La serpiente

4102 Palabras
«¿Por qué me habré hospedado en una casa tan ruidosa?», me pregunté en mitad de la calurosa noche de verano. Mientras ahuyentaba el ruidoso mosquito que rondaba mis mejillas, contemplé desde el balcón las rocas y los árboles del jardín. Junto a los cojines había un fumigador de mosquitos en el interior de un recipiente de barro. Lo utilicé y emitió un tufo azulado. No corría aire y la nube me rodeó como una bruma, pero eso no disuadió a los molestos mosquitos. Pensé que se debía a las dos o tres copas que había tomado en la cena; mi aliento estaba probablemente impregnado de un aroma alcohólico. No debí beber tanto, pero tenía sed y no pude evitarlo. Ahora me arrepentía de haberlo hecho. Cuando me condujeron a mi habitación conté al pasar el número de dormitorios. Aquel era sin duda un lugar con historia, en las montañas de Shinshū y cerca de la estación del tren. Una de las habitaciones estaba ocupada, pues se escuchaba la voz de una mujer. Hablaba tan rápido que era imposible entender sus palabras. Su tono era monótono, como si contara las cuentas de un rosario budista, y repetía sin cesar una palabra propia del dialecto local que según tenía entendido quería decir: «¿Verdad?». Puse atención y me quedé un rato escuchando, pero no oí palabra alguna de su interlocutor. Al parecer, la mujer estaba hablando sola. En ese momento apareció el anciano que me recibió a mi llegada, un hombre llamado Seikichi. —Siento las molestias. Es que tenemos en casa a una enferma, y es muy ruidosa —se disculpó. No sabía que los enfermos hablaran sin cesar. ¿Estaría loca? Aunque no entendía sus palabras, su tono de su voz era de súplica. Las campanas de un reloj resonaron a lo lejos. Saqué el mío del bolsillo y descubrí que ya eran las diez. La luna alumbraba el pequeño jardín con un destello pálido ligeramente extraño. El sol había secado la lluvia que me sorprendió el día anterior en el camino montañoso, pero la hierba seguía húmeda. «Aquí hace fresco, señor», me dijo el anciano al atardecer. En ese momento había allí un sapo enorme que abría la boca sin cesar. Estaba cazando los mosquitos que tanto odiaba, así que, al recordarlo, miré la fuente, pero ya no estaba ahí. La habitación, que tenía acceso a la contigua a través del balcón, constaba de ocho tatamis. Sobre el tokonoma pintado de n***o colgaba un paisaje borroso de algún maestro de la Escuela Sureña de China. Junto a la puerta corredera, ahora cerrada, había un poema de Du Fu en una caligrafía gruesa y vulgar. Me pareció oír un ruido. Miré la puerta corredera, en cuya base de bambú, iluminada por la luz borrosa de la lámpara, habían escrito «Armonía». Se abrió y apareció de nuevo el anciano, que llevaba un viejo kimono ligero y un hakama[14]. —Ya he preparado la cama. Que descanse. —Se lo agradezco, pero todavía no puedo dormir. Es usted de aquí, ¿verdad? Por su acento no lo parece. —Sí, soy de aquí, aunque en mi juventud trabajé en Tokio como sirviente. Por eso mi acento es distinto —me dijo mientras se rascaba la calva. Con el paso de las horas, el silencio se había hecho en el edificio y se escuchaba con mayor nitidez la voz de la mujer. No pude evitar incorporarme. —Lo siento mucho. Es realmente ruidosa, ¿verdad? —me dijo el anciano. Parecía asustado y sentí un poco de lástima por él. Cuanto más escuchaba, más misterioso me parecía, y aunque sabía que era algo indiscret[15], decidí preguntar quién diantres era aquella mujer. Seikichi apoyó la mano derecha en el tatami y se dispuso a ponerse en pie. —¿Necesita algo más? —me preguntó. —Nada en concreto. Pero, si no está ocupado, quisiera preguntarle algo. —Dígame —respondió, y volvió a sentarse. —No es su costumbre quedarse levantado hasta tan tarde, ¿verdad? ¿No le molesta que lo retenga aquí, conversando conmigo? —No hay problema. Esto no es una posada y normalmente nos acostamos