visto jamás, me quiere como yo lo quiero a él», pensó.
Mientras Bill se quitaba sus pantalones y los calzoncillos negros, Katy lo miró con descaro. ¡No tenía ni idea de qué hacer!
—Dios mío… —murmuró al ver su hombría, orgullosamente erguida, y al propio Bill, sin avergonzarse de sus francas miradas. Se unió a ella en la cama.
Ella apartó el rostro de aquel misterio que anhelaba comprender, y lo miró a los ojos.
—Estoy un poco asustada —confesó.
Él sacudió su cabeza oscura.
—Solo déjame adorarte.
Ella asintió con la cabeza y él comenzó a desatar las cintas que sostenían sus medias. Empujó la tela transparente por sus largas y delgadas piernas con una facilidad sensual, una a una.
Por un momento, a Katy se le puso la piel de gallina desde el tobillo hasta el hombro. Luego, dejó que sus manos se deslizaran por sus piernas, deteniéndose en los cordones.
—Tu corsé —dijo él con una determinación sombría y un fuerte suspiro. Sus hábiles manos aflojaron los lazos y desataron los ganchos, antes de tirar la prenda a un lado, y al fin sus pechos quedaron sueltos contra su camisa de algodón a la altura de la cadera. Él la acarició por encima de su ombligo.
Katy jadeó mientras él inclinaba su cabeza para besar su suave estómago, justo sobre sus calzones de encaje.
—Esto tiene que desaparecer —afirmó él. Desató el cordón y tiró de ellos bajo sus caderas delgadas.
—Bill —susurró Katy, con las mejillas ardiendo por la vergüenza y la emoción.
Ella escuchó su risa gutural mientras él le quitaba la chemise, desnudando su cuerpo ante su mirada y su tacto. Katy gimió cuando sus manos se cerraron sobre sus pechos, aliviando un poco la tensión creciente en su cuerpo. Su boca cubrió primero un pezón y luego el otro con delicadeza.
«Así debe de sentirse estar en el cielo», pensó Katy. Pero el palpitar entre sus piernas y el temblor en la boca del estómago le dijeron que necesitaba algo más. Su orgasmo estomacal estaba apenas comenzando
Bill parecía saberlo, ya que, sin previo aviso y con su boca aún sobre un pecho, deslizó su mano más abajo de su estómago. Cuando la cálida palma se cerró sobre el montículo cubierto de un suave vello, Katy abrió los ojos de golpe y arqueó su cuerpo contra él por su propia voluntad.
Bill levantó la cabeza para besar sus labios, y mientras tocaba la punta de su lengua con la suya, deslizó su dedo entre los pétalos húmedos y calientes de su centro, y tocó el pequeño brote palpitante.
Ella gimió contra sus labios. El tacto de sus dedos y el olor de su cálida piel abrumaban todos sus sentidos. Estaba drogada por las sensaciones embriagadoras, incapaz de moverse, aunque quisiera.
—Eres exquisita, Katy Sanborn —murmuró Bill, sin levantar su boca—, y esta noche serás mía. —Besó el borde de sus labios y su mandíbula, y luego se movió para mordisquear el lóbulo de su oreja—. Toda mía —añadió con voz ronca, con el mismo deseo que mantenía a Katy indefensa bajo su toque.
Pronto, ella no pudo pensar más, ya que el ritmo de los dedos de Bill y el ardor de su boca en su piel le quitaron todo pensamiento coherente de su cerebro. Ella cerró los ojos con fuerza y apretó sus hombros con sus manos mientras él la enloquecía.
Katy sintió como si volara cada vez más alto. Si él detenía el movimiento constante, que hacía eco del imaginario batir de las alas de su espíritu, entonces ella se derrumbaría en agonía.
Pero no se detuvo, y ella se asustó por un instante al pensar que podría desintegrarse con los poderosos temblores que la destrozaban. Cuando terminó, se sintió difuminada con el calor que inundaba sus miembros, que se habían vuelto líquidos con el esfuerzo de sus propios músculos.
Katy levantó los ojos y vio que Bill la miraba con fuego en sus pupilas bajo la luz de la luna. Lo alcanzó, con ambos brazos alrededor de su cuello, y lo atrajo hacia ella. Lo besó con una gratitud plena.
