Un día de primavera (3)

4538 Palabras
10 El techo de paja de la choza se mezclaba con las flores de colza en la lejanía. Las olas exhibían sus penachos blancos mientras el viento agitaba entre los pinos la frágil bandera de la neblina. Ladera abajo, entre las suaves copas carmesíes de los ciruelos en flor, sobresalían los tejados de las casas. —En una esquina del pueblo. Es la casa de dos plantas. —Respondió el monje. —¿Cómo? —El viajero sintió un escalofrío. —Allí es donde vive la mujer. —El anciano, que no advirtió nada extraño, continuó—: Se mudó el otoño pasado, justo cuando le alquilé la choza al caballero que le he mencionado antes. Discúlpeme que no le revele su nombre. —No se preocupe. —Pues, como le decía, aquel hombre se hospedaba en la cabaña y una noche murió en el océano. —¿Se ahogó? —preguntó el viajero. —Eso parece. Hallaron su cuerpo en la orilla. ¿Fue un accidente o un s******o? Obviamente, todo el mundo al conocer la noticia sospechó que se había tratado de un s******o. Pero, como le he dicho, la muerte del hombre parece estar conectada al poema. —No bromee. —Pasados dos meses después de la muerte de aquel hombre, ella se instaló allí. —El monje señaló la casa de dos plantas y sus mangas formaron un velo oscuro—. Cuando ocurrió el incidente, la familia todavía vivía junta en una casa al lado de la playa. Y esa aún continúa siendo la residencia principal. Pero también poseen un almacén enorme en Yokohama, donde el marido pasa la mayor parte del tiempo. Aquí, en la tranquilidad de Kunoya, vive su esposa con unas cuantas criadas jóvenes. —Entonces, esta es su segunda residencia. —En realidad, no. Es un poco complicado. Esa casa de dos plantas es la residencia principal. Ahí es donde nació su marido. Por aquel entonces la casa no era como la ve usted ahora, sino muy humilde, apenas un tejado cubierto con paja por el que se filtraban la lluvia y los rayos de luna. El padre de Tamawaki, ahora ya fallecido, era un aparcero. Y también extremadamente tacaño. Tras ahorrar unos cuantos años, pudo alquilar una pequeña parcela de tierra que colindaba con la puerta trasera de nuestra choza. Este era un complejo grandioso. El retrato del religioso principal estaba allí. »En fin, ya era primavera: la época de plantar alubias. Apacibles olas de calor se levantaban ya de los arrozales. El padre de Tamawaki se puso una azada al hombro y se dirigió a un lugar concreto de la parte inferior de la colina que reclamaba para sí. Oí que sucedió alrededor del mediodía, cuando su hijo se acercó a llamarlo para el almuerzo. »Como había salido de mañana temprano, se había llevado una capa de algodón para resguardarse del frío, pero hacía buen tiempo, así que trabajó diligentemente. Al mediodía, el esfuerzo era tal que se había desnudado de cintura para arriba y se había puesto un pañuelo alrededor de la cabeza para contener el sudor. Había labrado ya toda su parcela y pretendía aumentar la zona de cultivo comiéndole trozos a la montaña. Entonces llegó su hijo, que había venido a buscarlo para comer. Pero el padre le dijo que antes de hacer una parada para fumar terminaría de abrir aquella zanja. ¿Sabe qué sucedió a continuación? La tierra se reblandeció y su azada se hundió profundamente. Cuando la sacó, la azada estaba mojada y cubierta con algo pegajoso y rojo. —¿Un c*****r? —interrumpió el viajero. —¡Oh, no! —El monje meneó la cabeza enfáticamente. —Ya. Un tesoro escondido. —¡Eso es! Los peces de escamas rojas son excepcionales incluso en el océano. Y de todos los colores que brotan en la tierra el más asombroso, más que el púrpura, el amarillo o azul, es el rojo. «¡Oh, vaya! ¿Qué será?», pensó el padre nervioso. Tras dos o tres golpes más con la azada consiguió excavar un hoyo. Se inclinó y miró en su interior. 