Valeria llegó a casa temblando, su rostro pálido y las manos apretadas contra el abrigo como si intentara protegerse de un frío interno que no podía sacudir. Iván, que estaba en la sala revisando unos papeles, levantó la mirada y, al ver su expresión, dejó todo a un lado y corrió hacia ella. —¡Valeria! —exclamó, tomando sus manos entre las suyas—. ¿Qué ha pasado? ¿Estás bien? Ella lo miró con los ojos vidriosos, incapaz de hablar al principio. Su respiración era rápida, irregular, como si hubiera corrido una maratón. —Iván... —dijo finalmente, su voz quebrada—. Encontré a mi madre. Iván parpadeó, sorprendido. —¿Tu madre? —repitió en un susurro, intentando procesar sus palabras—. ¿Dónde? ¿Cómo fue? Valeria apartó la mirada, luchando por mantener la compostura. —No lo sé. Es... extrañ

