El engranaje (2)

1999 Palabras
Me desperté alrededor de las ocho y media en ese cuarto de hotel. Pero al levantarme de la cama descubrí, extrañamente, que una de mis pantuflas había desaparecido. Era exactamente la clase de cosa que solía sumirme en el miedo, la angustia, etc., durante el último par de años. Y me recordó también a cierto príncipe de la mitología griega que usaba una sandalia ajena. Toqué el timbre para llamar al botones y le pedí que buscara la pantufla perdida. Registró toda la habitación con una expresión burlona en el rostro. —La encontré, aquí está. Estaba en el baño. —¿Cómo llegó hasta allí? —Tal vez haya sido un ratón. Cuando el botones se fue bebí una taza de café, sin leche, y me dispuse a terminar mi relato. Una ventana cuadrada, con marco de toba, daba a un jardín nevado. Siempre que dejaba de escribir, echaba una mirada ausente a la nieve. Bajo el fragante arbusto de adelfa que empezaba a florecer, la nieve se veía sucia por el humo y el hollín de la ciudad. El espectáculo me apenaba. Fumé un cigarrillo, pensando miles de cosas, y la pluma no se posaba sobre el papel. Pensé en mi esposa, en mis hijos, y más que nada, en el esposo de mi hermana mayor… Antes de suicidarse, estaba bajo sospecha de haber cometido un incendio deliberado. En realidad, era inevitable que así fuera. Antes de que su casa se incendiara totalmente, la había asegurado por el doble de su valor. Aun así, aunque era culpable de perjurio, estaba en libertad condicional. No era su s******o, sin embargo, lo que me angustiaba, sino el hecho de que nunca podía volver a Tokio sin ver un incendio. Una vez había visto un incendio en las colinas desde el tren, y otra vez desde un auto (yo iba con mi esposa y mis hijos) cerca de Tokiwabashi. Naturalmente, tuve la premonición de un incendio antes de que su casa verdaderamente se incendiara. —Podría declararse un incendio en casa este año. —No digas esas cosas… si alguna vez hubiera un incendio, eso nos causaría un montón de problemas. El seguro no alcanza y… Así hablamos. Pero no se había producido ningún incendio y, tratando de librarme de la idea, volví a empuñar la pluma. No se me ocurría ni una sola línea. Finalmente, abandonando la mesa, me tendí en la cama y empecé a leer Polikoushka de Tolstói. El héroe de esa novela es una compleja personalidad en la que se mezclan la vanidad, la morbosidad y la ambición. Y con unos pocos cambios menores, la tragicomedia de su vida podría pasar como una caricatura de mi propia vida. Particularmente sentí en esa tragicomedia la burla del destino, y eso hizo que empezara a sentirme rarísimo. Al cabo de apenas una hora salté de la cama y arrojé el libro contra las cortinas de la ventana de la habitación. —¡Maldición! Y un gran ratón salió corriendo en diagonal desde detrás de la cortina en dirección al baño. De un salto estuve en el baño y abrí la puerta de par en par, buscándolo. Detrás de la blanca bañera no había rastros de él. De pronto me sentí raro, y calzándome rápidamente las pantuflas salí al corredor, pero no había allí ninguna señal de vida. El pasillo, como siempre, estaba tan oscuro como una prisión. Con la cabeza gacha, subiendo y bajando escaleras casi sin advertirlo, me encontré de repente en la cocina. La habitación estaba más iluminada de lo que se hubiera supuesto. Y en un costado las llamas se elevaban, abundantes, sobre el fogón. Al pasar pude sentir los fríos ojos de los cocineros, tocados con sus gorros blancos, que no me quitaban la vista de encima. De inmediato me sentí arrojado al infierno. «Dios, castígame. Por favor, no te ofendas. Esto será mi ruina». Naturalmente en momentos así era lógico que saliera de mis labios esa plegaria. Salí del hotel y recorrí con dificultad el camino fangoso por la nieve semiderretida