Prisionera de la Bestia

1911 Palabras
Han pasado dos horas desde que estamos aquí encerrados, porque he aceptado que en parte fue mi responsabilidad, él me dio oportunidad de irme pero con lo terca que soy todo lo que quería era desafiarle, después de tanto resistirme y de que el silencio amenazara con hacerme perder la poca cordura que me queda, me resigno a que tendré que hallar la forma de que el tiempo transcurra lo más rápido posible y eso sólo pasara si comienzo a hablar con él. —Así que eres una especie de príncipe vanidosoompecorazones/niño caprichoso de papi. —Te faltó modelo de ropa interior/actor de videos caseros para adultos/coleccionista de rosas. —¿Coleccionista de rosas? —aquello me toma por sopresa, no parece ese tipo de hombre. —Te hablo de videos caseros y modelo de ropa interior pero todo lo que te interesan son las rosas —se ríe con incredulidad—. Eres muy extraña. —Lo dice quién se escondió en un baño para evitar una fiesta y secuestró a una chica con él. —Touché. —¿Y tú en qué trabajas? —¿En qué trabajo? —no puedo creer que esté tratando de tener una conversación adulta. —Si, en qué trabajas, porque de alguna forma tienes que ganarte la vida. A menos que seas una de esas influencers que se ganan la vida asistiendo a estos eventos para postear una foto —explica con cierto deje de repulsión en su voz que no intenta disimular el desprecio que siente hacia ese tipo de personas. —No. Soy escritora en una revista para mujeres, la revista Vitale. —La conozco, una vez salí en la portada con una novela reconocida aunque con pésimo temperamento. ¿Cómo se llamaba? ¿Marian? ¿Laurel?... —comienza a cavilar buscando el nombre de aquella modelo que estoy segura no recordará. —¿Qué hay de ti? —le interrumpo— ¿Cómo te ganas la vida? o ¿sólo te dedicas a gastarte la fortuna de tus padres? —Podría decirse, dado que mis padres fallecieron cuando tenía dieciséis. Me arrepiento de inmediato por mi comentario. Me siento como la peor persona de este mundo, si le prestara más atención a Alice cuando habla estoy segura que conocería toda su historia. —Lo lamento. No lo sabía… —Está bien, eso fue hace mucho tiempo. Además, es refrescante que no sepas cada detalle de mi vida como la mayoría de las mujeres que conozco —suelta un pequeño suspiro que suena más como el resultado de una pequeña sonrisa que surge cuando algo te hace gracia. —La verdad no me interesa la vida de las celebridades, suficiente tengo con la mía. Me gusta la moda y nada más. —¿Y qué más te gusta? o ¿Acaso eres de esas mujeres cuya vida gira en torno a su trabajo y nada más que su trabajo? —Me gustan otras cosas. Suelo salir con mis amigas a conocer nuevos lugares. Nos gusta ir a desayunar bagels y capuccino sentadas en Central Park. Me encanta visitar librerías para ver los nuevos libros que han llegado y nunca me voy de ahí sin un libro en las manos. El olor a libro nuevo es uno de mis favoritos. —¿Y cuáles son esos otros? —pregunta él. —¿Por qué quieres saberlo? —Porque estamos encerrados aquí y quiero hacer conversación —resopla—. Es como una conversación funciona, si no sería un monólogo, de esos conozco bastante. —Está bien. No quiero que creas que porque tenemos esta conversación de pronto hayas comenzado a agradarme y esté olvidando el hecho de que me secuestraste. —Tú decidiste… —se interrumpe y le escucho respirar profundo— ¿Podrías continuar con la conversación? Me estabas contando acerca de tus olores favoritos. —Mis olores favoritos —proseguí después de unos minutos en silencio—, podría decir que es el de libro nuevo, chocolate caliente, pan recién horneado y el olor de las rosas. —Esos son muchos. Si tuvieras que escoger uno sólo. ¿Cuál de estos sería? —Rosas. Sin lugar a dudas el aroma a rosas. Y así antes de darme cuenta le estoy contando prácticamente toda mi vida a mi captor y yo todo lo que sé acerca de él, además de lo de sus padres, es lo que leí en algún momento en una revista o en internet, que no recuerdo muy bien. ¿Se imaginan estar en esa situación? Sé que debería seguir pateando la puerta o aplicarle la ley del hielo, pero hablando con él, parece una persona y no puedo dejarlo a un lado, aún cuando sea una Bestia. Mi estómago gruñe e interrumpe nuestra conversación acerca del último libro que hemos leído. Yo le comentaba que había acabado Dr. Jekyll y Mr Hyde cuando mi estómago decidió ser estruendoso. Es de las cosas más vergonzosas que me han ocurrido frente a un chico, pero no es que esto sea una cita. De seguro ya estuvieron en esta situación antes, ya somos dos. —¿Ha sido ese tu estómago? —pregunta horrorizado aunque pude notar cierto tono de burla. —Sí. Tengo hambre. Ya es media noche y aún no he cenado —me quejo enfurruñándome como una pequeña porque no me ha gustado nada el tono que ha usado—. Se supone que cenaría antes de ver a mis amigas, pero ¿qué sucedió? —pregunto con sarcasmo— Ah, ya recuerdo. ¡Una bestia decidió secuestrarme! Así que si, es mi estómago porque muero de hambre. Él no dice