Recién comenzaba en mi nuevo trabajo como redactora de una revista dedicada al bienestar integral de la mujer y toda esa mierda. ¿Mi trabajo? Conozcan a la redactora de las actualidades en la sección de moda y tendencias. Es que el bienestar integral de una mujer no se logra hasta que consigues el atuendo que quieres. ¿por qué la sección de moda? ¿Recuerdan cuando eran niñas y se disfrazaban de princesas, queriendo lucir tan hermosas como las de los cuentos o películas de Disney? Bueno estoy en el lugar donde puedes tener acceso a la vestimenta de las nuevas princesas, esas que salen en las revistas y figuran en los reality show, pero no nos desviemos.
Tenía alrededor de tres meses en la revista cuando lo conocí; trabajaba en el edificio del frente, en una de las torres financieras donde veías ir y venir a hombres trajeados con miradas de autosuficiencia incluso mayores que la de las mujeres de la revista en la que trabajaba. Era una tarde calurosa de abril, iba con vaqueros oscuros, una camisa blanca impoluta y una cazadora negra, rompiendo por completo los esquemas y estereotipos que se esforzaban por cumplir en ese lugar. Con su cabellera negra peinada hacia atrás y unos profundos ojos tan azules como el mar. La personificación de un modelo de revista. Trabajaba en una revista de negocios ubicada en la torre financiera hace un par de años, todo el mundo sabía quién era menos yo, por supuesto. En mi defensa, yo era nueva en la ciudad, tan sólo llegué a la Gran Manzana hace seis meses.
Me quedé viéndolo mientras caminaba al café que estaba en la esquina, yo iba en la misma dirección y no podía creer que tendría la oportunidad de verle de cerca. Había tenido relaciones pasajeras antes de mudarme y a pesar de todos mis fracasos, continuaba creyendo que existía una historia de amor ahí afuera para mí, solo tenía que salir a buscarla.
Cuando llegué al local él estaba en la fila esperando para ser atendido, tomé lugar detrás de él y tuve la oportunidad de sentir su perfume, era embriagador y mis hormonas revoloteaban a mil, pero deben entenderme, era una jovencita de veintitrés años con muchos meses sin sexo de por medio, lo que se traduce en un muy bajo, probablemente inexistente nivel de resistencia al sexo masculino, en especial cuando se trataba de semejante espécimen.
Pensaba observarlo en silencio, no me imaginaba introduciendo alguna conversación, no es que tenga baja autoestima, estoy consciente de mis atributos, de mi metro setenta de estatura, contextura delgada pero no al borde de la inanición; ojos color miel (o al menos eso creo, nunca logro dar con el color correcto), piel blanca con el toque exacto de color, cabellera castaña que cae en ondas por mi espalda, con vestigios del tinte rojo que decidí usar hace unos meses tras una ruptura amorosa antes de mudarme aqui.
Mi plan iba del todo bien hasta que mi teléfono móvil hizo aparición con el estruendoso sonido de Castle de Halsey.
—¿Qué sucede Alice? —contesté algo molesta al ser interrumpida por mi amiga.
—Stephen acaba de llamar a reunión, Celine. Debes venir de inmediato. —Hice un mohín, no quería irme y perder la oportunidad de escuchar la seductora voz de este espécimen, que día a día venía a este café por su dosis diaria.
—¿Y por qué Stephen llamaría a una reunión un viernes a las cuatro de la tarde? —me quejé suspirando.
—No lo sé, amiga. Sólo nos ha pedido que estemos todos en la sala de juntas en quince minutos y eso fue hace cinco minutos. —Observo el reloj meditando la posibilidad de ser escuchada por el universo y contar con tiempo suficiente para comprar mi café y escuchar al modelo de ojos celestes.
—Alice necesito un café. Y cuando digo café me refiero al café real y no a esa basura que tienen en la oficina, que parece alquitrán y sabe aún peor.
Restan todavía cinco personas antes de que pueda pasar. No cuento con el tiempo suficiente, siempre se hace fila para entrar al elevador y nosotros estamos en el último piso, en el penthouse. No puede ser peor mi suerte.
—Celine con el humor de perros que trae Stephen no creo que sea una buena idea desafiarlo —mi amiga trata de hacerme razonar pero yo sólo puedo pensar en ese modelo frente a mí—. Necesitamos esa tarde libre ¿recuerdas? —y claro que lo recuerdo. Queremos ir a ese concierto pero para llegar a tiempo debemos salir a más tardar a las dos.