que me conducía a la casa de mi hermana mayor. Todos los árboles del parque que lo flanqueaban mostraban sus hojas y ramas completamente ennegrecidas. Y cada uno de ellos tenía, igual que nosotros, una parte delantera y otra trasera. A mí me resultaba menos desagradable que intimidante. Recordé el alma que se convertía en un árbol en el Infierno de Dante y decidí caminar por la calle que estaba del otro lado de las vías del tranvía, donde los edificios se alineaban en una fila compacta. Pero incluso allí una manzana era demasiado. —Disculpe que lo detenga. Era un sujeto de veintidós o veintitrés años con un uniforme con botones dorados. Lo miré fijamente sin decir una palabra y advertí que tenía un lunar[11] en el lado izquierdo de la nariz. Él, quitándose la gorra, me habló con cautela: —¿No es usted el señor A.? —Sí. —Pensé que lo era… —¿Qué desea? —Nada. Sólo quería saludarlo. Soy admirador suyo, sensei… Ante eso lo saludé tocando el ala de mi sombrero y empecé a poner distancia entre nosotros tan rápidamente como pude. Sensei. Un sensei… ese título me había empezado a resultar extremadamente desagradable. Había llegado a sentir que había cometido todos los crímenes imaginables. A pesar de eso, ahora me llamaban sensei en cualquier momento. No podía evitar sentir que había en ello algo vergonzoso. ¿Algo? Pero mi materialismo no podía flaquear ante el misticismo. Pocos meses antes yo había escrito en una pequeña revista: «No sólo carezco de conciencia artística sino de conciencia en general. Todo lo que tengo es coraje…». Mi hermana mayor se había refugiado con sus hijos en una casucha de un callejón. Adentro de la casa, con su empapelado pardo, el ambiente era aún más sombrío que afuera. Calentándonos las manos sobre un hibachi[12], hablamos de cosas diversas. El esposo de mi hermana, un hombre de contextura robusta, siempre me había parecido instintivamente un inútil, desde que lo conocí. Y había hablado directamente de la inmoralidad de mi obra. Nunca había mantenido con él una charla amistosa, debido a que él despreciaba a alguien que pensara como yo. Hablando con mi hermana me di cuenta de que también él había sido arrojado gradualmente al infierno. Me enteré de que verdaderamente había visto un fantasma en un camarote. Pero, encendiendo un cigarrillo, tuve buen cuidado de mantener la conversación en el tema del dinero. —De todas maneras, tal como son las cosas, estoy pensando en vender todo lo que pueda. —Yo he pensado lo mismo. La máquina de escribir puede dejar un poco de dinero. —Y tenemos algunas pinturas. —¿Qué te parece vender el retrato de N-san [el marido de mi hermana]? Pero eso… Miré al retrato a lápiz, sin marco, que pendía de la pared, y pensé que no debía hacer una broma tan desconsiderada. Me habían dicho que su rostro había quedado destrozado, que el tren lo había reducido a jirones, y que sólo había quedado su bigote. De hecho, la historia me había conmocionado. Su retrato estaba dibujado con mucho detalle, pero el bigote no se veía del todo claro. Pensé que podría ser por la luz y estudié el cuadro desde diferentes ángulos. —¿Qué estás haciendo? —Nada… sólo que alrededor de la boca, en ese cuadro… Ella se volvió para observar por un momento, pero dijo que no veía nada raro. —Sólo el bigote, curiosamente, se ve un poco fino, ¿no es cierto? Lo que yo veía no era ilusorio. Pero si no lo era… Decidí que era más prudente separarme de mi hermana antes de que ella empezara a preocuparse por preparar el almuerzo. —¿Por qué no te quedas un rato más? —Tal vez mañana… hoy tengo que ir a Aoyama. —¿Allí? ¿Todavía tienes algún problema físico? —Estoy tomando somníferos como siempre. Son tantos… Veronal, Muronal, Trional, Numal… Alrededor de treinta minutos más tarde, entré en un edificio, subí en