temprano, pero esta noche celebraremos un velatorio y tengo tiempo. —¿Ha dicho velatorio? ¿Eso significa que ha fallecido alguien recientemente? —Sí. Mañana se cumplen veintisiete días de la muerte de la madre de mi señor. —Oh, entiendo. ¿Y no es un incordio tener que atender a un viajero y una enferma justo en la fecha del velatorio? Siento mucho causar molestias. Venga, en el balcón estaremos más frescos; salga para que podamos hablar a gusto. —Muchísimas gracias. Mire, para nosotros es un honor hospedar a alguien tan distinguido como usted, que viene de la oficina de prefectura. Sabemos las molestias que está encontrando, así que le estamos muy agradecidos por su comprensión —dijo el anciano. Al ver que el fumigador de mosquitos se estaba acabando, sacó uno nuevo y lo cambió. A continuación me respondió a todo lo que le pregunté. La familia que vivía en aquella casa se apellidaba Hodumi. Era uno de los tres clanes más acaudalados de la prefectura. El anterior patriarca del clan, que ya había fallecido, pagaba una gran cantidad de impuestos y estaba a punto de ser nombrado parlamentario cuando, debido a una enfermedad, tuvo que retirarse. Había sido un gran admirador de Shōzan Sakuma[16] y hasta el día de su muerte tuvo siempre cerca su Ensayos de la cárcel, un libro de poemas de lectura muy complicada. Al parecer había sido creyente budista. Siempre decía que los japoneses tenían que estudiar la cultura occidental, pero que no debían convertirse al cristianismo pues este era muy inferior al budismo. Era tanta su fe que se pasaba el día hablando de las bondades del budismo y recordando a todos que no debían olvidar las cuatro gratitudes. Todo esto me lo contó el anciano. Yo comprendía lo que quería decir; recordé que una de nuestras obligaciones con el Estado era «pagarle con nuestra gratitud». La esposa del patriarca era una mujer bondadosa que nunca negaba nada a su marido y siempre había tratado bien a sus criados, empezando por el propio Seikichi. Vivió mucho, hasta los ochenta años, y hasta el día de su muerte veintisiete días antes había dado limosna a diez pordioseros diarios, veinticinco centavos a cada uno de ellos. Algunos sirvientes jóvenes se burlaban de ella a sus espaldas y llamaban «convidados de la vieja» a los que acudían a recibir esas monedas. El matrimonio no tuvo hijos hasta que en 1868, el primer año de la era Meiji, la señora se quedó embarazada. Tenía cuarenta años. Se alegraron mucho, pero el médico frunció el ceño y dijo que nunca había atendido a una primípara de esa edad. A pesar de eso, el señor actual nació sin problemas, justo cuando abrieron la primera escuela de primaria de la región. Lo llamaron Chitaru. Seikichi había decidido dedicarse al comercio y pidió trabajo en una tienda de Nihonbashi con la que el patriarca tenía negocios. Le dijeron que no aceptaban hombres tan jóvenes, pero gracias a la recomendación de su señor le permitieron entrar como aprendiz. Durante la rebelión de Satsuma, en 1877, la tienda era uno de los pocos lugares donde se encontraban provisiones, lo que les generó grandes ganancias. Como ya llevaba bastante tiempo trabajando allí, el dueño de la tienda le prometió buscarle una esposa y convertirlo en su socio, pero entonces falleció el patriarca de la familia Hodumi. Tenía sesenta y cinco años y había sufrido un derrame cerebral. Sus últimas palabras a su esposa antes de morir fueron: «Pide ayuda a Seikichi». Entonces Seikichi agarró todo lo que tenía y regresó con los Hodumi. La señora ya superaba los cincuenta y Chitaru acababa de ingresar en un instituto de Nagano. Dada la situación, Seikichi tuvo que encargarse de todos los asuntos de la familia Hodumi y no llegó a casarse nunca. Chitaru era un buen chico, aunque un poco débil. Se le daba bien estudiar y, siguiendo los deseos de su difunto padre, se preparó para ir a la universidad. Su madre