—Rayos... —he estado a punto de decir otra palabra pero he recordado que estoy frente a este adonis y no quiero arruinarlo antes de empezar—. Voy subiendo. —Me giro y salgo del lugar porque no tengo otra opción, el deber llama. Estoy a punto de entrar al edificio que en este momento detesto cuando escucho una voz grave que me llama.
—¡Espera! —grita de nuevo y yo me giro para saber de quién se trata.
Todo mi mundo se paralizó al ver a ese sensual hombre caminar hasta mí con dos vasos de café. Mi vista no se aparta de sus ojos porque son tan magnéticos que es imposible no mirarlo como se aproxima.
—Creía que no lo lograría. —Sonríe mientras respira pesadamente tratando de regular su respiración. Está agitado y yo solo puedo pensar en lo bien que debe verse ese pecho desnudo cubierto de sudor.
—¿Lograr qué? —continúo mirándolo como si fuera comestible y su sonrisa se ensancha aún más.
—Traer tu café y conocerte. —Me ofrece uno de los envases y yo lo recibo confundida—. Mi nombre es Vincent.
—Estabas justo frente a mí ¿cómo lo hiciste tan rápido? —No es en realidad lo que me gustaría preguntar de primera mano, pero no puedo preguntar si acaso acude a ese café por el mismo motivo que yo, si el anhelo por verme cada tarde es como el mío mientras aguardo que se hagan las cuatro. Así que lo que puedo preguntar para no espantarlo, es cómo demonios hizo para pasar por encima de toda esa gente sin ser apedreado por estresados neoyorkinos.
—Conozco al encargado. Escuché lo mucho que necesitabas ese café y me pareció injusto que tuvieras que prescindir de él por el llamado del deber. —Ha hecho que cumplir con mi trabajo suene tan imprescindible, cuando por mi, lo dejo sin chistar si me ofrece tomar el café juntos, no me importaría escuchar el sermón de Stephen ni verlo apretar esa pelota de goma que parece más bien una máquina generadora de estrés que lo contrario, nunca parece relajado después de apretarla en su mano. Regreso a ese momento y Vincent sigue sonriendo y yo no digo nada. Me toma unos segundos salir de mi aletargamiento.
—Gracias. Si llevo algo de prisa. —Me muerdo el labio con pesar porque deseo quedarme a hablar con él en lugar de subir a esa estúpida junta de esa estúpida revista—. Mi nombre es Celine.
—No deseo retrasarte ahora. Pero te he visto varias veces en ese café. —Casi me desmayo al escucharlo. Acaso oí bien lo que salió de sus labios. ¿Me ha visto varias veces? He perdido el habla porque no puedo creerlo. Yo acabo de verlo y prácticamente lo seguí al local para enterarme que este hombre me ha visto durante un tiempo—. Y pensé que era hora de invitarte a salir.
—¿Salir? —parezco una tonta en este momento, normalmente no actuó de esta forma y esto es porque no todos los días un modelo de revista me invita a salir.
—Sí, eso he dicho. —Sus ojos me escrutan y yo reprimo un suspiro.
—Me encantaría.
—¿Puedes darme tu número? —Saca su Iphone y anota el número que le dicto. Después de eso me toma una fotografía y me sorprendo al comprobar que pese a la sorpresa ha salido mi mejor perfil.
—Te llamaré esta noche. —Se adelanta y deja un suave beso en una de mis mejillas para después dar media vuelta, cruzar la calle y perderse dentro del edificio en el que trabaja. Yo no sé cuánto tiempo me quedo viéndolo suspirando por la llamada que aún no he tenido. Mi móvil suena de nuevo y yo contesto sin ver el número esperando que sea él.
—¿Si? —respondo con voz temblorosa.
—¿Dónde demonios estás? —mi amiga me grita y yo recuerdo que se supone debo estar en otro lugar. El ascensor se está cerrando y consigo detenerlo a tiempo.
—Voy subiendo —murmuro antes de colgar, evitando escuchar el sermón que estaba por venir.
¿El tema de la reunión? Se agregaría un nuevo artículo para la revista del lunes lo que significaba trabajar un sábado para conseguir sacar adelante el número de la semana. Pero, nada más importaba que la llamada que me esperaba esa noche.
Llegué a mi apartamento, uno que compartía con Alice, mi mejor amiga, nos conocimos en la universidad en Boston y al descubrir que ambas soñábamos con vivir en La Gran Manzana, resultó más que evidente cuáles serían nuestros siguientes pasos.
