Le tiemblan las comisuras de los labios, pero no sonríe... aunque sus ojos sí tienen una expresión risueña. Eso es nuevo. Como también lo es el buen humor que veo en sus ojos, tan distinto de la amenazadora oscuridad. —No me tientes a ir a por la otra caja —replica—. Porque no bromeaba cuando te dije que hay más de uno. «Vale, no es un juguete sexual.» —¿Qué es? Me ofrece la caja. —Un regalo. —No necesito nada más que añadir a la deuda, muchas gracias. — Enderezo la espalda, y sé que sueno como una zorra estirada, pero no puedo evitarlo. Es la única defensa que tengo contra él. El buen humor desaparece de sus ojos, pero no empieza a darme órdenes de inmediato, tal como espero que haga. —No es eso. De ahí que haya usado la palabra «regalo». —Se me acerca, me pone la caja en las man

