Bueno, aquí estamos —dijo Katy, con una ligera sonrisa—. Lo primero es lo primero. —Se volvió hacia el chico, que parecía unos años más pequeño que su hermana.
—¿Cómo te llamas? —preguntó, pensando lo terrible que era no saber los nombres de sus familiares.
Por su gesto malhumorado, el niño pareció estar de acuerdo. Después, se puso rojo como la remolacha y comenzó a llorar, enganchado a la manga de su hermana.
—Él es Thomas, señora —dijo la niña de inmediato—. No le gustan los extraños. ¿De verdad es nuestra tía? ¿Por qué está sola? ¿Es una solterona?
—Oh, querida —murmuró Katy. Tal vez los niños eran tan difíciles como ella siempre había sospechado. Se había rendido con su hermano, Thaddeus, al que dejó correr libre después de la muerte de sus padres. A ella le había ocupado todo su tiempo mantener a la familia unida y la comida en la mesa. Algunos decían que él había resultado ser un huevo podrido, aunque nadie se atrevió a afirmarlo en su presencia.
Sin responder a ninguna de las preguntas de la niña, Katy lo intentó de nuevo.
—¿Y tú? ¿Cuál es tu nombre? —Esperaba una respuesta mejor que la que había recibido del joven Thomas.
—Soy Lillian Winifred Connors.
¿Era la imaginación de Katy, o había un tono de superioridad en la voz de la chica?
—Bueno, señorita Lillian, en cuanto a sus preguntas, sí, puede considerarme su tía. —Pensó que era mejor no entrar en el tecnicismo de que en realidad eran primos segundos—. Estoy sola porque es lo que he elegido, aunque creo que tienes razón al clasificarme como solterona.
Katy subió las escaleras de madera astillada y sin balaustre, seguida por los niños.
—Cuidado con el quinto escalón —les dijo. Cuando llegaron al rellano, ella abrió la segunda puerta de la izquierda—. Me temo que ambos tendréis que compartir esta habitación, si el señor Winter se va a quedar también. No hay juguetes ni... —Katy se calló y dejó que los niños inspeccionaran el cuarto iluminado por el sol.
Era bastante agradable, con una cama de cuatro postes y un escritorio que había pertenecido a su abuela, el cual sus padres habían traído del este. La mecedora de su madre presidía un rincón del dormitorio. Katy vio una telaraña en el otro y se acercó para quitarla con la mano.
—Os traeré unas toallas limpias. Bastará con un simple aseo con una esponja. El cuarto de baño es la puerta contigua, y el inodoro está al lado. Subiré un poco de agua.
Los niños no dijeron una sola palaba, y Katy pensó que quizá todo les resultaba muy diferente a lo que estaban acostumbrados, pero no se podía esperar de ella que tuviese dispuesta una guardería en su casa.
Al menos había un retrete interior, gracias a la insistencia de su madre y al ingenio de su padre, quien se sirvió de un pequeño molino de viento para instalarlo. Recordó el día en que ella y su hermano, todavía un niño, vieron a su padre colocar el artilugio que bombeaba agua a una tubería en el ático, donde la gravedad la enviaba al inodoro y al grifo de la cocina. Por desgracia, el agua solo llegaba hasta allí, lo que significaba que ella tenía que transportarla hasta el cuarto de baño.
Katy bajó a la bomba para sacar un cubo de agua fresca y limpia. En el baño, depositó la mitad en una jarra azul del juego de cámara y el resto en el lavabo que la acompañaba, sobre una mesa baja con tapa de porcelana. Luego fue a su dormitorio y cogió dos toallas.
A su regreso, los niños parecían un poco más relajados, ya no estaban juntos como ovejas acurrucadas. Thomas miraba por la ventana su nuevo entorno, y Lillian abría los cajones, los cuales cerró con un golpe cuando Katy entró en la habitación.
—Está bien, podéis echar un vistazo a los alrededores —les dijo ella. Los dos se quedaron mirándola fijamente cuando Katy puso las toallas en la cama—. ¿Por qué no os laváis y dormís un poco hasta que vuelva el señor Winter? Entonces cenaremos. ¿De acuerdo?
Katy no tenía idea de cómo hablarles y pensó, camino de su estudio, que no lo había hecho demasiado bien. No le habían respondido, y Thomas aparentaba que iba a estallar en lágrimas en cualquier momento. ¡Por Dios! ¿Cómo podría hacer su trabajo y cumplir con el plazo en dos días?