se quedaba a dormir en el templo budista donde yacía su marido y esperaba con anhelo las vacaciones de verano y de fin de año. Entonces, la salud del joven comenzó a empeorar. Cada vez que se esforzaba demasiado en sus estudios, se mareaba y desmayaba. Una vez se desplomó en el auditorio y sus compañeros tuvieron que llevarlo al templo. A pesar de ello, se graduó y se marchó a Tokio para hacer el examen de acceso a la universidad. Suspendió varias veces. Su madre no consideraba adecuado que se forzara y le recomendó que entrara en Waseda. El muchacho se resignó y siguió su consejo. Cuando llegó a la edad adulta se presentó a las pruebas para el servicio militar voluntario, pero no aprobó el examen físico. Se graduó en Waseda justo cuando estalló la guerra c***o-japonesa. Como ya era un hombre adulto, le cedieron la administración de los negocios de los Hodumi, que hasta entonces había llevado su madre. «Seikichi, encárgate tú de ellos, adminístralos como has hecho hasta ahora», le dijo Chitam, sin mostrar interés alguno por ocuparse de tales asuntos. La señora ya había superado los sesenta y había decidido retirarse, por lo que el sirviente tuvo que volver a encargarse de todos los negocios de la familia. Aunque Chitaru era un buen hombre, había algo en él que a Seikichi no le cuadraba. Se había casado al año siguiente de volver de Tokio, con veinticuatro años. Su esposa, Otoyo, pertenecía a un antiguo clan de la misma localidad, de clase inferior a los Hodumi, y también acababa de volver tras estudiar en Tokio. Se decía que un hombre de Echigo había dicho tras verla que, si bien su tierra era un lugar de mujeres bellas, nunca había visto ninguna como ella. Cuando eran pequeños todo el mundo decía que Chitaru y Otoyo hacían muy buena pareja y, aunque era broma, lo cierto era que congeniaban bien. Se rumoreaba que la chica se había marchado a estudiar a Tokio para estar a la altura de Chitaru cuando se casara con él. Y, justo cuando cumplió los dieciocho, volvió de la capital. Cuando la madre de Chitaru le preguntó qué opinaba de un posible matrimonio, este le respondió que le daba igual. La mujer lo tomó como un sí, se alegró mucho y de inmediato comenzó con los preparativos. La otra familia también estuvo de acuerdo, y el mediador les confirmó que Otoyo había aceptado. Su compromiso fue publicado en todos los periódicos de Nagano y tanto parientes como desconocidos enviaron sus felicitaciones a la pareja. Todos estaban alborotados por la boda; el único que no parecía contento era el viejo Seikichi, que estaba preocupado por la expresión tranquila del rostro de Chitaru. Le recordaba un momento de su propia vida, cuando el dueño de la tienda le prometió, a los treinta y cinco años, que iba a buscarle una esposa. Como no sabía quién era ni cómo sería, pasó varios días nervioso y sin poder concentrarse en el trabajo. Por esa razón le preocupaban las palabras que Chitaru había pronunciado, que le daba igual casarse. No le importaba nada. No le interesaba el negocio familiar y tampoco su esposa, pero Seikichi era el único que pensaba que esa era la verdadera esencia de Chitaru. Se celebró la boda y a la mañana siguiente se encontraron todos en el desayuno. Hasta ese momento solían sentarse en la cabecera la señora y su hijo, y Seikichi ocupaba el lugar más alejado. Esta había sido la costumbre desde la muerte del patriarca. Algunos parientes gustaban de meter las narices y entrometerse, pero en ese punto no mostraron ninguna crítica. Esa mañana, Chitaru estaba flanqueado por su madre y su esposa. La señora estaba muy contenta por tener a su nuera en casa y no dejaba de hablar a su hijo. Otoyo los escuchaba en silencio; apenas comió nada y fue la primera en retirarse. El anciano, que observaba desde lejos, pensó que quizá se había sentido un poco aislada de la conversación, y lo mismo debieron suponer la señora