Toda la semana tuve la dicha de ser esperada al salir del trabajo. No hubo un solo día en el que no lo encontrara frente al edificio con su mirada de ensueño y su sonrisa perfecta como salida de propaganda de dentífrico. Nunca antes había experimentado algo como eso. Estuve en varias relaciones buscando esto que al parecer ahora podría tener.
—Espero que tengas el día de mañana libre —anunció el viernes por la tarde mientras íbamos en el taxi camino a mi apartamento, para tener una cena tranquila en casa.
—Hasta ahora sí.
—Quiero llevarte a un lugar.
—¿A dónde? —Me enderecé mirándolo confusa.
—Un amigo tiene un bote. ¿Recuerdas que te dije que me gustaba pescar? —Niego con la cabeza porque tengo memorizadas todas nuestras conversaciones y no recuerdo que lo haya mencionado—. Bueno, el punto es que me gusta —se ríe y me sujeta de la mano— y quiero compartir esa parte de mi vida contigo. En realidad quiero compartirlo todo contigo —esas palabras, esas perfectas palabras que toda chica quiere escuchar ¿Cómo evitar sentir lo que sentía? ¿Cómo decirle a mi corazón que no latiera desbocado ante semejante confesión?
—Me encantaría. —Sonrío y me acerco besando sus suaves labios. Lo deseo, lo deseo con locura pero aún no hemos llegado a esa parte, porque él es demasiado paciente y yo trato de actuar como una dama. Pueden hacerse una idea de cuánto me está costando eso, pero yo por estar con él hasta sigo las acciones de Ariel, mi cola por un par de pies que me permitan caminar a su lado, ir a dónde quiera que vaya. Después de todo ¿no se trata de eso las historias de amor?
—¡Ya llegamos! —aviso a Liz al poner un pie en el apartamento, no quiero encontrarme con una Alice bailando desnuda en el centro de la sala. No lo digo por decir, no me crean exagerada, a las pruebas me remito, ya sucedió una vez, la otra la encontré teniendo sexo en el sillón con nuestro profesor de pilates.
—¡Ya voy!
Una puerta se abrió dejándonos escuchar los pasos que se aproximaban en nuestra dirección. Asomó su rubia cabeza antes de salir al pasillo que daba a nuestras habitaciones y separaba la pequeña cocina de la sala.
—Así que tú eres el famoso príncipe Eric —fue el saludo de mi amiga quien se acercó y sin previo aviso dejo un beso en cada una de sus mejillas con la intención clara de ponerlo incómodo.
—¿El Príncipe Eric? —La observa desconcertado girándose para repetir la pregunta— ¿Príncipe Eric?
—¿Acaso no te has visto la Sirenita? —preguntó Liz apoyando los codos sobre la pequeña barra de la cocina que usábamos para desayunar, junto a ella se encontraban tres taburetes de madera que Liz compró en una ventana de garaje.
—¿La Sirenita? —negó con la cabeza con la misma expresión de desconcierto.
—La de la cola. Su padre era el Rey Tritón —Vincent volvió a negar con la cabeza— ¿El cangrejo Sebastián? ¿Su mejor amigo Flounder? ¿Nada?
—Creo que la escuché mencionar, pero no la he visto. Lo siento.
—No hay problema —sonrió ella— Tienes suerte de no saber de lo que hablo —murmuró.
—¿Qué dijiste?
—Que es mejor que comencemos a cocinar porque muero de hambre —Liz se alejó mordiendo su labio para contener soltar una carcajada. La conocía como si fuese mi hermana.
—¿Alguien quiere una cerveza? —intervine antes de que mi amiga soltara otra de las suyas del Príncipe Eric y Vincent saliera huyendo del apartamento. Esperaba que por el resto de la noche Liz se comportara porque lo que sentía por Eric era real y esperaba que no se acabara jamás.
