La visita de Ibrahim a casa de Sharis.

1741 Palabras
Tal vez en el barrio Harlem, pueda ayudar a niños, adolescentes, adultos y a todos los que tienen algún tipo de problemas, tales como los tiene Sharis con las drogas, el alcohol, la prostitución, entre otras. Aquella tarde Ibrahim se acercó a visitar la casa de la familia Briche, caminó bastante, tanto como un peregrino para poder llegar. El edificio es uno de los últimos del barrio, en ese lugar se nota la pobreza extrema, el descuido de la gente que habita en ese sitio tan abandonado, también por los mismos habitantes del sector. —Buenas tardes a todos —Sharis le abrió la puerta, no pensaba que fuese tan pronto —pase por favor. Ella quiso ser educada con el joven, hizo que se sentara sacudiendo un poco el mueble cubierto con retazos. —Siéntese aquí, no tengo nada que ofrecerle… Lo siento —se disculpó Sharis. —Tranquila señorita, más bien les traje una merienda para todos, unas frutas, jugo, cola, unos sándwiches, que de hecho, pueden comerlos ahora, los hice yo mismo. —No debió haberse molestado —asintió la abuela conmovida por el gesto del chico. —Serviré abuela, así comes algo, ella es Abigaíl. —Le dice Sharis abriendo una de las bolsas. —Sharis, ¿quién es ese hombre?, es blanco… Umm, no me parece. —Abuela, es el señor que les comenté, mi ángel, el que me salvó ¿lo recuerdas? Se llama Ibrahim. —No se preocupe, señora… Abigaíl —afirmó Ibrahim, estamos para ayudarnos. —Gracias mijo, soy una anciana fastidiosa, estoy cansada, mis huesos ya no pueden más, siento el cuerpo pesado a pesar de estar tan delgada… —La edad es algo privilegiado, no todos llegan a cierta edad y hay que agradecer a Dios por cada cosa que nos regala, sobre todo la vida —manifestó Ibrahim. —Estás escuchando Sharis, tú que quieres acabar con tu vida cada vez que sales a drogarte con esa pandilla de chicos con quienes acabarás por completo tu vida —expresó la señora Abigaíl. —Bueno señora y señorita, mi visita también es por la comunidad, por alguien en particular, mi misión es ayudar a todas esas personas que están enfermas, graves, agonizando… —Pero usted viene a este barrio a ayudar a la gente y ¿por qué lo hace, es su trabajo? — comentó la señora Abigaíl, extrañada. —Yo les ayudo para que encuentren el camino hacia el Señor, Dios los llama, pero mucha gente no está preparada para dejar este mundo, — les cuenta — y ahí estamos nosotros para ayudarles. Aquellos que no pueden dejar las drogas, los vicios, la mala forma de vivir y convivir, tratarse entre hermanos, familias. —Joven ¿usted trabaja para alguna compañía de esas que hacen para saber quiénes son los pobres y los ricos? porque aquí no hay nada de eso. —Señora Abigaíl, a veces la vida nos pone a escoger entre lo fácil y lo difícil, pero hay una gran diferencia, lo fácil, así se va… Y lo difícil, lo tienes que trabajar, ya que si nos cuesta conseguirlo, le damos un gran valor. Ibrahim no le ha comentado a Sharis de su pasión por el sacerdocio, tal vez al enterarse, pueda no querer aceptar la ayuda. Ella no le va muy bien con los asuntos religiosos, trata de llevar la vida como la ve, simplemente cómo vamos viendo la vida, así la vamos llevando. —Ángel dígame algo, ¿Usted estudia dónde? —En un colegio en Manhattan, no muy lejos de aquí, mis padres viven en Londres… Yo solo estoy de pasada, al terminar mis estudios, regreso a Europa. —¿Cómo es eso? ¿Venir de tan lejos a estudiar aquí? ¿Es que no hay colegios allá? —Asintió Sharis. —¡Claro que hay! y muchísimos, pero fui seleccionado entre un gran grupo de alumnos de este país y de aquí hay estudiantes en Londres, es un intercambio estudiantil. —¡Vaya! Eso me gusta, es interesante, con eso una puede conocer otros sitios —comentó Sharis, emocionada, —Bueno… Debo empezar mi charla presten mucha atención, mi visita se debe más que todo a encaminar a aquellas almas perdidas donde no encuentran paz, a los jóvenes, a salir de ese oscuro lugar donde la sociedad los envió sin preguntar, los niños huérfanos, aquellos donde difícilmente son rescatados por gente que los desea adoptar, pasan frío, hambre, esos niños que te entristece al ver sus ojos suplicando atención, cariño… necesitan a alguien que les tienda una mano, en este barrio, debemos comenzar con la ayuda de todos. —Señor Ibrahim, sus palabras son blancas como el algodón, pero las personas de este barrio, no desea, escuchar a nadie, tampoco decirle que hacer —Añadió Sharis. Mientras tanto, la abuela se sorprende de todo lo que el joven Ibrahim les está comentando, le parece bastante interesante. —Hijo, todo lo que dices está muy claro, es una buena obra de tu parte, pero aquí la gente es muy renuente, no les importa nada te lo digo yo, que tengo toda una vida viviendo en este mismo lugar, conozco a