Leonardo. —Sofía… —susurro, dando pequeñas y desesperadas palmadas en su mejilla al sentir cómo su cuerpo se desploma, inerte, en mis brazos—. ¡Sofía, mírame! ¡Abre los ojos! La desesperación me golpea como una maza de hierro al verla en este estado. Está prácticamente desnuda, su piel de porcelana ahora está profanada por marcas violáceas de golpes y un hilo de sangre espesa escapa de la comisura de sus labios. Con las manos temblando de ira y miedo, la envuelvo con una delicadeza que contrasta con el caos que ruge en mi interior; necesito cubrirla, proteger lo que queda de su dignidad. Lanzo una mirada fugaz al cadáver que yace a pocos metros y maldigo entre dientes por haberle otorgado una muerte tan rápida. Lo que este despojo humano le hizo a mi mujer merecía una agonía lenta, un su