Contrario a todas mis expectativas, Liz pareció darle una oportunidad a Vincent y a él pareció agradarle Liz. Cenamos entre risas. Liz finalmente lo conoció esa noche, no pude ocultarlo durante más tiempo. Más tarde me dijo que pese a sus bromas respecto al príncipe Eric y La Sirenita, a ella le encantó de inmediato. ¿Cómo no le agradaría? Era casi imposible con esa sonrisa y esos hoyuelos se metía en el bolsillo hasta el Papa. Él quedó en pasar temprano por mí para ir a pescar a mar abierto, yo estaba emocionada, nunca tuve una cita de ensueño como esa ¿qué más podía pedir?
¿Saben ese hoyo en el estómago que sientes cuando estás por presentar una prueba para la que no has estudiado? ¿Esa ansiedad? Eso era lo que sentía mientras esperaba su llamada. No fui capaz de probar bocado a pesar de la insistencia de Liz. Cuando el teléfono sonó dejando ver un mensaje suyo ese agujero aumentó.
Vincent:
Espero tuvieras una hermosa noche y que estés lista para el mejor día de tu vida, que comienza en este momento. Te estoy esperando abajo.
Demoro un par de segundos en reaccionar. ¿Acaso sería este el cuento de hadas que estuve esperando después de besar tantos príncipes que se convirtieron en sapos? Quizás piensas que me he equivocado y he dicho la frase al revés, no es así. En mi caso no hay sapos que se volvieron príncipes, sino príncipes que se convirtieron en sapos o tal vez siempre lo fueron sólo que fingían ser algo diferente. Ya estoy desvariando, regresemos a Eric y yo, quise decir a Vincent y yo.
Al bajar mi príncipe me espera en nuestro carruaje. Su auto había sido entregado del concesionario y yo estaba más que sorprendida por el lujo que destilaba. Pero él no era derrochador, era humilde y nunca me hubiese imaginado la cantidad de dinero que ganaba en la revista, no lo supe hasta ver el Bmw frente a mi.
—Permítame, bella dama. —Abre la puerta para mí depositando un beso en mis labios antes de cerrar la puerta—. Luces hermosa, como siempre. —Sonrió y yo le devolví una sonrisa, aunque la mía debía hacer juego con mi mirada de tonta derretida por él; esperaba que no se diera cuenta.
Me tomé unos minutos para recomponerme mientras Vincent bordeaba el auto y tomaba su lugar frente al volante.
—Tengo muchas ganas de compartir esto contigo. Estoy seguro que te va a encantar.
—Yo también estoy entusiasmada.
Llegamos al puerto y un pequeño bote nos esperaba, sólo seríamos él y yo durante todo el día en mitad del océano. El escenario perfecto para estar juntos por primera vez, sólo esperaba que lo deseara al igual que yo.
Sujeta mi mano y me ayuda a subir como todo un caballero, y se aseguró que hiciera uso de uno de los llamativos salvavidas que colgaban en el interior de la cabina. Lo dejo cuidar de mi porque no podía negarle nada a esa mirada y a esa sonrisa.
Nunca navegué a mar abierto, era una experiencia totalmente nueva para mi. Vincent se ve muy concentrado al momento de levantar el ancla y encender los motores, con la camisa blanca ondeando con el mar travieso que parece querer desvestirlo casi en la misma medida que yo.
A medida que nos alejamos de la costa Vincent parece estar en su elemento, con una energía juvenil y ese brillo en los ojos que ves en la mirada de un niño al entusiasmarse por algo. Cuando se detuvo pude ver esa brillante sonrisa que lo hacía lucir más joven de lo que era. Aun cuando es siete años mayor que yo, no me siento fuera de lugar. Se que somos diferentes, sin embargo, por algo dicen eso de que los polos se atraen. Y si Ariel y el príncipe Eric vencieron la barrera de mujer pez y humano, nosotros podríamos con estas nimiedades.
—¿Eres feliz? —pregunto al sacar las cañas de pescar mientras ponía las carnadas.
—Lo soy porque estás aquí conmigo. —Me da un casto beso y regresa a su trabajo con las carnadas.
