El sacerdote, con una sonrisa cálida y un aire de serenidad, levantó las manos, invitando a la congregación a sentarse. Su voz resonó con una mezcla de autoridad y ternura. —Hermanos, estamos aquí para celebrar el amor, esa fuerza divina que supera obstáculos y une corazones destinados a encontrarse. Nada, ni nadie, puede interrumpir este momento sagrado. Davina sintió un nudo en la garganta, pero no era de miedo ni de dudas; era la inmensidad de lo que estaba a punto de suceder. Sus manos temblaban ligeramente hasta que Lexter las sostuvo con firmeza. Sus dedos se entrelazaron como si encajaran a la perfección, como si fueran dos mitades que al fin se unían. Lexter, inclinándose hacia ella, le susurró, su voz apenas audible para los demás, pero cargada de emociones que hacían vibrar

