—¡Lexter, yo no lo hice! —exclamó Davina entre sollozos, acercándose a él con las manos temblorosas, su voz quebrándose bajo el peso de la angustia. Lexter la miró, sus ojos llenos de conflicto. Verla tan vulnerable, tan rota, le desgarró el alma, pero al mismo tiempo, el dolor en el rostro de su hermana tendida en el suelo lo perseguía como una sombra. —Lo sé... Te creo —murmuró al fin, aunque su voz temblaba. Lexter tragó saliva con dificultad y apartó la mirada de Davina por un momento—. Perdóname, estoy tan asustado... —Confesó, como si las palabras fueran un lastre que se resistía a soltar. Luego la tomó de las manos—. Esto fue un accidente, mi amor, tranquila. Todo está bien, lo resolveré. Con un nudo en el pecho, Lexter se arrodilló junto a Amelia. La sangre en el suelo le pareci