Al entrar la veo sentada en el sofá de la sala, trabajando desde su laptop (son los beneficios de trabajar freelance, puedes hacerlo desde cualquier parte del mundo. A diferencia de mi, ella optó por los artículos de política nacional e internacional). Me siento a su lado esperando que termine el párrafo que está escribiendo. Al terminar me mira a través de sus anteojos al estilo aviador y enarcando una ceja, no es necesario que me diga algo para contarle lo que hace unas horas acaba de pasarme. Con una sonrisa tatuada en el rostro le conté acerca de mi nuevo amor y ella pide todos los detalles.
Me lleva al menos media hora hablar de cada segundo que duró nuestra conversación.
Salgo del baño luego de una ducha reparadora y el teléfono comienza a sonar. La posibilidad de que sea él hace que corra hasta la cama donde mi móvil sigue en mi bolso, me enredo con la alfombra y acabo de bruces antes de que pueda llegar a la cama. El sonido se detiene y con premura alcanzo el teléfono para ver el registro de llamadas. Figura un número desconocido y me gustaría haber hecho lo mismo que él y guardarme su número. Suspiro tendiéndome en la cama resignada y el teléfono vuelve a sonar.
—¿Hola? —mi voz es apenas un murmullo y maldigo mentalmente, no es el tipo de impresión que quiero causar.
—¿Celine? —su voz suena igual que en persona, grave y seductora—. ¿Te he despertado?
—No, no. Sólo salía de la ducha y me tomaste desprevenida.
—Si quieres puedo llamar más tarde.
—¡No! —prácticamente grito y la línea se queda en silencio unos segundos—. Quiero decir que no hace falta que cuelgues. No pensé que llamarías hoy.
—Te dije que llamaría. Soy un hombre que cumple su palabra, Celine. Con el tiempo lo comprobarás.
Con el tiempo lo comprobarás, eso es lo que ha dicho. Mi cabeza comienza a dar vueltas ¿Acaso se refiere a que serán varias citas? ¿Estará pensando en pedirme que sea su novia? No puede soltar algo así y esperar que no piense en ello.
Y a pesar de todos los pensamientos que me inundan mientras hablamos, no es suficiente para pasar por alto lo más importante, como lo prometió, me llamó esa noche.
Hablamos durante horas, sobre su trabajo en la Revista Finance, el cual consistía en hacer entendible todo lo inentendible acerca de inversiones de la bolsa, caída de acciones, tips financieros y demás. Poco hablamos de mi trabajo en Eternity porque yo sólo quería escucharlo hablar, después de tantos días esperando por este momento, no quería decir algo que pudiera arruinarlo. No tengo la menor idea de la hora que marcaba el reloj cuando terminamos de hablar, sólo sé que fue hasta que el sueño era demasiado pesado para soportarlo.
—¿Así que hoy lo verás? —Alice me mira divertida mientras compruebo por tercera vez mi maquillaje. Vincent quería salir ayer, pero no pudo ser, porque Stephen nos obligó a trabajar un sábado. Así que aquí estaba lista para mi salida un domingo.
—Eso creo ¿Cuánto tiempo me queda? —Temo llegar tarde y que piense que lo dejé plantado. Ni en mis mejores sueños creí que tendría una oportunidad cuando lo seguí a ese café, así que debía aprovechar esta oportunidad que me había dado el destino, después de tanto insistir.
Mi móvil suena y eso me dice que Vincent ya está aquí. Siento que hiperventilo, me da miedo que todo sea demasiado bueno para ser cierto y este cuento termine convirtiéndose en uno de terror.
—Luces preciosa. —Deja un beso en mi mejilla al llegar abajo y se separa con la lentitud suficiente para poder detallar sus provocativos labios.
—Gracias —digo casi en un murmullo y no me reconozco. La timidez nunca ha sido uno de mis rasgos característicos.
—¿Lista para la cita que debimos tener hace meses?
—Si.—este Si, si ha salido con total seguridad, de eso no tengo la menor duda.
Tomamos un taxi en dirección al café donde nos conocimos o casi lo hicimos. Vincent creía que era el lugar perfecto para iniciar nuestra historia y yo no pude concordar más sobre el tema, después de todo es lo que ocurre en toda buena historia de amor.
—Buena elección —sonrío cuando tomamos asiento en una de las mesas más alejadas.
—Estuve observándote durante dos meses cuando venías a pedir tu cappuccino cargado con extra de espuma y dos cucharadas de azúcar —enseña dos dedos y yo me sonrojo. Aún no logro creer que ambos estuviésemos esperando que el otro diera alguna señal para poder acercarnos.