nada. Escucho que se levanta del sillón y le sigue el sonido de la puerta abriéndose, no demora mucho hasta que escucho de nuevo unos pasos. Cierra la puerta, pone pestillo y lo siguiente que oigo es que quitan el sofá que mantenía sujeta la puerta del baño. Me levanto de golpe porque no dice ni una palabra así que no sé con quién me consiga. La puerta se abre con lentitud y entonces lo veo sosteniendo en ambas manos dos platos con aperitivos. Lo miro boquiabierta y él solo se encoge de hombros. —¿No te preocupa que salga corriendo y llame a seguridad? —Llámame iluso —se le escapa una sonrisa y me doy cuenta de lo guapo que es cuando deja de lado esa expresión amarga. Deja uno de los platos en el sillón que sostenía la puerta evitando que escapara y el toma asiento en el que se encuentra junto a la puerta de salida, dejando claro que me está otorgando cierta libertad, sólo eso. No planea que ninguno de los dos abandone este lugar en unas horas. Yo tomo uno de los rolls de sushi y cierro los ojos disfrutando del delicioso sabor del salmón con el arroz y las algas. Además, me muero de hambre, eso tal vez sea el principal factor para que me sepa a manjar de dioses. Abro los ojos y él le está dando vueltas a su roll con cara de pocos amigos, lo lleva a su boca y apenas lo mastica, tragándolo con los ojos cerrados. —¿No te gusta? —pregunto ahogando una risa. Para ser un príncipe vanidoso, le deberían encantar todo este tipo de platillos. —Lo odio —admite al abrir los ojos. Observo mi plato, hay un par más de rolls junto a unas mini tartas de cangrejo y del otro lado del plato hay unas mini hamburgesas junto a lo que parece una versión gourmet de nuggets de pollo, tal vez los han hecho para los niños que vi en la gala. Levanto la mirada mientras él pesca las hamburguesas y los nuggets soltando un sonido de placer mientras los mastica. Miro de nuevo mi plato y no puedo evitar caminar hacia él y hacer lo que voy a hacer. No me recriminen ¿Qué harían ustedes en mi lugar al verlo como un niño a quien le han puesto al frente un plato de vegetales? —¿Qué crees que haces? —abre los ojos de golpes y se pone de pie para hacer una barrera frente a la puerta. —Tranquilo. No voy a intentar salir. Sólo quiero que hagamos un intercambio —Levanto mi plato y él me observa con cierto recelo, no termina de fiarse de mis intenciones—. Ten —acerco mi plato y empujo con cuidado mis mini hamburguesas y nuggets en su plato. —Él observa el plato como si no pudiera creerse que hiciera tal cosa. Levanta la mirada escrutándome unos instantes. —¿Por qué? Después de todo lo que hice… —Digamos que a veces puedo ser amable —me encojo de hombros porque no tengo la menor idea de la razón por la que lo hago. —Gracias. —acerca su plato y deja los rolls y las tartas en mi plato. Yo asiento y regreso a mi lugar para no forzar las cosas. Ninguno debe olvidar su papel en esto. Él es el secuestrador y yo la secuestrada. Sin embargo, esas líneas se diluyen media hora más tarde cuando comenzamos a hablar de cosas superfluas, él se queja del clima en la ciudad, el terrible tráfico en Nueva York y los carteristas. Yo contrarresto sus quejas hablando de la maravillosa vida nocturna, Times Square en Navidad y Año Nuevo, así como la variedad gastronómica que puedes encontrar en la ciudad. Después es mi turno de quejarme de Los Angeles con sus excesivos bronceados, ,a frivolidad de Hollywood y el exceso de cirugías plásticas. Él intenta rebatir pero al final termina apoyándome, odia las mismas cosas que yo de la soleada ciudad. Continuamos hablando mucho tiempo más, acerca de distintos temas, algunos superfluos, sin sentido pero al mismo tiempo importantes, porque su punto de vista de cada una de ellas me dejaba ver un poco más de él. —Ya todos se han ido.. —murmuro al dejar de escuchar la música y los pasos recorriendo el salón. —Eso parece —su expresión me confunde, no luce contento de poder marcharse de aquí y seguir con su vida. Lo que más me confunde, es que al parecer yo tampoco lo estoy. ¿Acaso perdí por completo la cabeza en estas horas? ¿Ustedes lo creen así? —¿Qué hora es? —era una pregunta estúpida porque tenía mi móvil en mi bolsa, sin embargo sentí una necesidad de seguir alargando lo inevitable. —Casi las cuatro. —Hace una mueca al mirar la hora en su reloj. —Es tiempo de salir. —Me pongo de pie y me acerco a la puerta donde se encuentra sentado impidiéndome el paso. Pensé que me detendría, una parte de mi quiere que lo haga, pero no lo hace; se pone de pie, empuja el mueble a un lado y abre la puerta sosteniéndola para que salga, dudo unos momentos y al ver que no se mueve, me marcho lo más rápido que puedo sin mirar a atrás. Tengo la certeza que esta fue la única vez que lo veré. Que todo lo que sucedió estas últimas horas, la cordialidad que me mostró y ese rastro de alguien bueno, no era más que una farsa. Después de todo era el príncipe vanidoso de Los Angeles y para mí era toda una bestia.
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