Aquella respuesta es más que suficiente, es la frase que toda chica quiere escuchar. No me importa que me llamen ingenua, sentimental o romántica empedernida, la verdad es que creo en el amor y desde muy pequeña sueño con tener una de esas historias de cuento con un final feliz, tal vez Vincent es lo que estuve esperando. ¿También lo piensan así? Probablemente no, eso se debe a que no han conocido a alguien como él.
¿La cuestión de la pesca? Quizás dije un par de mentiritas blancas, nunca entendí lo que les gustaba de atraer a un animal con una carnada, para clavarle un anzuelo y mientras lucha por su vida sacarlo de su elemento para asesinarlo y ponerlo en tu plato. No me malinterpreten, no soy vegetariana, pero no me gusta ponerle un rostro a lo que me estoy comiendo, ni matar a un animal para comerlo. Es por eso que no me gusta pescar, además del insoportable olor a pescado. No obstante, aquí estoy en medio del mar a punto de pescar. En ese momento me doy cuenta que haría cualquier cosa por ver esa sonrisa en su rostro, incluso hacer aquello que en incontables ocasiones me rehusé a realizar cuando mis amigos de la universidad insistían y esa será mi perdición..
A pesar de los c*******s en la heladera del yate, es la mejor cita de mi vida, Vincent cocina para los dos los peces que pescamos, bueno que él pescó porque yo dejé ir a los dos que picaron la carnada de mi caña, no fui capaz de sacarlos, no quería su sangre en mis manos ni su muerte en mi consciencia. Ya sé que soy hipócrita porque lo he dejado en manos de Vincent quien ahora prepara una suculenta comida en la pequeña cocina de ese yate junto con algunas verduras asadas y una simple ensalada. Al terminar descorcha una botella de vino blanco y siento que estoy en las nubes.
La manera en la que él me mira, como si fuese la mujer más hermosa del mundo es de las cosas que siempre quise. A su lado me siento segura pero también descubrí el lado tímido en mí, uno que desconocía. Es su presencia, esos pequeños actos como enrollar un mechón de mi cabello entre sus dedos o darme un masaje en los pies como lo hace ahora, después de tanto insistir al terminar nuestra comida.. Y aquí con el sol aún en lo alto, con el azul del mar a nuestro alrededor, sus ojos se ven más azules y me convenzo de que él es mi príncipe Eric.
Detengo el masaje que con mimo está haciéndome y lo sujeto de la camisa atrayéndolo hasta mí, mi reacción lo toma por sorpresa. Aprovecho el momento y lo beso sin reparos, recorriendo la piel bajo su ropa y siento que mi tacto eriza su piel. Lo deseo, quiero sentirlo por completo dentro de mí. Siento su excitación que quiere salir de sus pantalones y en ese momento Vincent se separa de mí.
—¿Qué sucede? —su cabello siempre perfecto ahora está desordenado dándole un aspecto feroz y demasiado erótico que no hace mas que acrecentar el fuego en mi interior.
—No quiero que sientas que te estoy presionando. Que hice todo esto para obtener solo sexo de ti.
No puedo creer que lo esté diciendo, en ningún momento ha pasado semejante cosa por mi mente; he sido yo quien desde el principio se lo imagino sin ropa. Tomo un par de respiraciones para regular mi ritmo cardiaco y poner hilvanar pensamientos coherentes para responder.
—Estamos en medio de la nada, en un yate, con el sol en lo alto como una postal. Es el lugar más romántico en el que he estado y quiero aprovecharlo a tu lado. —Él no luce muy convencido de mis palabras y yo comienzo a deshacerme de mi vestido de rayas blancas y azules—. Nunca pensaría tal cosa de ti. No cuando fui yo quien desde el principio pensó en violarte. —Muerdo mi labio desnudándolo con la mirada. Mi comentario le arranca una sonrisa y es todo lo que necesitamos para perdernos en el deseo que a ambos nos estaba consumiendo.