y su hijo. Sin embargo, actuó de la misma manera en la comida y en la cena: Otoyo siempre era la primera en levantarse de la mesa. A partir del día siguiente, poniendo como pretexto que estaba ocupada, empezó a llegar tarde al comedor. Chitaru le preguntó por qué lo hacía y ella le confesó que odiaba las charlas de su suegra. Aquella era una regla que había establecido el patriarca anterior: mientras comían solían hablar de las cosas buenas que habían pasado en el vecindario, como si estuvieran repasando el periódico local. Si no había ocurrido nada, hablaban del libro que habían leído el día anterior o de cualquier otra cosa. A Chitaru le parecía extraña la actitud de su esposa. Era cierto que sus charlas sobre las cosas buenas podían ser aburridas, pero difícilmente las consideraría una tortura. Cuando preguntó a su esposa por qué le resultaban tan insoportables, ella le dijo que odiaba aquellas historias tan hipócritas. Cuando lo supo, la señora se esforzó por hablar menos, tanto que dejó de hacerlo casi por completo. El hogar de los Hodumi se convirtió en una casa silenciosa. Después de oír la historia, la puerta corredera que tenía escrito «Armonía», por la que había entrado el viejo Seikichi, se abrió de nuevo sigilosamente. Entró un hombre bien vestido de unos cuarenta años. Llevaba puesto un haori[17] n***o y blanco de lino de Satsuma. —Soy el dueño de esta casa, me llamo Chitaru Hodumi —dijo con nerviosismo—. Doctor, le extrañará que no haya venido a saludarlo sabiendo que estaba usted aquí, y más ahora que lo molesto de improviso, pero desde hace unas semanas no me siento bien y he estado, descansando. Cuando me avisaron de su visita estuve tentado a negarme porque mi madre había fallecido, pero como las desgracias son constantes y este viejo parecía tan deprimido, pensé que la presencia de un distinguido académico como usted lo animaría. Creo que Seikichi le ha contado nuestra historia. Mire, la situación de nuestra familia es realmente trágica. »He estado en la habitación contigua hasta hace un momento. Sé que es de mala educación escuchar a escondidas, y me disculpo por ello. Como le ha contado el viejo Seikichi, desde pequeño he hecho sufrir a mi madre, y al final he dejado que muriera en la soledad de esta casa. Cuidé de ella hasta donde pude, pero en sus últimos años hizo de mi matrimonio un infierno. Muchos me habrían aconsejado separarme de mi esposa, pues no hemos llegado a tener hijos y su mal no se cura fácilmente, pero lo cierto es que nunca ha actuado con maldad; simplemente, no se llevaba bien con mi madre. Podríamos habernos separado o podría haberme ido de casa, pero mi esposa no lo habría aceptado. Si hubiéramos terminado en los tribunales, nuestra reputación se hubiera visto dañada; los Hodumi somos una familia muy conocida en Shinshū y no quería que los periódicos publicaran nuestros problemas íntimos. Así llevamos ya catorce o quince años. »El viejo Seikichi es un hombre íntegro, como ha podido comprobar, y ha tenido mucho aguante. Ha guardado silencio siempre, pero al parecer piensa que soy un mal hijo y que me pierde el amor por mi esposa. Esa no es la verdad. No puedo negar que me falta decisión, quizá porque no he tenido nunca una meta en la vida. No conseguí entrar en la universidad, por lo que carezco de estudios superiores. Si hubiera contado con unos principios éticos sólidos, unos por los que no me hubiera importado sacrificarme, quizá no habríamos llegado a este punto. Si no me hubieran importado las críticas de la sociedad, si no me importara la muerte, ni siquiera la mía propia, quizá habría podido hacer algo. Pero carezco de todo ello, y el problema sigue sin resolverse. Y al final mi madre ha fallecido y mi esposa se ha vuelto loca. No sé qué me deparará el futuro. Los ojos enrojecidos del patriarca me observaban fijamente. Sentí miedo. El viejo Seikichi miraba