11 La tierra rojiza recordaba a las fauces abiertas de una enorme serpiente. Había algo oscuro en el fondo. Alcanzándolo con la azada, lo sacó. Era un cofre. Al parecer, la tapa se había roto y el interior se había llenado de una gelatina roja y brillante. Como no le servía para nada, decidió hacer añicos el recipiente. Para su sorpresa, aún halló otro en el agujero, justo al lado de donde había estado el cofre. Y este sí que era auténtico. Se apresuró a cubrir el nuevo cofre con la tapa y recorrió con la mirada los alrededores para asegurarse de que no había nadie. Fulminó a su hijo con la mirada: el muchacho lo había visto todo desde donde se encontraba. Sin ni siquiera ponerse la ropa, envolvió el cofre con la capa de algodón y se lo echó al hombro. Empleó la azada a modo de bastón y cargó el cofre a la espalda como quien lleva un bebé. Mientras caminaban de regreso a casa, el padre advirtió al hijo: «Cierra el pico y no digas nada. No hables con nadie». Cuando llegaron a casa, cerró todas las ventanas, extendió una estera de bambú delante del altar budista y vertió el contenido del cofre: ¡una gran pila de oro! Eran monedas que habían perdido lustre con el tiempo. La gente dice que, a partir de entonces, su pequeña cabaña brillaba intensamente en medio de la oscuridad de la noche. O eso comentaban al menos sus vecinos. La gelatina del primer cofre era cinabrio de la más alta calidad. Como el recipiente estaba roto, se había ido filtrando por la ladera de la montaña, tan brillante como flores de amarilis, para desaparecer con la lluvia de la primavera. Pasaron unos días y el padre, que había ido a Tokio por negocios, visitó una casa de cambio en Shibaguchi. De su raída bolsa de tabaco extrajo una sola moneda, cubierta con restos de picadura de tabaco. Quería saber cuánto dinero le podían dar por ella. Observó cómo el cambista sostenía la moneda con sus dedos, que se tornaron amarillos al contacto. La moneda era auténtica. La oferta inicial fueron siete ryō, pero el viejo Tamawaki regateó y consiguió siete ryō y un bu[54]. Y así es como empezó todo. Poco a poco fue cambiando el oro en diversos lugares y haciendo dinero. Finalmente pudo comprar un barco de segunda mano para transportar leña y carbón. Luego se introdujo en el comercio de la madera para construcción y amplió su negocio. Cuando ya tenía siete barcos, lo vendió todo para comprar tierras. Abrió una tienda y empezó en el negocio de la construcción. Entonces tenía ya cierta estabilidad, podía alquilar sus terrenos y hacerse rico sin ni siquiera levantarse. También prestó dinero con intereses altos. El bosque exuberante de la montaña fue talado y la madera apilada delante de su tienda se transformaba en dinero en un abrir y cerrar de ojos. Todo iba según el viejo había planeado. Los arrendatarios le pedían prestado para comprar terreno en la montaña. Entonces, los que habían pedido préstamos cortaban los árboles y empleaban la madera como aval para pedir más dinero. Pronto los intereses aumentarían, así que talarían aún más árboles y los utilizarían para pedir más capital. Entonces, tendrían que seguir talando de nuevo porque deberían hacer frente a nuevos intereses. Aquellos que le pedían prestado trabajarían duramente cortando árboles y apilándolos delante de su tienda y cuando ya no pudieran hacer frente a sus deudas, le venderían la madera a precios de saldo, y el viejo se haría aún más rico. La gente iba y venía de aquí para allá, pero nunca pasaban por la bahía sin dejar algo en su bolsa. Su fortuna creció y todos se asombraron del modo en que se había hecho con el control de la montaña. Sin embargo, a sus espaldas, se comentaba que se había llevado un cofre y que aquel tesoro algún día se cobraría su precio en su familia. —Los envidiosos nunca encuentran oro. El viajero y el monje se miraron y se rieron. —Es el destino. No importa cómo se intenten ocultar las cosas, alguien lo descubre siempre. Y sobre esto también hay una historia. —El monje lo miró como si acabara de recordar algo—: Ahora escuche. El muchacho, Seinosuke, que nunca debía decir una palabra sobre el dinero, contaba por ahí que su padre salió a trabajar un día y llegó a casa con monedas de la época Tempo sin agujero[55]. ¿Qué le parece? —rio el religioso. —Monedas Tempo sin agujeros… —repitió el visitante—. ¡Claro! Se refiere a oro macizo. —Exactamente. Y aquel chico es hoy el dueño de la fortuna de Tamawaki. m*****o del Parlamento. División Superior de Impuestos. Seinosuke Tamawaki. Su esposa, Mio, es la mujer que escribió ese poema. ¿Qué le ha parecido la historia? 