Cuando Miguel entró en la habitación de Amelia, el ambiente era sofocante. Las paredes blancas del hospital parecían cerrarse alrededor de ellos, y el aire se impregnaba de un silencio inquietante. Amelia estaba recostada en la cama, su rostro pálido como una hoja de papel, los labios apenas teñidos de vida. Su mirada parecía distante, como si su mente estuviera atrapada en un lugar oscuro y frío. Las enfermeras la rodeaban, ajustando monitores y preparándola para la operación, pero Amelia no les prestaba atención. Sus ojos buscaron a Miguel con un brillo helado que lo detuvo en seco. —Perdiste al bebé —dijo con una voz que carecía de emoción, pero sus palabras cayeron como un martillo en la sala. Miguel tragó saliva, sintiendo una punzada en el pecho. Antes de que pudiera respon