hacia abajo con los brazos cruzados. Sonaron las campanas del reloj, anunciando que eran las once. —Entonces, ¿era su esposa la persona que estaba hablando hace un rato? —le pregunté. —Así es. Se pasa así todo el día. Sufre alucinaciones y no deja de hablar de esa manera. No se duerme hasta quedar exhausta. —Ya veo. Según me ha contado Seikichi, su esposa odiaba las charlas de sobremesa sobre las cosas buenas. Así fue como comenzó todo, pero ¿a qué se debió? —En realidad es una tontería. Según mi esposa, no existe la verdadera bondad. Si existiera, en un país como el nuestro apenas tendría esa virtud una persona, y nos sería imposible hallarla porque alguien así aparecería una vez cada mil años. Por tanto, cuando alguien hace o dice algo bueno, lo hace para quedar bien o porque gana algo con ello. Para ella eso era trampa. Como nadie hablaba con orgullo de las cosas malas que hacía, y las buenas eran mentira, lo mejor era quedarse callado. A mí me parecía una tontería, pero también me parecía significativo. El año pasado, un amigo del colegio con quien me llevaba muy bien en Tokio vino a unas termas cercanas y pasó por mi casa para saludarme. Me contó que se había casado y había tenido muchos hijos. No obstante, su mujer no reconocía la authority[18] y no le hacía ningún caso. Él le había dicho que eso ofendería a sus padres, a sus jefes, a los dioses, a Buda, incluso a la Divina Providencia, pero no consiguió convencerla. Al parecer, las mujeres que estudian en las universidades feministas salen de ellas con ideas anarquistas o socialistas. En ese momento me pareció un absurdo, pero después de pensarlo me di cuenta de que mi esposa tampoco admitía ninguna autoridad. Las mujeres de hoy en día se niegan a obedecer y luchan como animales compitiendo por la supervivencia. ¿Por qué será? —Es lo que ocurre si se las deja ser como quieren. Recuerde que todo niño es égoiste[19] al nacer. —Pero ¿por qué son tan diferentes a los varones? —Eso es sencillo: en los hombres la razón está por encima de cualquier otro sentimiento. Hace un rato me dijo que no tenía un objetivo en la vida, ¿verdad? Pero, aunque no lo tenga, sabe bien que la sociedad se rige por intereses. Sabe que, si mantiene una actitud egoísta, su posición en la sociedad se verá dañada. Y por eso se contiene. Lo mismo puede decirse de las mujeres cuya razón está por encima de sus sentimientos, por pocas que haya así. Generalmente, los hombres reconocemos el conflicto de intereses y optamos por la prudencia. —Ah, entiendo. Si no se enseña a los bebés a tener cuidado con las cosas rojas, pueden intentar tocar el fuego, ¿no? De la misma manera, las mujeres se muestran oportunistas y eso termina por destruirlas. —Así es. Por eso se tiene que hacer llorar a los bebés para que no toquen el fuego; no se debe tratar a los bebés como si fueran adultos. Tanto los anarquistas como los socialistas están equivocados, ya que consideran que los humanos tienen uso de razón desde pequeños. Se trata de un problema de derechos electorales. El futuro nos llevará a un pluralismo político, pero sus ideas nos van a complicar la existencia. Mire, en términos de égalité[20] están errados desde su base ideológica. Dado que las mujeres no pueden ver más allá y caminan hacia la autodestrucción si se les da libertad, la única alternativa es detenerlas con violencia. —Doctor, ¿eso piensa usted? He oído que en Alemania se permite a los profesores pegar con un látigo a sus estudiantes. También he escuchado que los maridos pueden pegar a sus esposas. ¿Usted tampoco vería ningún problema con eso, doctor? Sonreí sin proponérmelo. —No he pensado demasiado en ello. Hace un tiempo escribí para un periódico que en Francia, como en Gran Bretaña, algunos ven con buenos ojos el castigo físico. Pero Bernard Shaw escribió un texto al respecto que lo refutaba. Solo se debería tomar ese tipo de