Mount y yo recorremos los distintos pisos, leyendo las placas, y oyendo las explicaciones de los vídeos que describen la historia de Guinness. Lo que más le impresiona a Mount es que Arthur Guinness tuviera la previsión y la confianza de firmar un contrato de alquiler de nueve mil años por las instalaciones. —Le echó un par. En todo caso, hay que respetarlo por eso. —¡Fue una locura! Debieron de tomarlo por loco —dijo. Mount menea la cabeza. —Más bien fue un genio. Después de aprender cómo se debe tirar una pinta y de probarla, llegamos por fin al Gravity Bar, y puedo ver con mis propios ojos la panorámica de 360º de Dublín. Es irreal. Mount se detiene detrás de mí. Coloca las manos a ambos lados de las mías, sobre la mesa alta en la que descansan los restos de las pintas, para proteg