Si el señor Winter tenía la intención de ver si ella era apta para criar a los niños, le demostraría que era una completa inepta. Él comprendería por sí mismo que ella no tenía tiempo para esto, cogería a los niños, subiría a su carreta y luego al tren que se dirigía al este.
Con este pensamiento, se sentó aliviada detrás del escritorio de su padre. Todo esto terminaría pronto, si no de inmediato.
Treinta minutos más tarde, volvió a oír los cascos de los caballos. Se había perdido en su trabajo y no había oído a los niños hacer ningún sonido en la planta de arriba, por lo que supuso que habían optado por dormir la siesta en lugar de lavarse.
Quizá debería comprobarlo antes de que Bill Winter entrara. Se levantó con un revoloteo nervioso en su estómago, pero volvió a sentarse de nuevo. No, por supuesto que no iba a hacer eso. Lo dejaría subir. Después de todo, ella no era del tipo maternal y no iba a empezar a serlo ahora.
Tras un breve golpe, el señor Winter irrumpió en el salón delantero como si ya viviera allí y fuera un m*****o de la familia, en lugar de un invitado no deseado. Katy se limitó a mirarlo desde su escritorio a través de la puerta abierta del estudio.
—Espero que no le importe —dijo él, mirándola antes de soltar en el vestíbulo unas grandes bolsas, las cuales ella supuso que contenían grano—. No están tan sucias como parecen —añadió. Se pasó una mano por el cabello oscuro y un mechón cayó con descuido sobre su frente—. Tengo unas cuantas más en el carro.
Katy se puso en pie y se preguntó por qué la visión de un hombre en su pasillo le provocaba esa ráfaga de sentimientos tan extraños en su cerebro, en el estómago e incluso en las rodillas, que comenzaban a tambalearse. Volvió a mirar las bolsas y advirtió que no estaban llenas de pienso, sino de manzanas, pan recién horneado, huevos, un jamón curado y algunas verduras variadas.
¡Aquello era demasiado! Ni siquiera cuando tenía que cuidar de su hermano Thaddeus había disfrutado de una comida semejante. De haber tenido los medios económicos o culinarios, ella le habría preparado un festín como este a diario.
Katy recibía en ocasiones platos cocinados que le enviaba su vecina más cercana, Emma Cuthins, la esposa del médico de Spring City. Cuando la única hija de esta se trasladó al casarse hacía casi diez años, la mujer puso toda su atención en la excéntrica y joven escritora. A menudo, sin embargo, Katy iba a la ciudad a comer al mediodía.
Dios mío, quizá Bill Winter esperaba que ella relegase su trabajo y se dedicase a cocinar para ellos. Su hermano podría haberle dicho que no fuera muy optimista en ese sentido. Las dotes de Katy como cocinera eran muy básicas, y no las había practicado en los últimos cuatro años, desde que Thaddeus se marchó.
Aun así, Katy decidió hacer un esfuerzo y comenzó a llevar la comida al final del pasillo y de allí a la cocina, equipada con algunas telarañas y una buena capa de polvo alrededor de unas pocas conservas y sacos de harina de maíz y patatas. Ella solo acostumbraba calentar agua para el baño, hacer café o té y cocer un huevo de vez en cuando.
Colocó las bolsas de comida en el centro de la mesa de madera de arce, donde la cocinera de su madre había realizado sabrosas creaciones antes de que Katy tuviera que despedirla tras la muerte de sus padres. Localizó un trapo y comenzó a limpiar la superficie. En ese momento, la cabeza oscura de Bill Winter se asomó por la puerta.
—Son bastantes provisiones —le dijo ella—. Creo que bastarán para toda su estancia.
—Probablemente no, señorita Sanborn —le respondió, acarreando dos bolsas más—. Pero es un comienzo.
Katy le clavó su mirada. Aquella sensación la invadió de nuevo, la extrañeza de no estar sola y de que hubiera un hombre en su casa, un hombre muy atractivo. Ella vio cómo sus ojos azules y profundos tomaban nota del estado de desuso de la cocina.
—Tengo que decirle, señor Winter, que encuentro esto extremadamente... excesivo.
Él levantó sus cejas oscuras, desconcertado.
—Incómodo, quiero decir —agregó Katy soltando el trapo—. El hecho de que se aloje aquí es poco ortodoxo, por no decir más, y...
