La patética historia de Han-Bayū (sin edición)

4051 Palabras
Introducción. La historia de Kanyuja Basghat. •El origen de la vida y el nombre de la diosa. Una leyenda sin fecha aparentemente, quizá maculada por pena a mano de la vanidad del hombre, costando admitir en las jerarquías —significan nada a la muerte imparable— la sumisión ante las deidades y espíritus del otro mundo. Nadie supo quién era y como apareció en la séptima isla del continente, la dama de pelo largo, tan largo que tocaba tierra y hacia nacer lo imposible. Comencemos por detallar primero los inicios tristes de este lado del mundo. Mientras los dioses de la corte Alfa y Omega lidiaban como humanos los asuntos propios de la mediocridad divina —recordemos, creamos los dioses a imagen y semejanza del orgullo—, disputando ridículamente su trabajo para las creaciones en los pedazos que pronto se llamarían naciones e imperios, había una desolada cantidad de islas abandonadas con grupos nómadas. A diferencia y mucha diferencia, los nómadas de las islas lejanas no poseían magia como los cercanos a los dioses Alfa y Omega. Las tierras muertas, ríos con poca agua, mar tenebroso rodeado de criaturas abismales capaces de devorar lo que apenas sintieran sus branquias. Aislados, morían uno a uno de inanición o por sus propias manos para deshaogar la desesperación de supervivencia. No existía el amor y no existía la paz que ablandara los corazones bárbaros de los nómadas dejados a su suerte por los dioses del otro lado del mundo. El sol era un punto opacado, siempre detrás de una película mortecina formada por nubes lánguidas. Imagínate levantarte cada mañana con la sensación de ser un desgraciado, no tener nada que comer, hacer, beber y combatir por intentar seguir viviendo. A veces los nómadas de estas islas se comían unos con otros aunque fueran hermanos de un mismo molde. En un glorioso y santificado paisaje nocturno. Escinde un cometa el firmamento n***o, dejando una estela lumínica maravillosa. Se agruparon asustados, gritando guturales, saltando, levantando lanzas de bambú. Caía una estrella, parecía una lágrima, tal vez era ésta la lágrima de una deidad más poderosa que cualquier dios Alfa y Omega. Se estrelló en la séptima isla. El resplandor naranja los alumbró en masa incinerando las retinas de beldad. Cubrieron los ojos con las manos al unísono, miles de habitantes aborígenes con el corazón sonando tal cual un frenético tambor. Retomemos la dama de cabellos largos, porque la lágrima de esperanza para aquellos desdichados fue la criatura que se levantó del cráter. Radiante con un halo arcoiris derredor, desnuda totalmente, cuatro brazos, cuatro manos, cuatro piernas y tres ojos. Arqueó las primeras extremidades, las segundas las unió haciendo la forma de un círculo. Musitó dos monosílabos: No Soy. ¡Acarició los cabellos la tierra! Nació hierbas, prados, planicies, árboles. Empezó a flotar manteniendo la posición, cada vez más su aura iluminaba como el día, borrando el gris del mundo afeado. Musitó dos monosílabos: Yo Soy. ¡Tembló rudo el universo! Surgió la lluvia, danzó el follaje con el viento, las fogatas cobraron vida y los monstruos en el mar peces se convirtieron, saltando, brillando sus cuerpos en colores inverosímiles, las escamas reproducían espectros sonoros. La diosa alzó sus brazos y una ballena cornuda de las profundidades emergió en eterna santidad, esbozó un arco dispersando las nubes oscuras, expulsó agua del orificio para bendecir a los habitantes de las islas. Desprovista del telón, las estrellas con gracia se hicieron notar y el plenilunio, estático astro de la noche, conoció a los nómadas. Ellos descubrieron los ojos, abrieron las bocas, recorrió el líquido hidratante la tráquea enferma hasta purificar el estómago. ¡Gruñían las olas rompiéndose con los bancos de arena! Posada en el cenit, hermana de la luna, transformó el tercer ojo en una piedra rojiza, ocultó los brazos y piernas de sobra, se cinceló a la pintura anatómica del ser humano, adoptando la semejanza física de una mujer. Al amanecer el mundo, los habitantes agradecidos se juntaron como hermanos verdaderos, existía la paz, existía el amor, circulaba la alegría de vivir en cada uno. Reunieron materiales, conocimiento