Él gimió junto a su boca y luego se quedó en silencio.
—¿Bill? —preguntó ella, pero ya tenía una idea de lo que le estaba causando molestias, porque había habido momentos en los últimos minutos en los que el placer se había acercado al dolor, y si él se había detenido antes de que ella terminara...
Ella lo miró fijamente antes de agarrar la firme protuberancia —como el pedernal envuelto en terciopelo— que presionaba contra su cuerpo. Él se estremeció y se inclinó para besar un húmedo mechón sobre su sien. Ella aferró el palpitante eje con más fuerza y lo acarició con cautela de arriba abajo.
Él soltó un gruñido. Se incorporó, colocó sus brazos musculosos a cada lado de ella, le separó las piernas con su rodilla y se colocó entre ellas.
Apoyado en sus antebrazos y con su cara a pocos centímetros de la de Katy, sus ojos la mantenían cautiva. Ella vio la pregunta que esperaba allí y sonrió ligeramente. Con esa respuesta, sintió que Bill la presionaba contra su cálida hendidura, húmeda e hinchada de placer. Para su sorpresa, aunque se había creído satisfecha unos momentos antes, sintió que el deseo se agitaba de nuevo en su interior.
—Has estado sola —dijo él con suavidad, y ella sintió que la punta de él entraba en ella—. Ahora estaremos juntos.
Ella se excitó hasta el límite. Era emocionante y temible al mismo tiempo. Sintió una leve molestia cuando él continuó presionándola, y un destello de dolor, como una picadura de abeja, que produjo colores deslumbrantes que se arremolinaban ante sus ojos, haciéndola retorcerse.
—¡Dios! —exclamó él, tratando de controlarse con gran dificultad—. No te muevas, mujer, o yo...
Pero ella continuó sacudiéndose de forma involuntaria, sin hacer caso al ardiente escozor.
Él se calló, la miró a los ojos, y entró en ella como una espada en su vaina, hasta la empuñadura. Katy gritó, incapaz de reprimirse, y él se detuvo, con la frente bañada en sudor.
—¿Estás bien?
—Creo que sí —le dijo ella, el dolor ya se disipaba mientras su cuerpo se ajustaba y cerraba alrededor de su erección—. ¿Dolerá más? —preguntó.
—No —dijo él con la voz entrecortada—. No lo creo. —Movió sus caderas, y luego se quedó quieto—. ¿Todo bien?
—Muy bien —contestó ella, asombrada por la nueva sensación de estar íntimamente unida a Bill. Era una plenitud caliente y sensual, y que podía arrastrarla por su potente hombría—. Más que bien —susurró.
Con eso, Bill cedió a la pasión y la acarició lentamente, hasta que ella se aferró a sus hombros, instándole, exigiéndole más. Él aumentó la intensidad, acelerando su movimiento a medida que la tensión aumentaba para ambos.
El cuerpo de Katy entendía el antiguo ritual mejor que su mente, ya que igualaba el ritmo de Bill con un fácil movimiento de sus caderas. Las manos de él vagaban por su amplia espalda, y ella sentía el brillo de la humedad en su piel. Acarició su pelo, sus pechos y sus nalgas, apretándolas y separándolas mientras él se mecía dentro y fuera. Y entonces otra vez, ella empezó a elevarse, subiendo más y más alto con cada embestida profunda en su interior. Pero ahora Bill compartía su placer, unidos como uno solo.
Cuando llegó su temblorosa liberación, fue respondida por el temblor de su propia estructura musculosa, mientras la presionaba una y otra vez, llenándola de calor líquido. Su boca estaba contra la piel húmeda de su cuello, murmurando palabras primitivas de pasión.
Al fin, se desplomó sobre ella, agotado y aparentemente exhausto, antes de rodar a un lado.
Cuando ella volvió en sí, su cuerpo se calmó por segunda vez. Él la sostuvo con sus fuertes brazos, y Katy se dejó caer sobre su amplio pecho. Bill besó con suavidad la parte superior de su cabeza mientras ella se adentraba en la oscuridad.
De repente, Katy tuvo un sueño, los ojos de Helen y Geraldine, eran los mismos, dos vidas encontradas, tal vez una deuda kármica, todo era confuso, menos su amor por Bill.