—Si usted hubiera recibido a los niños con los brazos abiertos —la interrumpió—, tomaría el primer tren que saliera mañana de aquí. —Sus pupilas volvieron a tomar el aspecto del acero, como si pensara algo desagradable sobre ella.
Katy tragó saliva.
—Ya se lo dije, eso está fuera de discusión.
El señor Winter juntó sus manos, desestimando el tema.
—Bueno, entonces, si puede limpiar un poco y llenar una tetera y otra olla con agua, traeré un poco de leña de… —Sus cejas se alzaron una vez más.
Ella se quedó sin habla unos segundos, atrapada por la forma en que él estaba invadiendo su cocina, sin mencionar su vida.
—La pila de madera está a la izquierda. Se la mostraré —añadió, sin poder evitar el tono demasiado dulce de su voz.
Katy empezaba a cuestionarse por qué no había vendido la pequeña casa y se había mudado a unas habitaciones en la ciudad. Él no habría podido dejarle dos niños si ella hubiera vivido encima de un restaurante o de una tienda. Hizo una nota mental para estudiar tal posibilidad después de que Bill Winter se marchase con su carga.
—Por allí. —Hizo un gesto con la tetera hacia la madera apilada bajo una pequeña inclinación, y luego procedió a cebar la bomba con un vigoroso movimiento de arriba abajo. Por suerte, al primo de Emma no le importaba partir la madera a cambio de un pequeño salario, y uno de los viejos amigos de su padre mantenía la bomba en funcionamiento.
Una vez más en la cocina, Bill encendió los fogones y Katy comenzó a limpiar la mesa y los mostradores por primera vez en mucho tiempo. Vació las bolsas sobre la mesa, ahora impoluta, y comenzó a organizar pilas de comida. De repente, levantó la vista y encontró los ojos azules de Bill sobre ella.
—La cena deberá estar preparada lo antes posible —dijo él con sequedad.
Katy asintió con la cabeza.
—Entonces, señor Winter, hágalo usted mismo —dijo cruzándose de brazos—. Por favor, ya que parece considerar que mi casa es la suya y la de los niños, puede incluir también la cocina. Además, lo único que sé hacer es pudin indio, y dudo que haya usted comprado melaza. Ahora, si me disculpa, tengo trabajo.
Él la miró desconcertado. Sin esperar una respuesta, Katy se dirigió con rapidez hacia el pasillo, con la cara sonrojada y los oídos alerta, a la espera del sonido de sus pasos detrás de ella. Los oyó al cabo de un momento, pero estos pasaron delante de la puerta de su estudio y luego subieron las escaleras.
Hubo un breve silencio, hasta que la voz de Bill Winter resonó en alto.
—Señorita Sanborn, ¿quiere subir un momento?
Ella suspiró. Él se estaba excediendo. «¿Qué pasa ahora?», pensó mientras arrastraba los pies por los peldaños.
—¿Sí? —Katy se detuvo junto a la puerta del dormitorio que había pertenecido a sus padres. Los niños aún estaban vestidos y sentados tranquilamente en la cama, con una expresión, si eso era posible, todavía más triste que antes.
Thomas abrió la boca y soltó un bostezo, y Lillian reprimió otro con su pequeña y blanca mano sobre los labios. Había círculos azulados bajo sus ojos y una ligera palidez en su piel.
Katy frunció el ceño.
—El plan era que se asearan y que después echaran una siesta. ¿Están enfermos? —preguntó dirigiéndose a Bill.
Él la observó como si fuera la persona más estúpida que jamás hubiera conocido.
—¿No se le ha ocurrido pensar que necesitan ayuda con la ropa y el agua caliente antes de irse a la cama? Señorita Sanborn, incluso usted tendría que ser capaz de ver que son niños pequeños a los que hay que tratar con algo de bondad y consideración, si no amor y cuidado maternal —concluyó con tono áspero.
Katy apretó los labios.
—Haré todo lo posible para ayudarlos y cuidarlos… durante el tiempo que estén todos aquí —precisó—. ¿Qué quiere que haga?
Ella evitó mirar a los niños, ya que estaba segura de que la estarían observando como si fuera un monstruo de uno de sus cuentos de hadas. Su hermano había sido como una marta o una ardilla, siempre sucio, pero capaz de asearse él mismo. Simplemente, Katy no había imaginado que los niños querrían un baño caliente en lugar de lavarse solo las manos y la cara.
