Sofía. Han transcurrido varios días desde la fiesta de Samuel, y el silencio se ha convertido en mi único refugio. No he mantenido mucha comunicación con ellos por razones que considero evidentes, especialmente con los mayores, y de manera más punzante, con Leonardo. Nuestra interacción se ha reducido a lo estrictamente funcional: mensajes escuetos o encuentros fortuitos en los pasillos de la universidad. El resentimiento sigue ahí, instalado en mi pecho como una astilla difícil de extraer; las imágenes de aquellas mujeres rondándolos siguen quemándome. La ausencia de Aurora en el campus y el silencio sepulcral de Graziella me han otorgado una paz interior que, aunque bienvenida, se siente frágil. A menudo me detengo a reflexionar sobre lo que ocurrió aquella noche. No termino de compren

