Capitulo 1: Mejor que ayer, peor que Mañana

1178 Palabras
El aire en la oficina olía a café recalentado, sudor y tensión. Miguel se sostenía la ceja con una servilleta de papel, mientras una secretaria temblorosa intentaba desinfectarle la herida. El ambiente parecía sacado de una escena policial mal actuada y frente a él, el jefe de planta —Don Erasmo, un hombre calvo con cara de bulldog enojado— lo miraba como si quisiera hacerlo tragar el escritorio. —¿Y querí que encima no te eche, hueón? —bramó, escupiendo gotitas de saliva entre gritos, mientras agitaba una hoja con tinta roja—. ¡Te measte en la empresa, en el reglamento y en mi matrimonio! Miguel respiró hondo. Sabía que había cometido errores, sí, pero si volviera atrás… probablemente los cometería igual. —Don Erasmo, con todo respeto, su señora se me insinuó y yo sólo... caí. —¡¿CAÍSTE?! ¡¿CAÍSTE?! —el jefe se levantó de golpe—. ¡CAÍSTE CON MI MUJER EN EL BAÑO DE EMPLEADOS! —...¡Fue solo una vez!. —¡¡Y le pegaste al contador!! —Me faltó el respeto, Don Erasmo—respondió Miguel, como si eso justificara el gancho derecho que le había soltado a Javier, el tipo más fome del edificio. La decisión fue rápida y sin derecho a pataleo. Don Erasmo lo echó con el ímpetu de un dictador: sin indemnización, con prohibición de ingreso a la oficina y con la promesa de una demanda judicial si lo volvía a ver rondando por allí. Miguel salió a la calle con la camisa manchada de sangre, la dignidad hecha polvo y una extraña mezcla entre rabia y liberación. Rebuscó en su bolsillo encontrando su celular y como siempre, sus dedos buscaron el chat: “Los Irrompibles 💥”. Miguel: "Fui despedido oficialmente, Motivo: exceso de testosterona y mal gusto" ¡¡¡ Reunión de emergencia !!! No había pasado ni un minuto cuando el icono de Ángel parpadeó escribiendo... El departamento de Ángel estaba en silencio, aunque el ruido en su cabeza era ensordecedor. Estaba desnudo, cubriéndose apenas con una toalla, mientras la otra mujer —Marcela, Susana ¿o era Mariana?— recogía apresurada su ropa interior del suelo. —¡Nunca me dijiste que tenías polola! —le reprochó, sin mirarlo. —¡Tampoco me preguntaste! —respondió él, con la voz ronca y un leve rastro de arrepentimiento que no le llegaba a los ojos. La puerta aún estaba abierta. Carolina se había ido con el alma rota y sin mirar atrás. Tres años de relación, de planes, de promesas... todo reducido a una escena digna de una teleserie barata. Ángel se dejó caer en el sillón con la cabeza entre las manos. Sabía que era un imbécil, pero lo había hecho igual... como siempre. Su celular vibró. Miguel: Fui despedido oficialmente, Motivo: exceso de testosterona y mal gusto. ¡¡¡ Reunión de emergencia !!! Ángel suspiró. Ángel: " A mi también me echaron, pero del corazón ¿Sirve? Miguel: Más que suficiente. Miguel: ¡Falta Rai! En casa de los Araya, la guerra había comenzado hace rato. Rai sostenía su mochila en una mano y un peluche viejo en la otra mientras su padre, rojo como un semáforo, seguía gritando desde la puerta. —¡NO VAYAS A VOLVER SI NO TRAES UNA VIDA EN LA MOCHILA! —¡¿Y qué querí que meta papá...una esposa y dos hijos?! —gritó Rai, ya en la vereda, sin dejar de caminar. —¡UN CONTRATO DE TRABAJO, AL MENOS WEÓN! El portazo retumbó a sus espaldas como una sentencia. Tenía veintiocho años, cero pesos en la cuenta y un récord de horas jugadas en Call of Honor que ni siquiera le valía una medalla. Sacó el celular, con las manos aún temblando. Rai: ¡Me echó mi taita y Mató la consola. RIP. ¿Dónde nos juntamos? Miguel: ¡Plaza! Ángel: ¡Plaza! Rai: ¡Voy! La plaza siempre había estado ahí para ellos, como un testigo silencioso de sus fracasos, aciertos, borracheras, vómitos y confesiones. Era un rectángulo polvoriento entre edificios de los 80, con un par de bancas cojas y una glorieta que alguna vez fue blanca, allí se habían fumado sus primeros cigarros, planeado el viaje al sur que nunca hicieron, celebrado cumpleaños sin torta, llorado amores perdidos y reído hasta dolerles la panza. Miguel llegó primero, con una bolsa de papas fritas que no sabía si había robado o pagado. Se sentó en la banca más firme y suspiró. Minutos después llegó Ángel, con la camisa abierta y cara de funeral. —¿Qué pasó con la otra? —preguntó Miguel. —Se fue sin el sostén, al menos me queda un recuerdo. Rieron, cansados. —¿Y Carolina? —Me borró de la vida y me bloqueó hasta de Spotify. —Te lo merecí weon, ¿cómo tan canalla?. —si sé weón...si sé que las embarre. Rai apareció último, con la mochila colgando y una bolsa con algunas latas de cerveza. —¿Tenías plata? —preguntó Ángel. —¡Nop! La señora del minimarket me tiene cariño o pena, bueno quizás una mezcla de ambas. Abrieron las latas y brindaron sin ganas. —¿Y ahora qué hacemos? —preguntó Rai. —No tengo casa —dijo Ángel. —Yo tampoco —agregó Miguel. —Y yo tengo miedo —concluyó Rai. Hubo un silencio largo, interrumpido sólo por el sonido de una moto lejana. El sol comenzaba a caer y el cielo se tiñó de naranjo, con trazos rosados que parecían pintados con crayón. —¿Te acordái cuando dormimos acá porque a ti te pateó la Mariela? —preguntó NoMiguel. —Y tú te comiste el pan de hot dog que habíamos guardado —recordó Rai. —Y después te vomitaste en mi mochila —dijo Ángel. Estallaron en una risa triste, como quien encuentra ternura en el dolor compartido. —¿Cómo cresta llegamos a esto? —preguntó Ángel. —Siempre estuvimos en esto —respondió Miguel—. Solo que antes no nos pesaba tanto. —¿Y si nos vamos al sur? —propuso Rai. —¿A vivir? — ¡No sé po! ... a estar, a existir, a que nos piquen los zancudos — tenemos ni plata— Refutó Miguel —Nunca tuvimos, Pero igual sobrevivimos. Se quedaron mirando el cielo. Ninguno tenía respuestas, ninguno tenía un plan. Pero los tres estaban ahí... juntos como siempre. Los primeros grillos comenzaron a cantar. La noche se deslizaba lenta sobre sus cabezas y las estrellas, tímidas asomaban entre las nubes. Miguel se recostó en la banca y cerró los ojos. —¿Y si mañana empeora? —Entonces nos juntamos de nuevo acá —dijo Ángel. —¿Y si mejora? —Nos juntamos igual —cerró Rai. y así, como tantas otras veces, se quedaron ahí. Tres idiotas sin casa, sin rumbo, sin certezas… pero con una banca compartida y una risa que aunque dolía, todavía sabía a hogar.
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