Con su pequeña oferta de ayuda, sin embargo, la tensión disminuyó, y Katy pronto estuvo trabajando codo con codo con el abogado de los pequeños. Thomas y Lillian parecían tener más capas de ropa de las que ella y Thaddeus nunca tuvieron, y pudo ver por qué necesitaban ayuda para desvestirse.
Mientras tanto, el señor Winter calentó agua en la planta de abajo y, en un momento, transformó su aspecto de bostoniano bien vestido al de una simple lavandera, con la camisa arremangada y listo para bañar al niño.
Aunque jamás se le podría considerar simple u ordinario, no con su llamativo perfil. Y luego estaban esos músculos bien definidos, que saltaban a la vista mientras él luchaba contra Thomas agarrándolo con su fuerte brazo mientras lo frotaba con el otro. Katy se sentó en la alfombra del baño con Lillian mientras Bill enjabonaba a Thomas.
Había mucha espuma suelta volando por el cuarto de baño, algunos resbalones en la bañera de patas, e incluso algunas risas. Katy notó la dulzura de Bill que brillaba a través de su firmeza, al mismo tiempo que trataba de evitar que todo el asunto se disolviera en un caos.
Cuando Thomas salió de la bañera, Bill lo recogió y abandonó el cuarto. Katy se olvidó de su preocupación por el plazo de entrega antes de ayudar a la chica con su aseo. Cuando terminaron, puso a Lillian en la cama junto a Thomas, ya dormido, y siguió a Bill al pasillo después de cerrar la puerta.
—Nada les sentará mejor que esa siesta —dijo Bill sin darse la vuelta.
Katy miró su espalda ancha y musculosa. Por desgracia, parecía otra vez irritado, y ella soltó un suspiro. Estar con gente era totalmente agotador.
Cuando él se giró, su rostro no mostraba la ternura que le había dedicado a los niños. En cambio, la frialdad había vuelto a su aguda mirada, a pesar de haberla ayudado hacía unos minutos.
—La dejaré trabajar, señorita Sanborn, y me ocuparé de la cena.
Ella dudó.
—¿En realidad sabe cómo hacer eso?
Él levantó las cejas, sorprendido, pero suavizó su tono.
—¿Qué? ¿Cocinar?
—Bueno, sí. La mayoría de los hombres... es decir, no creo que conozca a ninguno por aquí que pueda hacerlo por sí mismo. Excepto tal vez unas alubias y huevos cocidos. Aunque es cierto que mi círculo de conocidos masculinos no es muy grande. Aun así... —Katy cerró la boca para detener el balbuceo.
Él le dirigió una larga mirada.
—Le aseguro, señorita Sanborn, que sé cocinar. No un gran número de platos, pero sí un repertorio limitado que aprendí gracias a la insistencia de mi madre, dos tías y tres hermanas que estaban decididas a iluminarme, cuando yo habría preferido pasar todo el día jugando al aire libre. ¿Vamos abajo? —preguntó con amabilidad.
Ella movió la cabeza con gesto afirmativo, y se sintió tonta por haberlo interrogado. En cuanto a su «limitado repertorio», no tenía duda de que era más amplio y mejor que el suyo. Al final de la escalera, él pasó por su lado camino de la cocina sin invitarla o pedirle ayuda.
Katy se encogió de hombros. Bueno, era lo que ella quería. Volvió a su estudio, cerró la puerta y se obligó a concentrarse. A pesar de las distracciones, el artículo sobre las recientes reuniones políticas de los granjeros iba bien. Se sumergió en él y se olvidó de todo lo demás, hasta que el reloj de pie del vestíbulo anunció que habían pasado casi dos horas.
De pronto, escuchó la voz de Bill Winter.
—La cena está preparada, dormilones, el último en llegar lavará los platos.
Katy oyó sus pasos al otro lado de la puerta, pero él se detuvo solo un momento antes de continuar hacia la cocina. Segundos después, el estruendo de una manada de bisontes bajó a toda velocidad la escalera.
Así que no iba a ser invitada a este banquete en su propia casa. Y los olores que venían de la cocina hacían que su estómago se estremeciera de hambre. Su última y verdadera comida había tenido lugar el mediodía del día anterior en la ciudad, en el comedor del Hotel Fuller. Esta mañana solo había tomado una galleta de la lata. Miró el recipiente, que estaba sobre su escritorio, pero se encontraba vacía, como ella.
Katy podía esconderse en su estudio y morir de hambre o salir y unirse a ellos. Después de todo, era su cocina. La alternativa era ir a la ciudad, pero eso les parecería ridículo a sus visitantes.