—¿Cómo sabes lo que ordeno siempre?
—Ser amigo del encargado tiene sus beneficios. —Descansa su peso sobre los codos inclinándose hacia mí en la mesa. Sus ojos son tan cristalinos que podría perderme en ellos con facilidad.
—Eso es un poco acosador. —el arrepentimiento surca su rostro pero estiro mi mano para sostener la suya sin perder de vista sus ojos. —Me gusta. —Sería hipócrita si dijera lo contrario cuando yo estuve haciendo exactamente lo mismo, aunque no fuese lo suficiente valiente para admitirlo frente a él.
—Entonces somos dos —sonríe con timidez confesando algo que aún ninguno está listo para aclarar así que lo dejamos pasar, porque todo lo que importa es que estamos finalmente juntos.
—¿Y qué hay de interesante en trabajar en una revista de negocios? —descanso mi espalda en el respaldo de la silla porque su cercanía me hipnotiza y no quiero caer tan rápido. Sé que ya lo hemos hablado por teléfono pero es distinto que verlo mientras lo hace.
—Bolsa de valores, precios de mercado, acciones que suben y bajan. Creo que pocas personas lo catalogarían como interesante. —Se sonríe pero es una sonrisa diferente, algo apenado quizás. Aunque no sé qué puede apenar a un hombre como este.
—No me importa si a otros no les resulta interesante. Me importa lo que tu piensas.
—¿Y qué hay de interesante en trabajar en una revista de salud femenina? —centra la atención en mí y yo me muerdo el labio nerviosa, acto que no le pasa desapercibido.
—Soy la redactora de moda y tendencias. ¿Qué puedo decir? Me gusta la ropa —río y siento que he sonado como toda una frívola pero él se ríe divertido y me hace sentir mejor. Su risa es el sonido más hermoso que había escuchado.
—¿Eres feliz ahí?
—Por el momento lo soy.
—Entonces es todo lo que importa. —Sujeta mi mano trazando círculos sobre mi muñeca y yo suelto un suspiro, sentir sus dedos sobre mi piel hacen que una placentera sensación me recorra entera.
Comimos entre anécdotas y recuerdos. Vincent era el mayor de dos hermanos. Estudió Economía y después hizo la carrera de periodismo. A sus treinta años era uno de los columnistas más reconocidos en la ciudad en cuanto a negocios y la bolsa se trataba. Yo era de las pocas ajenas a ello, dado que esa revista no estaba en mi lista de compras semanal.
Me abrió la puerta al salir del café y tomó mi mano mientras dimos una caminata al tiempo que el sol comenzaba a ponerse en el firmamento. Estuve esperando ansiosa el momento en el que posaría sus labios sobre los míos. Al llegar a la plaza mis esperanzas se mantenían pero el tiempo transcurría alimentando a las palomas y lo único que obtenía era el roce de sus dedos sobre mi piel, junto con esa mirada que era capaz de quitarme el habla y a veces también la respiración.
—Una de las mejores tardes de mi vida —confesó al detenernos frente al edificio donde yo vivía.
—Sí, la he pasado muy bien —suspiré implorando que me besara de una buena vez.
—Casi perfecto… Sólo ha faltado una cosa. —Levantó su dedo índice con una sonrisa ladina.
—¿Y qué ha sido eso? —avanzó hacia mí hasta quedar a sólo un paso de distancia. Su cercanía permitía que sintiera el aroma de su perfume, que era la combinación perfecta con esos ojos y el aspecto de modelo de revista.
—La certeza de que habrá una segunda vez —se inclinó rozando mis labios con delicadeza, pasaron largos segundos hasta que decidió dejar de torturarme y sus labios descansaron sobre los míos. Su beso fue tierno, suave, respetuoso y duró menos de lo que ansiaba. Quería más de él, quería todo de él, pero no lo tendría esa noche.
—No te pierdas. —Acarició mi rostro enrollando uno de mis mechones en sus dedos.
—No lo haré —sonreí sintiéndome la chica más afortunada de este mundo
Él se mantuvo ahí sobre la calzada esperando a que subiera. Mi corazón palpitaba fuerte, ¿conocen esa forma en la que la acompaña un presentimiento, una certeza que atraviesa cada célula de tu cuerpo? Bueno, así latía mi corazón, convencido de que quizás, sólo quizás, había encontrado a mi jodido príncipe azul.