12 —Aquí tiene su té. Como le prometí, está fuerte. Ni siquiera tenemos aparador, así que no hay que esforzarse demasiado a la hora de recoger. Póngase cómodo. Aunque estamos muy lejos del pueblo, en otoño no nos faltan los caquis ni las castañas. Ahuyentamos a los cuervos y cogemos los caquis. Sacudimos los castaños… los gorriones se asustan y se alejan piando. Me hubiese gustado ofrecerle algún fruto. Por favor, póngase cómodo. El monje se quitó la estola, la colgó en un clavo y la cepilló. Las sombras de los ciruelos jugaban en el shoji[56] de la choza y a través de los pequeños agujeros del papel se veía el bermellón llameante de sus flores, como correcciones en un manuscrito. Mirando hacia arriba desde la choza se podía observar la escalera de piedra oculta entre las copas de los árboles; el tejado del templo principal parecía flotar hundido en nubes verdes de vegetación. Las faldas verdosas de las montañas parecían asomarse al mirador. El monje y el viajero estaban relajados tras una mosquitera, mientras las mariposas revoloteaban al borde de un hibachi[57] helado. —No conseguía relajarme allí en el templo principal. Pero tomar el té aquí tras escuchar su historia es muy agradable. Aunque debo decir que echo en falta el poema, ya que, en cierto modo, es el protagonista. —En realidad, con la escalera tan cerca, Buda está a un tiro de piedra —rio el monje—: Para serle sincero, yo tampoco estaba muy cómodo. Allí, frente al Buda, tenía la sensación de que me estaba confesando. Aquí estamos más tranquilos. Como puede ver, en cuanto me alejo siete shakus[58] del templo, es como si me alejara también del camino del maestro. Me relajo demasiado. No debería ser así —volvió a reír—. Pero, bueno, sigamos hablando del huésped que se alojó aquí. —¿Qué tipo de persona era? —Pues no le sé decir. En nuestras conversaciones no descubrí mucho, casi tan poco como un ciego que mira a hurtadillas por encima de un muro. Hablábamos principalmente de los libros que leía. Aunque sé a lo que se dedicaba, no se lo voy a decir. Igual que es un pecado hablar de las escrituras a la ligera, también lo sería cotillear sobre la vida de este hombre. Odiaría pregonar falsedades sobre un muerto; además, también sería juzgarlo, en cierto modo. Solamente le hablaré sobre su historia con la mujer de Tamawaki. »Todo comenzó una noche, en la época más calurosa del año. Regresaba de un paseo por la playa y me dijo: —Señor monje, ¿no quiere bajar a la playa? Me he encontrado con la mujer más hermosa. —¿Ah, sí? ¿Dónde? —contesté. —En ese lugar desde el que se puede contemplar esa vista maravillosa de la bahía con el monte Fuji en la distancia. Hay que seguir el camino de arena que atraviesa el pinar y cruzar el puente Komatsu. —¿Conoce ese lugar? —preguntó el monje al viajero. —Sí, por su puesto. Suelo ir casi todos los días. —Cerca del puente, los pinos crecen en un banco de arena que hay en medio del río. Allí está la casa de Tamawaki. Tiene un portón enorme, la entrada es de piedra y el jardín es amplio. Se construyó imitando el estilo de las villas que la gente de Tokio se había construido por esta zona. El dueño de la casa, el marido de la mujer, es muy extrovertido y con frecuencia recibe invitados. Puesto que la casa de Kunoya estaba demasiado alejada del mar, que es la atracción principal de por aquí, se llevó todas sus lujosas pertenencias e hizo de esa casa su residencia principal. Se casó el verano pasado. Obviamente, su esposa vivía allí con él. »En fin, como le decía, el caballero cruzó el puente Komatsu y la bahía se abrió ante él. El mar brillaba como el cristal, con tantos matices como si lo estuviera observando a través de un telescopio. Y entre el azul del agua y el blanco de las montañas ondeaba el vestido rosa de la mujer; un delicado arco iris que se agitaba ante de sus ojos. »Era la esposa de Tamawaki… aunque en ese momento, él no lo sabía. Ni yo tampoco. Seguí escuchando sus palabras y preguntándole burlonamente por ella mientras me abanicaba para refrescarme un poco. Él se quitó el gorro de baño, se sentó en el mirador en traje de baño y me dijo: —Sea quien sea, esa mujer es realmente extraordinaria. 