Dejó suelto el mechón de pelo que siempre se le escapaba del recogido, y se puso de pie. Por el amor de Dios, odiaba ser humilde.
No se molestó en ir a la cocina. Katy podía oírlos en el comedor, su comedor. No es que le importara, ya que no lo usaba. De hecho, le traía recuerdos del pasado, de manteles de encaje blanco y porcelana fina.
Recordó cómo su madre la obligaba a ella y a su hermano a comportarse lo mejor posible mientras su padre se sentaba con la nariz metida en un libro y, para disgusto de su madre, ni siquiera se daba cuenta cuando Thaddeus tiraba los guisantes en la alfombra.
Katy abrió la puerta en silencio, tratando de deshacerse de esos viejos pensamientos. Su mirada asimiló todo con rapidez: Bill Winter en un extremo de la mesa, el de su madre, aún en mangas de camisa, y los niños a ambos lados, vestidos por sí mismos de manera informal.
Él les estaba sirviendo puré de patatas del tazón de porcelana de su abuela decorado con flores rosas, el cual se veía absurdamente femenino y frágil en sus grandes manos. Thomas hablaba animado de los animales que había visto desde la ventanilla del tren durante el viaje.
Un segundo después, Bill alzó la vista hacia ella. Thomas se calló y su hermana se giró para ver qué podía haber causado la interrupción. Katy se sintió como una intrusa. Se habría dado la vuelta para salir huyendo, pero Bill se levantó y le sonrió.
—¿Nos acompaña, señorita Sanborn? —Hizo un gesto a la silla que estaba frente a él, como si la invitara a su mesa.
—Sí, gracias, si está seguro de que hay suficiente.
Era dolorosamente consciente de que no había ayudado a cocinar aquella comida ni la había pagado.
—Por supuesto. Se lo habría pedido antes, pero no quería perturbar su trabajo. —Su amabilidad sonó genuina en los oídos de Katy—. Por favor, siéntese. ¿Quiere un poco de jamón y succotash?
Katy se sirvió un plato del guiso y también un vaso frío de cerveza de jengibre de la jarra que había en la mesa. Las habilidades culinarias de Bill eran muy superiores a las suyas.
—Esto está delicioso —le dijo Katy con sinceridad.
Él se congeló con el tenedor a medio camino de su boca.
—Gracias.
Cuando ella le sonrió complacida, él se encogió de hombros.
—Es una sencilla receta de Nueva Inglaterra —declaró, y Katy se preguntó qué sería para él un plato elegante.
—Gracias a Dios que no es una cabeza de ternero —dijo ella después de una pausa. Bill se echó a reír, mientras Katy se ruborizaba por su propia franqueza. Algunos podrían llamarla blasfema por criticar la especialidad local.
Thomas olvidó cerrar la boca mientras masticaba y soltó un fuerte «uhg».
En cuanto a la compañía, Katy estaba gratamente sorprendida. Los niños se comportaban bien y eran participativos después de superar su timidez inicial. Thomas incluso se ofreció a hablarle de su habitación en Boston.
—Oh, estás aburriendo a la tía Katy —lo interrumpió Lillian. La niña se había acostumbrado a llamarla así en algún momento entre el reparto del puré de patatas y del pan. Katy lo encontró inesperado, pero no del todo desagradable, y consideró, mientras masticaba, que estos niños eran en realidad su familia.
—Tonterías, Lily. ¿Puedo llamarte Lily? —La niña asintió con la cabeza—. Deja que tu hermano me cuente todo. Estoy segura de que tenía una casa encantadora en Boston.
—Oh, sí, tía Charlie —dijo Thomas, probando el sonido de su nombre—. Mucho más grande y bonita que esta.
Lily jadeó, horrorizada como cualquier niña de ocho años lo estaría ante los modales de su hermano menor, pero Katy solo se rio, ya que nunca había tenido delirios de grandeza con respecto a la hacienda de sus padres. Además, sintió una extraña calidez en su pecho cuando Thomas, sin saberlo, usó el apodo por el que su hermano solía llamarla: Charlie.
Al captar la mirada de Bill Winter, ella recibió un guiño amistoso de su parte. Katy notó el rubor en su cara y se alegró de que Bill se excusara para ir a buscar el postre de bayas frescas y nata.
