CAPÍTULO 2
Valeria retrocedió unos pasos e intentó contestarle a la mujer del espejo pero justo entró una compañera preguntándole si estaba bien.
—Sí... no es nada.
—El señor Aldana la está buscando.
Valeria volvió la vista al espejo y al ver que ahora solo se reflejaba ella, tomó unas servilletas para secarse las manos y asintió.
—Sí, ya voy. Gracias.
Cuando llegó a su escritorio tomó la tablet e ingresó a la oficina de su jefe.
—Me buscaba, señor.
Diego volteó, asintió y al ver su rostro pálido frunció el ceño.
—Sí... pero dígame. ¿Se encuentra bien?
—Sí, señor, no es nada. Solo un malestar estomacal.
—Comprendo. La mandé llamar porque quería terminar de afinar la propuesta final antes de enviarla a los arquitectos, pero si no se siente bien es mejor que vaya a descansar.
—Señor, estoy bien.
—Señorita Rivas. —Se recostó en el escritorio y la miró fijo—. Lleva trabajando para mí cuatro años.
—Cinco, señor.
—Cinco años. Y jamás la había visto en este estado. Si necesita un día de descanso me lo puede pedir. No soy un monstruo.
Levanté la vista y lo vi sentado en el escritorio, cruzado de brazos, mirándome de una forma que nunca antes había visto en él. De pronto la cabeza me dolió y como si fuera la escena de una película apareció en mi mente un recuerdo.
Flashback.
Un escenario. Luces rojas que hacían difícil distinguir los rostros. Música que se sentía en el pecho antes de escucharse.
Yo bajando despacio, con esa calma que no era la mía. Mi cuerpo dirigiéndose solo hacia su mesa.
Diego estaba con un trago en la mano. Cuando me vio su cara cambió por completo. Ese rostro inexpresivo que traía siempre a la oficina desapareció de golpe. Me miró con sorpresa, y después con algo más.
—¿Valeria?
Me senté en sus piernas y mientras movía mi cuerpo al compás de la música murmuré.
—Creo que me confundes con alguien más. Mi nombre es Estrella.
Abrí los ojos.
Diego me miraba con algo que se parecía a la preocupación, y cuando intentó acercarse yo hablé primero.
—Tiene razón, señor. No me siento bien. Tengo que irme.
—Espera. Puedo llevarte.
—No es necesario. Vivo a un par de calles de aquí.
—Lo sé. Aun así déjame llevarte. Quiero hablar de lo que pasó la otra noche.
Fue entonces cuando mi cara se encendió sola. Mis ojos buscaron en su expresión algo que me dijera que estaba equivocada, que lo que había visto en el pasillo del hospital había sido un juego de mi memoria. Pero no había nada de eso. Solo esa mirada quieta, directa, esperando. Lo que había visto en aquella sala no había sido un invento de mi cabeza. Por su expresión, era real. Y no estaba segura de querer averiguarlo.
La puerta se abrió de golpe.
—¿Tienes un momento? —Álex Santorino entró sin esperar respuesta, con esa costumbre suya de ocupar cualquier espacio como si le perteneciera de antes.
Diego no apartó la vista de mí de inmediato. Se tomó un segundo, como si quisiera terminar algo que había quedado a la mitad, y ese segundo me pesó de una forma que no esperaba.
—Estaba en una reunión, Álex.
—Ya veo. —Santorino me miró y en su cara apareció esa sonrisa suya que nunca terminaba de ser inocente del todo—. Señorita Rivas, ¿la interrumpo?
—Para nada, doctor Santorino. Yo ya me retiraba. —Tomé la tablet y di un paso hacia la puerta.
—Espera. —La voz de Diego fue baja pero directa—. Señorita Rivas.
Me detuve.
—Podemos hablar en otro momento, señor. En este momento no me siento bien. Con su permiso.
Salí sin mirarlo. Crucé mi escritorio, tomé el bolso, y caminé hacia el ascensor sin detenerme porque si me detenía iba a pensar, y si pensaba iba a darme cuenta de todo lo que todavía no entendía, y no estaba lista para eso todavía. Las puertas del ascensor se cerraron y cerré los ojos un segundo.
"Quiero hablar de lo que pasó la otra noche."
Eso significaba que había una noche entre los dos que no recordaba. Que no había sido solo el flash, no había sido solo mi cabeza armando cosas que no existían. Había una noche real entre nosotros y si ese recuerdo había sido real... ahora estaba más confundida que nunca.
Salí del edificio y caminé sin apuro hacia ningún lado en particular, hasta que de pronto alguien tomó mi brazo y al voltear lo vi allí él...
***
Álex esperó hasta escuchar el clic del ascensor y entonces se sentó en el escritorio con los brazos cruzados y la sonrisa todavía en la boca, pero diferente, más quieta.
—¿Qué está pasando con tu secretaria?
Diego no respondió de inmediato. Se sirvió un trago, lo miró un momento, y se lo tomó entero antes de contestar.
—Lo estoy asimilando todavía.
—¿Asimilando qué? —Santorino frunció el ceño—. Diego, ¿qué pasó?
Diego dejó el vaso sobre el escritorio y lo miró fijo.
—Creo que me acosté con mi secretaria.
Santorino abrió la boca. Se quedó así un segundo. Después la cerró.
—¿Cómo?
—Que creo que me acosté con mi secretaria.
—No me estés jodiendo. —Se levantó—. ¿Con la señora Mon—
—Cállate. —Diego levantó la mano—. No la llames así. Y no quiero volver a escucharte decirlo.
Santorino lo miró un momento sin hablar. La sonrisa había desaparecido del todo.
—Oye. —Su voz bajó un tono—. Llevamos años hablando de ella de esa manera, Diego. Años. Y ahora de repente me decís que no la llame así.
—Ella no es quien aparenta ser.
—¿Cómo que no es quien aparenta ser?
Diego no respondió de inmediato. Miró el vaso vacío, después miró la puerta, y cuando volvió a mirar a su amigo había algo en su expresión que Santorino no le había visto antes.
—Siéntate —dijo—. Esto es largo de explicar.