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Detrás de la Sonrisa

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Descripción

Desde afuera, sus vidas parecen perfectas. Valentina tiene las mejores fotos, las mejores notas, la familia que todos envidian. Simón es el que siempre hace reír, el que nunca falta a una fiesta. Camila mide su valor en corazones y comentarios. Iván, en cambio, ya casi no aparece, y nadie parece notarlo.

Ninguno sabe que el otro también está cayendo.

Cuando una tarde todo estalla al borde de un puente, los cuatro descubren que estaban librando, cada uno en silencio, la misma batalla. Lo que sigue no es un final: es apenas el comienzo de aprender a pedir ayuda, a sostenerse mutuamente, y a construir, entre cicatrices, algo parecido a una vida que vale la pena vivir.

Porque sanar no es una línea recta. Porque el amor real llega después de aprender a amarse a uno mismo. Porque una familia no siempre es la que se hereda, sino la que se elige. Y porque, diez años después, cuando la vida los reúne de nuevo, la pregunta ya no es cuánto perdieron, sino cuánto estuvieron a punto de no vivir.

Una novela de realismo urbano sobre la salud mental, el bullying, la adicción y el amor adolescente, que no idealiza el dolor, pero tampoco le tiene miedo a la esperanza.

Porque a veces salvar a alguien empieza por notar lo que no se dice.

