Sofía. Estamos rodeadas. El aire en la cubierta se ha vuelto denso, cargado de una electricidad que eriza el vello de mis brazos. Las expresiones de nuestros hombres forman un mosaico fascinante y aterrador. Oscar, Leonardo, Dominic y Daniel mantienen una rigidez gélida; sus mandíbulas apretadas y sus ojos oscurecidos delatan una molestia que raya en la posesividad pura. Por otro lado, Danilo, Samuel, Amos, Marko y Diego exhiben sonrisas lobunas, divertidas, como si estuviéramos jugando un juego cuyas reglas solo ellos dominan. Finalmente, Camillo, Marius y Dayno se mantienen en una neutralidad absoluta, una calma tan profunda que resulta inquietante. Dominic es el primero en romper la formación. Se agacha con lentitud felina hasta quedar a nuestro nivel, ya que las tres estamos sentadas