13 Por las palabras del caballero no hay duda de que debía de tratarse de una mujer sublime —prosiguió el monje—. Me dijo: «La acompañaba una mujer joven, quizá una doncella, que caminaba ligeramente detrás de ella. Ambas vestían yukata, pero el obi de ella estaba atado con sumo cuidado. Cuando pasé a su lado, solo pude verla de refilón, pero lo suficiente como para captar sus delicadas facciones, su piel pálida y sus labios increíblemente rojos». »Iba muy bien vestida pero de un modo libre y sencillo, como cualquier otra mujer del pueblo. Llevaba un sombrero cuya visera protegía su rostro de los rayos de sol, pero aun así tenía que caminar mirando hacia abajo para evitar el resplandor. Entonces nos cruzamos. Nos hicimos a un lado para permitirnos mutuamente el paso y ella me miró. Una mirada fresca a través de sus pestañas densas y negras. Un retrato tan bello y sutil solo podría haber sido obra del pincel del gran Sesshū y de la tinta de Murasaki Shikibu[59]. Su belleza era tal que no podría expresarla con palabras. Yo, sin embargo, sería más bien un retrato simple. Quizá después de la cena me vista y vaya buscar calabazas a la luz de la luna». Esto es todo lo que pasó la primera noche, señor. Al día siguiente el caballero salió a pasear y volvió a la misma hora. Le pregunté burlonamente: —Dígame, ¿cómo estaba hoy el pincel de Sesshū? —No lo sé. No la he visto porque hoy está nublado. Creo que con el tiempo nublado se queda en su casa. —Me contestó. Pasaron dos o tres días y volví a hablar con él. —¿No mejora el tiempo, eh? Hace un poco de fresco y, aunque está bien para ir a pasear, aún hay nubes. —Bueno, no ha sido como en el capítulo de La Historia de Genji que comienza: «Cuando cruzaba el puente de Komatsu…», pero hoy en el puente la vi. —¡Enhorabuena! —exclamé con una sonrisa. —Esta vez iba tan arreglada que parecía una persona diferente. Justo cuando yo estaba cruzando el puente, apareció por el otro extremo. Pero esta vez iba acompañada por tres niños. El mayor de todos tendría unos trece años; el otro, diez y el más pequeño, entre siete u ocho años. Posaba su mano sobre el hombro del más joven al tiempo que se inclinaba hacia él y sonreía. Llevaba el pelo recogido en un moño del que llaman «flor de luna llena», que sería la envidia de cualquier mujer. El yukata era de un pálido azul cielo, casi transparente y sobre él lucía un quimono con diseños geométricos. Sin duda era una maestra en el arte de llevar quimono. El obi era de gasa de seda azul cielo y blanco. No reconocí el estampado, pero ella lo llevaba atado a la espalda en forma de tambor. La parte blanca parecía una luna creciente que abrazaba la nieve de verano. Cuando nos cruzamos, dejó caer sus brazos inertes, como si se hubiese olvidado de ellos, y pareció fijarse en mí. Entonces, sus hombros temblaron levemente. »No me pregunte por qué pero, cuando terminó de pasar a mi lado, tuve que sentarme en el pretil del puente. Quizá pensé que me iba a caer. Sabía que el río no era muy profundo ni caudaloso, pero sí lo suficiente como para que yo muriera en él. Nadie acudiría a mi rescate, nadie me ayudaría aunque gritara con todas mis fuerzas. Pensarían que estaba bromeando y me dejarían morir delante de sus ojos porque no sé nadar. —Me parece que el caballero sonrió cuando dijo eso —continuó el monje—. Pero tiempo después resultó ser verdad. ¿No es extraño? Frente a la agonía del amor, los que somos testigos nos lo tomamos a broma. Desde el principio no lo tomé en serio. «¿Cómo está ya sabe usted quién?», le preguntaba entre risas. No me di cuenta de que todo aquello se estaba convirtiendo en algo peligroso. Usted probablemente habría actuado igual que yo. El viajero no supo qué contestar y mientras golpeaba ligeramente su pipa para sacudir las cenizas, contestó: —Por lo que dice, creo que nadie lo hubiese tomado en serio. Cuando una muchacha tiene problemas, siempre tiene alguien a quien acudir. ¿Pero un hombre? ¡Eso sí es un problema! Antes preferirá irse a pescar al río. —¡Vaya ocurrencia! —El religioso se rio con ganas mientras se daba una palmada en la rodilla. 