y entusiasmo. En trescientos sesenta y cinco días, construyeron el templo para la diosa en la séptima isla, ella los orientó durante la construcción. La estructura era una pagoda inmensa, contaba con tres pararayos a modo de tricuspide y el tejado puntiagudo terminaba en una semicurva que dividía a cada cubículo en ascenso. Contó con un jardín Zen especial, donde los Bonsai bailaban cuando sentían entre sus ramas, la presencia de la diosa. Terminada la salvación de los habitantes eternamente agradecidos, continuaron construyendo la civilización con la continua supervisión bendita de ella. El nombre de Kanyuja significa «madre luna» y Basghat «salvadora de los cielos». Se originó cuando un niño aprendía el dialecto primitivo, se acercó la diosa para contemplarlo. Los padres habían narrado centenares de veces el origen del mundo al niño y cuan agradecido debe de estar con la deidad. Entonces ella lo cargó entre los brazos y entre risas dijo. —¡Kanyuja Basghat! Y todos siguieron el coro del niño reverenciando a Kanyuja Basghat. Ahora nos referiremos a la diosa por su nombre. •Los cuatro hijos del sol y el ego. El nacimiento del linaje de los emperadores data de incertidumbre. Pero en las tablillas de los nómadas de las islas amplía la continuación de la leyenda. Nadaba un hombre robusto en la línea del sol naciente, se sumergía para atravesar los peces en temporada con la lanza. Tal maestría de cacería le hizo ganar el apodo de Han-bayū «terror marino» llevaba a la orilla cantidades suficientes para alimentar a sus familiares alojados cerca de los llanos en tiendas de lona. Cuando podía y eran muchos los peces, alimentaba a la comunidad. Se decía que un día durante el ocaso, enfrentó un tiburón gigante que perturbó la calma de la cacería. Derrotándolo solamente con la lanza. Aquél entonces disfrutaron un banquete colectivo. La fama del pescador llegó a oídos de otros habitantes de las islas exteriores, especialmente a un tradicional guerrero nómada de la tercera isla apodado Ho-nōn >. Interesado por conocer al pescador, viajó en una tabla de madera usando sus brazos como remos. Llegó sin ápice de cansancio a la orilla, justo a tiempo para presenciar la voluptosa técnica de Han-bayū. El salir del agua de aquel hombre de ralos cabellos chorrantes a espalda broceanda el sol, admiró la silueta varonil que fue rodeado de mujeres y jóvenes para transportar los peces. De regreso, Honōn dormiría pensando en la fastuosa imagen de Han-bayū, lastimosamente despertó en sus emociones: la envidia. Él sólo era un guerrero, protegía de panteras, tigres y espíritus malignos a los nómadas, pero no traía alimentos. Se levantó ofuscado de cólera tras una pesadilla producto de su envidia creciente, cada vez que veía el mar, creía que Han-bayū surgiría para robar el amor de su gente. Pasaron los días y noches con la inquietud floreciendo en la cabeza, regándola con las fantasías que únicamente un hombre puede hacerse de otro superior a él. Las anécdotas de Honōn pasaron de boca en boca por los narradores y chamanes de las islas, llegando a los oídos del pescador. Han-bayū impulsado por las hazañas de Honōn, viajó nadando hasta la tercera isla. Presenció la ferocidad del guerrero defendiendo a los aterrados nómadas del ataque de una pareja de tigres hambrientos. No resultó herido, el primer felino se abalanzó con las fauces dispuestas a desgarrar el cuello; armado con una lanza de piedra afilada, Honōn concentrado, acumulando la experiencia, esperó paciente y como una sombra acechante, esquivó flexionando el cuerpo hasta tocar el suelo con el pecho, se abrió paso cuanto antes saltando y enterró la lanza en medio del cráneo del tigre; el pobre felino emitió un gemido sordo y falleció. El segundo aprendiendo del horror de su pareja, espabiló aterrado por el grito de guerra de Honōn, quien con las manos desnudas lo provocaba. El tigre hembra retrocedió lentamente hasta marcharse. Cuando la amenaza escaló la montaña y desapareció, Honōn fue aclamado por la comunidad. De buen corazón, humilde como modesto, se acercó inclinando el torso en señal de respeto al guerrero. Honōn sorprendido por el gesto de Han-bayū, lo miró con curiosidad. —He nadado durante noches gélidas, enfrentado demonios