Nuria despertó sintiendo la fría luz del hospital sobre su rostro. Aún aturdida, trató de moverse, pero las correas en sus muñecas la hicieron darse cuenta de su realidad. Una enfermera entró al cuarto con una mirada impasible, informándole que pronto sería trasladada a un centro de salud mental. —¡No! —gritó Nuria, luchando contra las restricciones—. ¡No pueden hacerme esto! ¡Quiero hablar con alguien, un abogado! Horas más tarde, un hombre de semblante serio y traje gris llegó a su habitación. Se sentó frente a ella con una expresión que no prometía nada bueno. —Señora Nuria, entiendo su preocupación, pero mi recomendación es clara. Si accede al tratamiento en el centro de salud mental y demuestra mejoría, tendrá una oportunidad de recuperar su vida. De lo contrario... —hizo una p