el ascensor y fui al tercer piso. Allí, traté de abrir empujando la puerta de un restaurante. La puerta no se movía. Sobre ella había un cartel: DÍA DE DESCANSO. Estaba más que fastidiado, pero tras echar un vistazo a las manzanas y bananas exhibidas sobre una mesa, del otro lado de la puerta, decidí volver a salir a la calle. Dos hombres que parecían ser empleados, tropezaron conmigo en la entrada, absortos en su conversación. Justo en ese momento uno de ellos, o eso me pareció, dijo: «Es un tormento». Me quedé en la calle, esperando un taxi. Estuve un rato allí. Sin embargo, usualmente había un taxi amarillo en los alrededores. (Esos taxis amarillos, por alguna razón, siempre me involucraban en algún accidente). Al cabo de cierto tiempo, no obstante, apareció un taxi verde, de la buena suerte, y decidí que de todos modos iría al hospital mental próximo al cementerio de Aoyama. «Tormento… Tántalo… Tártaro… infierno…». Tántalo yo mismo, de hecho, mirando la fruta a través del vidrio de la puerta. Maldiciendo para mis adentros el Infierno de Dante, observé la espalda del chofer. Y me invadió el sentimiento de que todo es una mentira. La política, el comercio, el arte, la ciencia… todo, ante lo cual yo no era más nada más que el mero camuflaje de una horrible existencia. Empecé a sentirme ahogado y abrí una ventanilla. Pero la sensación no desaparecía. Finalmente el taxi verde llegó a Jingu-mae. Allí había un callejón que conducía al hospital psiquiátrico. Pero justo ese día, por algún motivo, no pude encontrarlo. Después de pedirle al taxista que diera un par de vueltas a la manzana para localizarlo, y que volviera siguiendo las vías del tranvía, abandoné y decidí bajarme del auto. Por fin encontré el camino y me encontré saltando de derecha a izquierda en un camino lleno de charcos de fango. Entonces, sin advertirlo, debí de haber girado erróneamente, porque me encontré en la sala funeraria de Aoyama. Era un edificio en el que no había entrado desde el funeral de Natsume sensei, unos diez años atrás. Diez años atrás yo no era muy feliz. Pero al menos estaba en paz. Advertí la grava decorativa más allá de la entrada y, recordando el árbol de bashô[13] del refugio de Sôseki, no pude evitar sentir que mi vida había terminado. Y tampoco pude evitar sentir que algo me había llevado de regreso a ese lugar después de diez años de ausencia. Después de salir del hospital psiquiátrico, tomé otro taxi y decidí regresar al hotel en el que había estado antes. Pero, al bajar del taxi a la entrada del hotel, me encontré un hombre de impermeable que discutía por alguna razón con un camarero. ¿Un camarero? No. No era un camarero sino un hombre de uniforme verde, que estaba a cargo de los taxis. La idea de entrar en el hotel me resultó ominosa y rápidamente giré sobre mis talones. Cuando llegué a Guinza, ya casi anochecía. Los negocios ubicados a ambos lados de la calle, la densa muchedumbre, todo se combinaba para deprimirme aún más. Lo que más me trastornó es que en la calle todo el mundo caminaba despreocupadamente, con indiferencia, como si fuera ajeno al pecado. Seguí caminando hacia el norte en la confusión entre el crepúsculo y las luces eléctricas. Luego mis ojos se sintieron atraídos por una librería con revistas y libros apilados. Entré y curioseé en los anaqueles con aire ausente. Había un libro, Mitos griegos, que decidí hojear. Mitos griegos, con su cubierta amarilla, parecía escrito para niños. Pero un renglón que leí accidentalmente me perturbó. «Ni siquiera el poderoso Zeus puede vencer al Dios de la Venganza…». Salí del local y me mezclé con la multitud. Podía sentir al Dios de la Venganza cerniéndose sobre mis hombros y empecé a vagar sin rumbo, desquiciado.
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