oceánicos, pero tú ¡enfrentas a los miedos de la gente siendo la sombra de su oponente! Honōn abrazó con fuerza a Han-bayū. —He visto con ojos de gaviota tu proeza en el mar, tu gente saluda y admira el talento que provees en comida —dijo Han-bayū arrepentido por dentro. Fue crucial el encuentro de ambos hombres talentosos, puesto que desarrollaron una profunda amistad. Honōn enseñó a Han-bayū a luchar y Han-bayū enseñó a Honōn a pescar. La fraternidad de los designados líderes de las islas, mismo designio otorgado por las personas, llegó a oídos del apodado espiritista Tsukara-Tara > de la segunda isla, conocido por sus poderes curativos y enseñanzas místicas. Carecía de un cuerpo para luchar y pescar, se había ganado el amor de la comunidad por los milagros, predicciones y rituales para favorecer los climas. Sin embargo, vivían azotados por la hambruna, descuidaban el aspecto físico y no les importaba morir devorados por los animales de las nieves. Enferma un día común y corriente de labor diaria, Honōn. El pescador preocupado, trata de ayudarlo cuanto puede con hierbas. Transcurrió el tiempo, avanzaba la enfermedad, consumiendo el fuego en la vida del guerrero, extinguiendo el brillo de sus ojos aguerridos. Llegó a los oídos de Han-bayū durante una noche de tristeza frente a la fogata, la anécdota de un sanador capaz de derrotar cada enfermedad. Con el apoyo de varias personas de la primera isla y la tercera, viajaron hasta la segunda isla y se dirigieron al altar donde estaba Tsukara-Tara. Los cristales de los cuatro elementos flotaban alrededor de él, atribuyendo un panorama paranormal, atravesando la neblina entre los monolitos con tallados sobre dialectos de una realidad intangible, Han-bayū con Honōn en la espalda se inclinó ante la figura enjuta del espiritista. —Tus milagros traen consigo bendiciones, escucho atento las historias que narra mi gente y te traigo afligido a mi hermano —dijo Han-bayū. Tsukara-Tara conmovido por llamar > al amigo, pero astuto como un zorro formula la propuesta a cambio del favor. —¡Oh! Traes generoso a tu hermano; como tu gente, nosotros también conocemos las historias que hay detrás de los rostros y como sabrás, conviene un pago para sanar al guerrero Honōn —dijo afilando las palabras de la propuesta. —Haré lo que sea por la vida de mi hermano —dijo Han-bayū. —Salvada su vida, enseñarás el arte de la pesca a nosotros y Honōn como agradecimiento enseñará el camino del guerrero. —Sonrió sintiendo tener el poder sobre ellos. —Acepto —se limitó a contestar Han-bayū. El ciclo de la luna se hacia infinito. Pasaron doce fases lunares y se ocultó el sol cuatrocientas veinte veces. Los nómadas de la segunda isla aprendieron a pescar durante éste tiempo. Recuperado Honōn, su hermano regocijado por comprobar en los dones sanadores de Tsukara-Tara, informó sobre el agradecimiento que debe al espiritista. —Mi gente me contó sobre tu valor para cruzar los mares, tu fuerza animal para cargarme cuesta arriba, tus prosas hermosas que me convirtieron en un hermano, debo más que mi vida a tu valía. Enseñaré el camino del guerrero a los habitantes de la comunidad. Permanecieron los años suficiente adoctrinando la sociedad para defenderse de los peligros que a oídos —por la mofa de los chismosos en la cuarta isla— de la artesana Yusha, llegó la travesía de los hermanos y el milagro que se celebra en la segunda isla. La nómada requería la atención de los tres, su gente no era guerrera, tampoco cazadores y necesitaban espiritistas. Su reconocimiento como domadora de las artes, fue un don de la naturaleza, por efectos del hado, Han-bayū, Honōn y Tsukara-Tara, querían ser retratados en una efigie para simbolizar a los líderes y su unión en cada isla. La gente conocedora de las artesanías de Yusha, no dudó en buscarla para ofrecerle la oportunidad. Ella no dudó en aprovechar la ocasión para pedir el pago: requería la instrucción de los tres a su gente. El día en que se alzó el monumento en cada isla, los líderes presenciaron sus propias sombras cuando el astro solar proyectaba la silueta en la arena de la orilla. Yusha alabada por los tres líderes, se hizo ella misma un efigie, entonces su comunidad la adoró por fortalecer gracias a su talento, las