Capítulo 1
CAPÍTULO 1
El doctor seguía hablando pero yo había dejado de escucharlo en el momento en que dijo esa palabra, y cuando quise reaccionar ya estaba con el gel frío en el abdomen y la pantalla del ecógrafo frente a mí, y no quise mirar pero miré, y lo que vi fue un borrón gris con un punto blanco que parpadeaba como si no tuviera ningún apuro.
—Aproximadamente tres semanas —dijo—. Felicidades.
—Disculpe —dije, y mi propia voz me sonó rara—. ¿Puede repetir lo primero que me dijo?
—Señorita Rivas, está embarazada.
Las lágrimas llegaron solas. No porque fuera una buena noticia ni porque fuera una mala, sino porque yo había ido a ese consultorio porque me estaba quedando sin memoria, y estaba saliendo con algo para lo que no tenía ninguna explicación posible, porque no tenía pareja, y los últimos meses eran un mapa lleno de huecos que yo no sabía cómo llenar.
—¿Tiene alguien que pueda venir a buscarla?
—Estoy bien.
No estaba bien. Salí al pasillo con el papel en la mano y me apoyé contra la pared.
—Embarazada. ¿En qué momento pasó esto?
Y sin que lo esperara el recuerdo llegó. Sin aviso, sin que yo lo llamara.
Flashback.
Estaba en los brazos de un hombre. Su cuerpo pegado al mío, musculoso, cálido, moviéndose sobre mí con una seguridad que no dejaba espacio para pensar. Sus labios recorriendo mi abdomen, descendiendo despacio, con esa calma de quien sabe exactamente adónde va.
—Me vuelves loco, Estrella.
Y entonces lo sentí. Su boca hundiéndose entre mis piernas, el calor, el escalofrío, mi cuerpo respondiendo antes de que yo pudiera hacer nada. Mis manos aferrándose a las sábanas. Mi respiración rompiéndose en pedazos.
Volví en mí de golpe.
Esa voz. La conocía. La había escuchado cada día durante los últimos cinco años, en cada reunión, en cada mañana. Era imposible no reconocerla y era imposible que fuera real, porque Diego Aldana y yo no teníamos nada, no habíamos tenido nunca nada. Me estaba volviendo loca, lo sabía, pero ahora era una loca embarazada que no sabía de quién, y eso era un problema de una escala completamente diferente.
Doblé el papel. Lo guardé en el bolso. Y fui a trabajar.
***
Llegué a la oficina y Aldana salió de su despacho antes de que yo pudiera siquiera sentarme.
—Rivas, a las tres entra un inversionista nuevo. Quiero la sala lista y los números del proyecto Vantana sobre la mesa. Sin errores.
—Sí, señor.
Me senté. Abrí los archivos. Trabajé, y mientras trabajaba no pensé en el consultorio ni en el flash ni en el papel doblado dentro de mi bolso, porque no podía permitirme pensar en nada de eso todavía.
A las tres en punto se abrieron las puertas del ascensor.
Lo vi entrar y algo en mí se detuvo antes de que mi cabeza pudiera explicarme por qué. Alto, mandíbula afilada, esa calma de hombre que no necesita apresurarse porque sabe que todo lo espera. Recorrió la sala con la mirada y cuando llegó a mí no la desvió. Sonrió.
—Señorita Valeria. Nos volvemos a ver.
Lo miré. Le devolví una sonrisa que no supe muy bien de dónde saqué.
—Señor Volkov.
Me di vuelta y entré a la sala de juntas antes de que mi cara pudiera decir algo que yo no quisiera.
Aldana llegó detrás de nosotros y antes de que empezara la reunión me tomó del brazo un segundo, en voz baja.
—¿Lo conoce?
—De nada importante —dije, y no mentí, porque lo que no se recuerda no existe.
Él me miró un segundo más de lo necesario y después la reunión empezó y no hubo espacio para nada más.
Abrí la libreta. Empecé a escribir.
Flashback
La habitación. El cuarto de aquel hotel. Un brazo rodeándome con la familiaridad de alguien que ha estado ahí antes, muchas veces antes.
Intenté moverme despacio, un centímetro a la vez, buscando la ropa con los ojos sin hacer ruido.
La mano que me tomó de la muñeca me devolvió a la cama de un tirón.
—Vuelve a la cama. Aún es muy temprano.
Me quedé paralizada. Ese hombre me rodeaba con el brazo como si llevara años haciéndolo, y yo no tenía ningún recuerdo que justificara esa familiaridad. Tomé el poco coraje que me quedaba.
—Disculpe señor. ¿Me puede dejar? Necesito irme.
Dimitri abrió los ojos.
Me miró fijamente y algo en su expresión cambió, buscando alguna explicación por mi actitud.Me soltó despacio y yo me alejé hasta el borde de la cama.
—Estrella, ¿qué pasa?
—¿Estrella? —repetí, sin entende.—¿Puede decirme dónde estamos? No recuerdo cómo llegué aquí. Necesito irme.
Estiró la mano y yo me aparté antes de que pudiera alcanzarme.
—No me toque. Mi nombre es Valeria.
Fin del flashback.
—¿Anotó eso, Rivas?
Levanté la vista de golpe. Aldana me miraba desde el otro lado de la mesa. Dimitri sostenía su vaso y cuando nuestros ojos se encontraron había en los suyos algo que no era sorpresa, algo que se parecía más a confirmación, y en la comisura de su boca vivía una sonrisa pequeña que decía claramente que sabía exactamente en qué había estado pensando.
Mis mejillas se sonrojaron e intentando controlar mis nervios dije.
—Sí, señor. Disculpe, ¿puede repetir la última cifra?
Luego de eso solo intente concentrarme en la reunión auqnue cada segundo se me estaba haciendo eterno.
La reunión terminó. Los hombres se levantaron, se dieron la mano, y yo recogí mis cosas con la misma calma con que había sostenido todo el resto, hasta que Dimitri se acercó antes de que yo pudiera llegar a la puerta.
—Señorita Valeria. ¿Tiene un minuto?
—Sí, señor.
—Me gustaría invitarla a almorzar.
Solo pensar en comida fue suficiente. El estómago se me dio vuelta sin advertencia y no hubo nada que pudiera hacer al respecto.
—Disculpe —dije, y no esperé su respuesta.
Llegué al baño con el tiempo justo. Cuando terminé me quedé con las manos apoyadas en el lavabo y los ojos cerrados, esperando que todo dejara de moverse. Abrí el grifo. Me mojé la cara. Me enjuagué la boca.
Y cuando levanté la vista al espejo ahí estaba.
La misma mujer de siempre, con esa sonrisa en los labios que yo nunca estaba haciendo, mirándome con la calma, en su expresión parecía saber exactamente lo que está pasando. Abrió la boca y esta vez no desapareció antes de hablar.
—Ay, Valeria. —Mi voz, pero no mi voz—. En qué lío nos acabamos de meter.