En realidad, no podía recordar cuándo había disfrutado más de una comida, pero no creyó prudente decírselo a sus invitados, o podrían decidir que eso bastaba para quedarse de forma permanente.
Una vez terminada la cena, Katy ayudó a recoger todos los platos sucios y a llevar las sobras a la cocina. Luego empezó a caminar por el pasillo a su estudio.
—Disculpe, señorita Sanborn —dijo Bill Winter, saliendo de la cocina después de ella—. Está el asunto de los platos.
Katy abrió la boca para protestar, pero entonces Thomas también salió.
—El último en llegar a la mesa —dijo el niño, señalándola.
Katy miró a Bill y a Thomas. No podía negarse delante del niño y, por la ligera sonrisa de Bill, se dio cuenta de que él lo sabía.
Bill se encogió de hombros.
—Es lo justo —dijo él, pero su mirada decía que estaba disfrutando de su consternación.
Enseguida, Katy se encontró fregando los platos y las ollas con los codos inmersos en espuma de jabón. Se había olvidado de cuántos preparativos se requería para preparar una comida.
—¿Quiere que termine yo? —se ofreció Bill, pero Katy pensó que lo dijo sin mucho entusiasmo. Ella debía hacer algo por haber disfrutado de la deliciosa comida, y así se lo hizo saber a él. El señor Winter le sonrió, y Katy decidió que era muy eficiente en hacerle subir el calor por sus mejillas.
Ella sacudió la cabeza y se volvió hacia el agua jabonosa mientras oía cómo él se sentaba a la mesa de la cocina. Todas sus terminaciones nerviosas parecían ser conscientes de su presencia detrás de ella.
—¿Dónde están los niños? —le preguntó en medio del silencio.
—En su salón, leyendo —respondió él, sirviéndose una taza de café recién hecho—. He encendido la chimenea.
—¿Leyendo? —repitió Katy, algo sorprendida, y continuó fregando, pensativa.
—Sí, señorita Sanborn, ellos leen. Al menos Lily, y Thomas la sigue. Aunque aún no están listos para abordar sus artículos.
—Hablando de eso —dijo ella, de repente apurada—. Será mejor que me ponga a ello, o mi editor tendrá algo muy desagradable que decirme al final de la semana. —Enjuagó el último plato y lo dejó en el mostrador con el resto antes de coger una toalla.
—Deme, yo los secaré —dijo Bill. Le quitó la toalla de su mano con suavidad y rozó sus dedos un breve segundo.
Ella lo miró a la cara, sorprendida por la energía de este hombre, que no solo brillaba en la profundidad de sus ojos azules, sino que además hacía saltar chispas en las yemas de los dedos al tocarla. Katy se alejó con rapidez.
—Sírvase un poco de café —sugirió Bill, recogiendo el primer plato—, y hábleme de su trabajo antes de que se vaya.
Bill apoyó sus caderas en el mostrador y comenzó a frotar el plato con el pequeño paño blanco. Era la primera vez, que Katy recordase, que en lugar de sentirse segura de su capacidad y orgullosa de hablar de su trabajo, se sentía incómoda. Todo lo que sabía era que no quería parecer tonta frente a este hombre, el cual era obvio que estaba interesado y a la espera de oírla.
Katy apartó la vista, cogió una taza y vertió en ella el líquido humeante.
—Mmm…, achicoria —dijo mientras el aroma del café llegaba a su nariz. Él asintió—. Bueno, la historia tal como la conozco es que las pequeñas reuniones de los agricultores son cada vez más grandes y más políticas. ¿Está usted al tanto de Grange, señor Winter?
—He oído hablar de eso, los Patrones de la Agricultura, pero no son muy activos en el corazón de Boston.
—No, supongo que no, pero podrían empezar a hacer sentir su impacto en su bella ciudad. Parece que están ganando poder en la regulación de las tarifas de los ferrocarriles, y opino que ya era hora. Después de todo, en el este, necesitamos sus cosechas, y los granjeros necesitan llevárnoslas. Y el ferrocarril necesita sobrevivir, pero con tarifas justas, no abusando de los granjeros.
Katy siguió sacando a relucir hechos y cifras hasta que Bill terminó de secar la vajilla. Tuvo el detalle de parecer impresionado, y Katy se dio cuenta de que ella seguía de pie junto a la puerta.
—Espero que no piense que es una grosería si cierro la puerta del estudio otra vez —declaró—. Le dejaré ahora para ir a ver a Lily y Thomas —añadió.