medidas en situaciones extremas. No sería correcto que lo hicieran todos los profesores, ni tampoco todos los maridos. —Por supuesto, así debería ser. Como sea, si en algún momento hubiera recurrido a los golpes, mi pobre esposa no habría terminado así. Oh, qué lástima de mi difunta madre, y qué lástima de mi esposa. El hombre se quedó pensativo. —¿Por qué se encuentra en ese estado? ¿Cuál fue el motivo? —le pregunté. El viejo Seikichi estiró los brazos y movió las rodillas. —Es complicado de explicar. Estaba pensando en consultárselo, ya que es usted un doctor en ciencia. Lo que voy a contarle a continuación ocurrió la noche del shonanuka[21]. Otoyo acudió al altar budista de la casa para poner incienso y encontró allí una gran serpiente enroscada alrededor de una calavera. El animal levantó la cabeza y se quedó mirándola fijamente. Ella gritó, se desmayó, y al despertar ya estaba como ahora. Nos asustamos, así que ordenamos que alguien atrapara a la serpiente y se deshiciera de ella. El señor Chitaru nos dijo que las serpientes eran sensibles a la presión atmosférica y que antes de las grandes tormentas solían aparecer en las casas; que ese animal estuviera en el altar budista había sido una coincidencia. No obstante, a la mañana siguiente descubrimos que la serpiente había vuelto. No quería que la gente se enterara, pues ya se rumoreaba que Otoyo había enfermado como castigo por haber tratado mal a su suegra. Lo consulté con Chitaru y me dijo que lo olvidara, que la serpiente se marcharía cuando quisiera. Sé que se trata de una superstición y me da verdadera vergüenza pero, como usted está aquí, me gustaría que la examinara. Chitaru estaba callado y parecía angustiado. —¿Aún está allí? —pregunté al anciano. —Sí. —Bien —le dije, tirando el habano que estaba fumando—. Muéstremela de inmediato. El anciano me guio hasta el altar budista, que tenía casi cuatro metros de ancho. En él había varias velas encendidas y varillas de incienso en un gran recipiente de bronce. En el centro había una estela funeraria de color blanco, probablemente la de la señora difunta. Más allá del incensario encontré a la serpiente. Se trataba de una gran serpiente ratonera. Parecía estar muy bien alimentada, gorda incluso, y estaba enroscada alrededor de una calavera. Contemplé el techo del altar budista; era de madera gruesa, pero se encontraba descuidado y tenía un color n***o profundo. A mi lado, el anciano entonaba unos sutras. Chitaru me había seguido como un somnambule[22] y se había detenido a mi espalda. —¿No habrá cerca de aquí un almacén de arroz? —pregunté al anciano. —Sí, a unos dos metros en línea recta siguiendo el pasillo. —De ahí ha salido. Los animales son seres de costumbres y, una vez instalados en un lugar, siempre vuelven al mismo. No es nada misterioso. Sea como sea, yo me quedaré con la serpiente. El anciano abrió los ojos con sorpresa. —Llamaré a alguien joven. —No lo haga; fue buena idea evitar que los demás se enteraran. Yo mismo atraparé a la serpiente. Si hubiera sido venenosa habría necesitado un palo, pero se trata de una simple ratonera, así que no será necesario. En mi equipaje hay una canasta hecha de cuerda donde ayer me pusieron un salvelino[23]. Por favor, tráigamela si no es molestia —pedí al anciano. El hombre me la trajo de inmediato. Agarré bien la serpiente y tiré de ella para mantenerla colgando en el aire. Le agarré la cabeza y trató de enroscarse alrededor de mi cuerpo, pero no logró llegar hasta mi mano. La metí dentro de la canasta y cerré la tapa. Acababan de dar las doce. A la mañana siguiente, antes de marcharme, les pregunté qué médico se estaba ocupando de la esposa de Chitaru y me hablaron de un psiquiatra de Nagano. Como eran una familia importante y podían permitírselo, les aconsejé que llamaran a un especialista de Tokio.
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR