Aitor No esperaba que Hilda me besara. Ni cuando nos conocimos, ni cuando llegamos aquí, ni mucho menos cuando salí del baño envuelto solo en una toalla. Claro que había notado lo sexy que era Hilda. Demonios, hasta había fantaseado con ella mientras estaba en la ducha. ¿Pero que ella me besara a mí? Ni de broma. Ambos veníamos de familias con dinero, pero eso no significaba que estuviéramos en la misma liga. De hecho, ella estaba tan fuera de mi alcance que, en otras circunstancias, nunca la habría mirado dos veces. No, eso era mentira. La habría mirado dos veces. Más de dos veces. Simplemente nunca le habría hablado, y mucho menos la habría tocado. Por mucho que lo deseara. Pero entonces me besó y —después de superar casi por completo la impresión— me costó todo mi autocontrol no r