14 —Hablando de pescar, justo en ese momento había un hombre en el agua, medio desnudo, pescando en cuclillas. Era dueño de una pequeña tienda de cacharros en la orilla del río. Muy delgado. Seguro que a juzgar por su holgado fundoshi[60], usted mismo habría pensado que era un desastre. Ya sabe lo que quiero decir. Su obsesión por la pesca es causa del karma, es decir, la consecuencia de algo que ha hecho en una vida anterior. ¡Qué visión tan vergonzosa! La gente del pueblo lo llama Copita de Sake porque tiene una calva en la cabeza que parece una copa de sake al revés. Copita de Sake de la orilla del río. Prosigamos con la historia. El caballero, sentado en el pretil del puente, observaba cómo se alejaba la mujer. Los mechones sueltos de su peinado se mecían con delicadeza, su nuca era blanca como la nieve. El niño que debía de tener unos diez años se abrazó a su cintura juguetonamente y cuando ella se disponía a dar un golpecito en la espalda del chiquillo —sus delicados dedos arqueados como pececillos—, una voz retumbó: «¡Señorito, se le ha caído el pañuelo!». Copita de Sake no solo se concentraba en que los peces mordieran su anzuelo, sino que también tenía un ojo puesto en la mujer. El mayor de los muchachos gritó algo y retrocedió para recoger el pañuelo blanco, que había caído en medio del puente. Se lo guardó en la escotadura del quimono y, sin pronunciar palabra, volvió de nuevo hacia la esposa de Tamawaki. Como es habitual en los niños, ni realizó una reverencia ni dio las gracias. Sin embargo, fue la mujer quien realizó un gesto de agradecimiento. Frunció los labios y casi rozó la barbilla contra su hombro al mirar atrás. Miró fijamente al caballero con ojos serenos. Lo había confundido con Copita de Sake. En ese momento se encontraron por primera vez. Llevado por la situación, él le devolvió la reverencia. Y eso fue todo. Después, ella desapareció de su vista. Y cuando se volvió hacia el río, señor, allí estaba Copita de Sake mirándolo fijamente con expresión de sospecha. El caballero sintió de repente un sudor frío. ¡Qué mal había quedado! ¡Seguro que ella se había sentido desconcertada! Sé que una persona ajena al asunto no le daría demasiada importancia pero añádale un toque erótico y ya verá. En primer lugar, la voz que ella había escuchado era tosca, después las confianzas que se había tomado Copita de Sake al llamar al muchacho «señorito» cuando ni siquiera tenía relación con el padre del chico. En definitiva, que el modo de detenerlos no había sido una demostración de refinamiento. Incluso Copita de Sake parecía avergonzado y sentía que el caballero le había hecho un favor. Una situación extraña, ya ve. Y, por supuesto, el caballero no tenía intención de agradecérselo. Había conseguido atribuirse el mérito, o demérito, más bien, de otra persona. Me parece que el incidente tuvo un efecto humillante sobre el caballero. Se quedó en la choza los cuatro o cinco días siguientes y, cuando salió, me contó los detalles. Creía que ese malentendido sería el principio de su vínculo y que la próxima vez que se vieran, se saludarían. ¡Imagínese qué feliz le hacía esa idea! Y eso era exactamente lo que él quería. ¡Oh, qué terrible es perder el camino propio! ¡Qué cruel! Cualquier tonto lo sabe. La tercera vez él… —¿La vio otra vez? —El viajero se anticipó a la respuesta. —Sí. Pero en esta ocasión fue al revés. Él regresaba de la playa y ella iba en dirección a la misma. Se encontraron en el lugar que le describí anteriormente. Ya había oscurecido. Los días más calurosos del verano habían quedado atrás y se hacían cada vez más cortos. Él volvía cada vez más tarde de sus paseos. Cansado de aplastar mosquitos, me había acercado aquí para resguardarme dentro de la mosquitera. Cuando él regresaba y venía a verme, a menudo me decía que ya había cenado por ahí. Así pues, esta tercera vez, era de noche. Él vio su cara bajo la pálida luz la luna. Era ella, estaba seguro. Pero esta vez la acompañaban cinco hombres; uno de ellos era su marido. Ella era la única mujer en aquel grupo que se apresuraba ruidosamente hacia la playa. Estaban todos con ella y el caballero era el único forastero. ¿Cómo pudieron ellos dos intercambiar miradas? Ahora le contaré algo sobre esos hombres. 