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Episodio 1: La chica de la foto perfecta
Si alguien viera mi vida desde afuera, pensaría que no tengo ningún motivo para sentirme así. Y tiene razón. No lo tengo. Ese es el problema. —¡Valentina, ven, salgamos en la foto! —grita Camila desde el otro lado del patio, ya con el celular en alto, buscando el ángulo perfecto antes de que suene el timbre. Sonrío y camino hacia ella con ese paso que ya me sale natural, mostrando que aquí no pasa nada, aquí todo está bien. Me acomodo entre ella y Simón, que llega corriendo los últimos metros con la camisa medio afuera y ese chiste malo que siempre tiene listo para romper el hielo. —A la de tres nadie parpadea —dice Camila—, que esta va para la historia de hoy. Uno, dos, tres. Clic. Ella mira la foto antes que nosotros, la edita ahí mismo, sube un poco el brillo, baja un poco la saturación. En diez segundos ya está subida. En veinte, empiezan a caer los corazones. "Qué envidia su vida", comenta alguien. "Ustedes siempre tan felices", comenta otra. Leo los comentarios por encima del hombro de Camila y sonrío otra vez, porque es lo que se espera de mí. Nadie pregunta si es verdad. Nadie pregunta nada, en realidad. Solo miran la foto y deciden que ya lo saben todo. —Vale, ¿estás bien? Te quedaste como ida —dice Simón, empujándome suave con el hombro. —Sí, solo pensando en el examen de mañana —miento, y la mentira sale tan fácil que ni siquiera la siento como mentira. Detrás de él, casi pegado a la pared, veo a Iván. No dice nada. No se acerca al grupo. Está ahí, con los audífonos puestos, mirando el celular sin realmente mirarlo. El año pasado se sentaba con nosotros en el almuerzo. Ahora ni me acuerdo cuándo fue la última vez que lo escuché reírse de verdad. Nadie lo llama a la foto. Ni siquiera yo. Suena el timbre y el patio se vacía en manada. Simón se despide chocando el puño, Camila sigue mirando el celular mientras camina, contando los likes como quien cuenta monedas. Yo me quedo un segundo de más, mirando el lugar donde estaba Iván. Ya no está. · · · La clase de historia se me hace eterna. El tema no era aburrido, de hecho me gusta, me gusta saber que hace cien años otras personas también se sintieron perdidas y de alguna forma siguieron adelante. Pero, no logro concentrarme. Pienso en el examen de química de mañana, en que anoche estudié dos horas y aun así siento que no me va a alcanzar, en que si saco menos de un noventa mi papá va a preguntar qué pasó con esa cara que pone cuando algo no cuadra con lo que espera de mí. No es que grite. Nunca grita. Es peor: se queda callado, recalculando, para él soy un número que de repente no le da la cuenta. A la salida, Camila me alcanza corriendo. —Oye, ¿vamos a lo de Jero? Dicen que va a estar buenísimo. —No sé, tengo que ver. —Ay, ya, Vale, siempre tienes que ver. Un viernes no te va a matar. Me río, porque tiene razón y porque no tengo ganas de explicarle que "tener que ver" en realidad significa que necesito unas horas a solas antes de decidir si tengo la energía de sostener la sonrisa un rato más frente a gente que no conozco tan bien. En la casa, mi mamá me pregunta cómo estuvo el día apenas cruzo la puerta. Está en la cocina, con el teléfono pegado a la oreja, hablando de un cliente, moviendo ollas con la mano libre como si fuera una coreografía que ya se sabe de memoria. —Bien —le digo—. Normal. —Vi la foto que subió Camila. Se te ve hermosa, mi amor —dice, tapando el micrófono un segundo antes de volver a la llamada—. Espérame, ya te sirvo. Mi papá llega dos horas después, cuando ya casi es hora de dormir. Se sienta un rato en la sala, revisando el correo del trabajo en la tablet, y me pregunta, sin levantar mucho la vista, si ya estudié para el examen. —Sí, papá. —Bien. Esa nota de la vez pasada nos preocupó un poco, ¿sabes? Tú eres capaz de mucho más. No dice nada más. No hace falta. Ya sé exactamente cómo llenar ese silencio: con otra nota alta, con otra sonrisa, con otra versión mía que no le dé motivos para preocuparse. No es que mis papás no me quieran. Los dos trabajan hasta tarde, los dos están cansados, los dos hacen lo que pueden con el tiempo que les queda, y en las noches que sí alcanzan a preguntarme algo, de verdad quieren saber la respuesta. El problema es que nunca me preguntan lo correcto. Me preguntan si comí, si estudié, si necesito plata para algo del colegio. Nadie me ha preguntado, en meses, cómo me siento por dentro cuando apago la luz. Subo a mi cuarto antes de que la conversación pueda ir más lejos. No porque no quiera hablar con ellos. Es que no sabría por dónde empezar, y tampoco estoy segura de que quieran, en el fondo, escuchar la respuesta completa. A veces pienso que si un día les dijera la verdad completa, no sabrían qué hacer con ella. Que se asustarían tanto que terminaría siendo yo quien los consuele a ellos. Cierro la puerta. El silencio del cuarto es distinto al silencio de afuera. Afuera el silencio se llena de mensajes, de notificaciones, de gente. Acá adentro el silencio es solo mío, y por alguna razón, pesa más. Me siento en la cama y me quedo mirando el techo un rato largo. Pienso en la foto. En los corazones. En los comentarios. "Qué envidia su vida." Pienso en cuántas personas creen conocerme por una imagen de dos segundos, congelada en el ángulo perfecto, con la luz perfecta, con la sonrisa que ya sé hacer sin que me tiemble. Pienso en Iván, parado solo contra esa pared. Me subo la manga del suéter sin darme cuenta, un gesto tan automático que ya ni lo registro como decisión. La bajo enseguida, aunque no hay nadie mirando. Es una costumbre que se me quedó pegada, como un reflejo. Como si el cuerpo recordara esconder antes de que la mente termine de pensarlo. Abro el celular. Veo la foto otra vez. Cuento los likes, sin saber muy bien por qué lo hago, como si un número pudiera decirme algo que no sé de mí misma. Ciento doce. Ciento doce personas que creen que esa soy yo. Escribo un mensaje al chat familiar: "Buenas noches, los quiero." Mi mamá responde con un corazón a los cinco minutos. Mi papá no responde, seguramente ya se quedó dormido con la tablet en el pecho, como todas las noches. Dejo el teléfono en la cama, boca abajo, y me quedo mirando la pared. Nadie pregunta por lo que no se ve. Y yo me había vuelto muy buena en no dejar nada a la vista. Lo último que pienso antes de cerrar los ojos no es sobre el examen de mañana, ni sobre la foto, ni siquiera sobre mis papás. Es sobre Iván. Sobre esa forma en que se ha ido apagando, poquito a poquito, sin que nadie, ni yo, haya hecho nada más que notarlo desde lejos. Me prometo que mañana le voy a hablar. No sé todavía que mañana va a ser un día distinto a todos los que he tenido. No sé que esa promesa, tan simple, tan pequeña, va a terminar pesando más de lo que puedo imaginar esta noche, con la luz apagada y el techo mirándome de vuelta.

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