cada tipo de persona… Considero una pérdida de tiempo ¡Tu tiempo, no el mío! ¡Vaya que no! —comentó la abuela, bajando los ánimos de Ibrahim. —No diga eso señora, habrán personas que deseen cambiar su vida como Sharis… ¿No es cierto? —Sí, si lo es… Solo que necesito demasiado tiempo. —El problema es ese, no se puede perder el tiempo, nunca podremos recuperarlo, somos jóvenes y se debe aprovechar el momento preciso para cambiar, es lo más normal del mundo, pero las personas desean seguir ese camino lleno de espinas. —Mijo, una pregunta, ¿quiero saber, si usted es uno de esos estudiantes para ser cura? Responda con la verdad. —¡Por supuesto señora! Lo soy… Tengo una misión que cumplir, es mi vocación, siempre he querido ser sacerdote, desde niño he tenido esa imagen de Dios, de Jesucristo en mi cabeza. En ese instante, Sharis estaba retirada y no pudo oír la conversación, llegó con unos vasos llenos de jugo para la abuela y para Ibrahim, ella prefirió tomar cola. —¿De qué hablaban, me perdí de algo? Y usted abuela, ¡Quite, esa cara! asustarás al joven Ibrahim, no querrá volver (risas)… —¿Puedo hacer una pregunta? —añadió Ibrahim. —Puede —afirmó Sharis. —¿Quiénes más viven en este lugar? —¡Aquí viven muchos buenos para nada! —dijo la abuela con gestos y palabras de fastidio. —Abuela, ¿no debes ser siempre así? respeta un poco, vivimos mi madre Loray, mi hermano Songo y un tío llamado Moro, es hermano de mi madre y Samin, él es mi padrastro. —Bastante grande es la familia, Sharis ¿Por qué no trabajas? —preguntó el seminarista preocupado al ver que la familia es numerosa. —¡Porque no puedo…! —¿Tienes algún impedimento? — Preguntó Ibrahim. La abuela se adelantó a contestar la pregunta. —Sí, tiene uno y muy grande, es una drogadicta, callejera y cuando quiere traer algo de comida a casa… Solo baila semi desnuda en un centro nocturno de mala muerte, cerca de aquí —aclaró la abuela sin contemplación. —Ya fue suficiente, debo irme —añadió Ibrahim. —Pero mijito, ¿no va a hacer el acto de confesión a mi nieta? —comentó la señora Abigaíl. —¿Cómo es eso? No estoy en ninguna iglesia para hacer ese tipo de acto, ¿Qué le pasa, abuela?, no puede ser tan imprudente, deje vivir a los demás como quieren, mejor vaya y descanse. Disculpa, esa señora es terrible con la lengua, mete en problemas a cualquier persona, pero veo que le cayó muy bien, igual que a mí, usted me agrada, debería tomar mucho sol… Así se pondría un poco más oscuro. —En estos tiempos es muy difícil, la lluvia tarda en cesar como dos meses, así que no queda de otra. —explicó Ibrahim, con tono gracioso. —No entendí lo que quiso decir la abuela con eso de ¿Confesarme con usted? —No hagas caso, lo dijo para que te acercaras a la iglesia, podrías confesar tus pecados al sacerdote. —¿Al sacerdote? ¿Cómo decirle a otra persona mis pecados?, eso para mí no tiene sentido, los curas son seres humanos, se equivocan de igual manera, llegan a tener relaciones, no son muy confiables que digamos… No incluyo a todos, pero hay muchos en el mundo, he sabido que en esos sitios donde estudian niños, pasan cosas terribles, lo he visto en las noticias —Dijo Sharis sorprendida. —No puedes juzgar a nadie, son cosas circunstanciales que puedan estar pasando en algunos sitios. Pero esas personas están poseídas por el mal y cometen esos pecados imperdonables, abominables, debes creer en el Ser Supremo, en la iglesia, Dios es grande, poderoso, puede darte mucho, llenar tu corazón de paz, alegría, no deberías hablar tan concretamente. —Lo siento, sé que eres muy católico, me di cuenta que en tu hogar tienes imágenes de santos, vírgenes, cuadros de Jesús y uno muy grande en la entrada en una cruz —afirmó Sharis, convencida del catolicismo de Ibrahim. —¡Ahora sí…! Debo marcharme, luego vendré a hacer un recorrido por la zona, imagino que has de acompañarme, no conozco mucho por aquí… ¿Lo harías? —Lo haré y perdona todo lo malo de mí, soy cómo dice la abuela, una mujer sin principios, mal educada, sin estudios, sin clase, solo soy una persona dependiente de los estupefacientes, no poseo grandes amigos, ni riquezas, ¡Nada! Vine a este mundo y Dios me abandonó, tú lo defiendes y yo lo culpo. —Mejor dejemos esta conversación para otro día, debo seguir haciendo mis deberes, adiós… Gracias por acompañarme hasta aquí, pude haberlo hecho solo, ya me conozco el camino, espero verte pronto y deja de drogarte, por favor, no arruines más tu vida. Ibrahim se despidió más confuso de lo que rindió la visita, son personas que desconocen ciertas enseñanzas, vienen de familias que solos les alcanzó para llevarse un bocado a la boca, no se puede juzgar ese tipo de acción y reacción, lo que han visto en sus vidas ha sido miseria.
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