15 Uno tenía las cejas espesas y unas enormes fosas nasales; otro, que miraba hacia abajo, era de frente ancha y mandíbula acentuada; otro, de gesto altivo, llevaba un puro en la boca que ni siquiera estaba encendido. Hubo uno que se giró desafiante y golpeó ligeramente con el abanico el trasero de la mujer. Vestían como la gente de la aldea, con quimono de verano. Eso no es nada malo, pero uno llevaba el obi amarillo atado de cualquier manera con los extremos colgando. Y otro se había puesto un quimono interior de color carmesí alrededor del pecho. ¡Qué absurdo! El dueño del obi amarillo era quien lo llevaba puesto, pero el que llevaba el quimono interior de crepé rojo se lo había robado estando borracho a alguna joven y lo lucía como trofeo. Obviamente, la situación indignó a nuestro caballero. Las siluetas se recortaban contra la puesta del sol, las olas cada vez eran más grandes; y él se imaginaba demonios rojos y verdes conduciendo a una mujer frágil y desamparada al infierno. Rodeada por ellos, parecía triste y desolada. El caballero deseó arriesgar su propia vida para salvar la de ella. Me dijo que en aquel momento pudo imaginar cómo debía de ser la vida de la mujer y que se sentía preocupado por ella. Pero, señor, no tenía ningún sentido que pensara de aquella manera. ¿Ha visto alguna vez los cuadros de los ángeles del cielo en su descenso al infierno? Me parecen maravillosos porque dan a entender que incluso los demonios famélicos pueden aspirar a la salvación[61]. No hay que temer por que las serpientes rodeen a Benzaiten, ya que ellas son sus sirvientes[62]. Tengo la impresión de que todo fue producto de la imaginación del caballero. —Bueno, ya sabe —el viajero cruzó los brazos—, cuando una mujer descubre que su amante tiene una esposa hermosa, siente celos. Pero al hombre le pasa lo contrario. —Estoy de acuerdo —asintió el sacerdote con tono filosófico—. Los hombres no son tan celosos. Si la mujer que ama se empareja con otro —como la flor de Ono no Komachi con la luna de Oe no Chisato[63]—, el hombre se serena. »Supongo que se está preguntando por el hombre del obi amarillo y el del quimono interior carmesí. Imagine un cristiano al que su mujer le cuenta que ha soñado que Jesús la abrazaba, o que la ha consolado el diablo. Ninguna opción es buena, pero si el cristiano tuviera que elegir, escogería la primera, ¿no le parece? La primera sería soportable, pero la segunda… »Pero prosigamos. Bueno, habíamos dejado a la mujer rodeada de unos tiparracos. Digamos que todo se explica por el modo en que el padre de Tamawaki consiguió el dinero. Lo llevaba envuelto en una capa andrajosa y usaba la azada de bastón. Tamawaki quería vivir tan bien como los demás y, aunque nunca escatimó en sus relaciones, la gente honrada y con clase prefirió guardar las distancias. La triste realidad es que siempre se rodeó de tipos cuestionables. —Entonces, espere, ¿qué tipo de persona es su esposa? El monje asintió y tosió: —Buena pregunta. Ella debe de tener veintitrés o veinticuatro años. Como mucho veinticinco. —¿¡Y ya tiene tres hijos!? Usted dijo que uno de ellos tenía trece años. —Sí, pero ninguno es hijo suyo. —¿Son sus hijastros? —Correcto. Los tres vienen de un matrimonio anterior. También hay una historia sobre la primera esposa de Tamawaki, pero la dejaré para otro día. Tamawaki se casó con Mio hace dos o tres años. Y aquí está la clave: nadie sabe nada sobre ella. Ni dónde nació, ni dónde creció, ni de quién es hija, ni si tiene hermanos. No tenemos la menor idea. ¿Le fue entregada a Tamawaki como garantía de un préstamo? ¿La compró? Algunos decían que era hija de un aristócrata endeudado. Otros, que venía de una familia rica que ahora está en la ruina. Algunos estaban convencidos de que era una geisha de alto rango o de que había sido prostituta de clase superior. Los rumores volaban de aquí para allá, incluida la extraña teoría que afirmaba que era el espíritu guardián de un estanque insondable. Nadie sabía quién era en realidad.
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