Miguel se arrodilló con las manos temblorosas, sus ojos reflejaban una mezcla de furia y humillación. Frente a la mirada atónita de los presentes, comenzó a limpiar sus propis zapatos, frotando con torpeza mientras las risas contenidas de algunos testigos llenaban el aire. El eco de ese momento parecía grabarse en cada rincón de la sala. Amelia, que había permanecido inmóvil al principio, dio un paso al frente con el rostro encendido de rabia. Sus tacones resonaron con fuerza sobre el mármol al acercarse a su hermano. —¡Lexter! —su voz cortó el aire como un látigo—. ¿Cómo te atreves a humillar a Miguel así? ¿Por qué haces esto por culpa de esa mujer? —señaló hacia donde minutos antes estaba Davina—. ¿Quién es ella? ¿Y por qué parece importarte tanto? Lexter dirigió una mirada fugaz ha

