A medianoche, fuera del chodai, Kesa, con la manga del kimono entre los dientes, da la espalda a la lámpara que ilumina la habitación, pensativa. Monólogo de Kesa ¿Vendrá? ¿No vendrá? Bien, no creo que haya cambiado de parecer; se va poniendo la luna y no oigo sus pasos. Si no viniera… Ah, tendría que vivir nuevamente, día tras día, como una mujer indigna. ¡Cómo atreverme a un proceder tan audaz y deshonesto! Seré como cualquier c*****r abandonado en el camino, puesto que deberé callar, como una muda, aunque muestre toda mi vergüenza por el ultraje padecido. De llegar a eso, no acabaría de morir ni después de muerta. No, no, él ha de venir, seguramente. Estoy convencida desde que observé sus ojos cuando nos despedimos la última vez. Él me teme. Me teme aunque me odia y me desprecia. Si realmente me tuviera fe, no dudaría. Pero confío en él. Confío en su egoísmo. Quiero decir, estoy segura del miedo abyecto que le inspira su propio egoísmo. Por eso puedo decir que vendrá esta noche, infaliblemente… Pero ahora que no puedo creer más en mí, ¡qué miserable me siento! Hace tres años yo estaba segura, confiaba sobre todo en mi belleza. Quizá fuera más acertado decir «hasta aquel día», que «hace tres años». Ese día en casa de mi tía, cuando me encontré frente a él en la habitación, una sola mirada bastó para ver reflejada en su alma mi propia miseria. Afectando inocencia, Moritô trataba de seducirme con palabras amables e insinuantes. Pero ¿qué consuelo cabe en el alma de una mujer que ha descubierto su propia corrupción? Me sentía mortificada, horrorizada y triste. Prefería la terrible angustia de aquella vez, en que siendo niña, vi un eclipse en brazos del aya. Todos mis ensueños se disiparon. Después, ciñó mi cuerpo una tristeza semejante a un amanecer después de la lluvia… Sentí el temblor de esa tristeza; y por fin entregué a aquel hombre este cuerpo, este cuerpo hecho c*****r. A ese hombre que no amo, que me odia y que es un mujeriego… ¿No habré podido sobreponerme a la angustia que sentí cuando comprendí mi propia pobreza? ¿Acaso habré querido disimular todo con aquel fugaz instante, cálido y delicioso, en que me entregué ocultando mi cara en su pecho? ¿O es que, como él, actué únicamente por instinto, con ese oscuro impulso del deseo? De sólo pensarlo me siento morir de vergüenza, ¡de vergüenza, de vergüenza! Aunque luchaba por no llorar de ira y de tristeza, las lágrimas me brotaban sin cesar. Pero no por el solo hecho de que me hubiese violado. Era la angustia y el dolor de ser violada y a la vez humillada, como un perro leproso al que no sólo desprecian sino que maltratan. Pero ¿qué fue lo que hice «después»? Guardo un vago recuerdo, como si todo eso perteneciera a un pasado ya lejano. Recuerdo el instante en que, llorando todavía, sentí en mi oreja el roce de sus bigotes y oí en un susurro su voz cálida diciendo: «¡Matemos a Wataru!». Al escucharlo, no sé bien por qué, me sentí extrañamente aliviada. ¿Aliviada? Si pudiera usar la metáfora de que la luz de luna es luminosa, tal vez lo que sentí en ese momento fue, sí, una especie de alivio, aunque ese alivio fuera el claro de luna y no la claridad del sol. Pensándolo bien, ¿no podría ser que esa terrible frase de Moritô hubiese logrado consolarme en cierto modo? ¡Ah! ¿Es posible que yo, la mujer, se complazca en ser amada por un hombre aun al precio de matar a su propio marido? Seguí llorando con ese sentimiento del claro de luna, triste y aliviada a la vez. ¿Después… después?… ¿Cuándo habré aceptado el plan para ultimar a Wataru con su complicidad? A decir verdad, en el mismo momento de aceptarlo fue cuando recordé a mi marido. Sinceramente, era la primera vez que pensaba en él. Hasta ese momento sólo había pensado intensamente en mí, solamente en mí, que había sido injuriada de ese modo. Pero en aquel instante pensé en mi esposo, en mi tímido esposo… No, no pensé en él, sino que lo «recordé» con tanta nitidez como si lo hubiese tenido delante de mis ojos; con su cara sonriente, como cuando quiere decirme algo. ¿Es posible que haya sido precisamente cuando decidí ejecutar «mi» plan, el momento en que recordé el rostro sonriente de mi marido? En ese mismo instante me decidí a morir, y hasta me sentí feliz de haber tomado esa resolución. Pero cuando dejé de llorar y lo miré otra vez, y de nuevo vi reflejada en él mi propia miseria, sentí que toda mi alegría se esfumaba. Entonces —vuelvo a recordar la angustia de cuando vi el eclipse con mi aya— fue como si de pronto desapareciera todo lo que de maldito y misterioso encerraba aquella alegría. ¿Significa que amo a mi marido por el solo hecho de haberme decidido a morir por él? No, no puede ser… obedezco únicamente al propósito de rehabilitarme, con el pretexto de sacrificarme por mi marido… Yo, que carezco de valor para suicidarme…, con un corazón mezquino que teme la malicia de los otros… Pero eso podría serme perdonado. Puesto que hay algo más; fui aún más miserable, más ruin. ¿Acaso no quería vengarme del desprecio de aquel hombre y de su bajeza con el pretexto de esta abnegación final? Como corroborándolo, cuando vi el rostro de ese hombre, la extraña sensación —lúcida como la luz de la luna— se desvaneció, y al instante la congoja heló mi corazón. Yo no muero por mi marido. Yo me propongo morir para mí misma. Estoy dispuesta a ello para vengar la humillación y el rencor que conservo de la infamia. ¡Ay!, ni merezco seguir en esta vida, ni soy digna de morir. Pero, después de todo, nadie sabe cuánto mejor es morir esta muerte que seguir viviendo. Aun en mi angustia, repetidas veces le aseguré, sonriendo, que cumpliría la promesa de matar a mi marido. Y él, que es bastante sensible, habrá imaginado a través de esas palabras de lo que sería capaz si él dejara de hacerlo. Esto significa que habiendo empeñado su palabra, es imposible que esta noche deje de venir… ¿Será el rumor del viento…? Al pensar que la angustia y el sufrimiento que me torturan desde aquel día pueden desaparecer hoy mismo, siento que mis nervios descansan. El sol de mañana bañará fríamente mi cuerpo sin cabeza. Cuando mi marido me descubra… No, no pensaré en él. Wataru me ama. Pero yo no tengo fuerzas para hacer algo por su amor. Hace tiempo que sólo puedo amar a un hombre. Ese hombre es, justamente, el que vendrá esta noche para matarme. Hasta la débil llama de esta lámpara resulta luminosa para mí, maltratada como he sido por el hombre que amo… Kesa apaga la luz. Un momento después, se oye un ruido leve al abrirse la puerta del jardín. La luna irradia una suave claridad.