La vergüenza vuelve a surgir y, extrañamente, el malestar de Judith como cautiva de Bruce es el mío propio. Dejo el diario en el sofá y escudriño el regalo de Bruce a Judith. Siempre había pensado que Judith había comprado la casa. Ahora, por primera vez, comprendo su amor extremo por este lugar. Este era su escape, el lugar que Bruce le propuso, una muestra de su afecto. Lo que una vez pensé que era el refugio de Aiden y Judith de la ciudad, nunca lo volveré a ver igual. Afuera, los vientos cobran fuerza, gimiendo y gimiendo alrededor de paredes temblorosas. Las ventanas a prueba de tormentas se hunden y se hinchan más rápido que mi corazón. Despierta, sin ganas de dormir, me acurruco bajo la manta y me preparo para una larga noche. Los diarios de Judith son el único escape de la muerte