debilidades de la isla. Asentados los cuatro líderes, se creó la primera civilización en el continente. Pero, ¿qué ocurrió con Kanyuja? Mientras la comunidad venera a los líderes, la diosa en silencio, veía desde el templo los acontecimientos que se han narrado, los acontecimientos que causaron su olvido. Ella como deidad es bondadosa, no guarda rencor ni pésame por pasar a un segundo plano. Entendió que los seres humanos a quienes salvó de la inanición, oscuridad y brindó la luz que hoy tienen, lo agradecieron en su época y necesitan líderes reales, líderes con quienes puedan identificarse. Lo increíble es la comprensión de la diosa ante sus estimados protegidos, jamás negó multiplicar los peces cada año, jamás negó escuchar el ruego de Tsukara-Tara para curar a Honōn, jamás negó su conocimiento para guíar a la humanidad. Un latido vivo que transporta orígenes de sus antepasados, resuena en la conciencia de la pureza del pescador. Han-bayū se acerca en secreto cuando el sol se mantiene en consonancia con la línea del horizonte. Nada tan rápido que resulta inhumano. Llega a la orilla y sube las escaleras hasta la puerta del templo, arrodillándose, sus ojos lloran de tristeza. Kanyuja abre las dos puertas, se acerca flotando a Han-bayū. El único de los cuatro líderes en sentirse mal por no recordarla. —Lloras —dijo su melodiosa voz. —Vengo a buscar el perdón por olvidar agradecer a Su Santidad —dijo Han-bayū entre sollozos. —Debes perdonarte a ti mismo y sabrás que te he perdonado —contestó Kanyuja. La diosa se acercó y lo besó en los labios, un beso profundo. Han-bayū fue el primer hombre en recibir la bendición de Kanyuja. —Hijo del sol, puedes marcharte —concluyó y cerró las puertas lentamente. Había algo distinto en él, lo sintió cuando hubo dejado el templo. Acercándose a la isla, vio la efigie inexpresivo durante la vuelta del sol al planeta. Decidió derrumbarla. Sus ojos crispaban en color rojo, llamas diminutas alrededor del iris. La comunidad no tardó en señalar las anomalías en Han-bayū y hacerlas llegar a Honōn, pues había dejado de pescar, comer, hablar y socializar. Prefería vivir apartado de los demás, encargando la administración a Monomōka, su amante. Llegado el líder de la segunda isla, Han-bayū se había internado en un bosque de abetos durante la posición consolidada del sol con el horizonte. Marchó Honōn preocupado por los rumores de tal vez Han-bayū estar poseído por un ente maligno. Han-bayū lo encontraron en zazen cerca del borde del lago. Los discípulos del templo Zento cerca de Nanji en la actualidad, narran el encuentro de ésta manera: El maestro Han reposando de la tormenta, escuchó llegar a su hermano obstinado con la lluvia. —Regresa y disipa las nubes —ordenó su hermano. Silencioso, Han caminó hasta él, sostuvo la mirada y cayendo la hoja en la serenidad del lago, dispersando las ondas, habló. —Me pides disipar nubes, me pides cesar la lluvia. Ahora te pido, aclarar el paisaje primero. El encuentro en la realidad es diferente. Honōn privado del habla al ver a su hermano sumido en un calma pétrea, se acercó. —Hermano, estoy aquí para comprobar que estás sano y vivo para seguir liderando en la isla —dijo a un lado de él. No contesta. —Hermano, hablan desenfreandos pensando que estás poseído por un ente maligno. ¿Necesitas asistencia de Tsukara-Tara? Se rió, sí, Han-bayū se rió. —¿De qué te ríes, hermano? —preguntó un poco asustado. Han-bayū se levantó, extendió los párpados tan suave como una persiana descorriendose para hacer entrar la luz veraniega. —Un espíritu maligno posee a los hombres, capaz de alimentar sus egos para creerse sabios de toda respuesta carentes de certeza. —¿Qué espíritu mencionas, hermano? —preguntó suspirando de alivio, escuchando la voz de Han-bayū. —Ignorancia —contestó y enterró como una daga los ojos carmesí en Honōn. Alzó el mentón inflando el pecho, consideró un insulto ser llamado ignorante, aunque no fue dirigido a él su mente optó por revivir la envidia pasada. —Reconsidera tus palabras, hermano —dijo Honōn molesto. No contestó a las palabras. —Tienes voz para hablar y poseo oídos para escuchar. —Escuchas lo que quieres y eres sordo para lo que no quieres. La gravedad del insulto, considerado así por Honōn, sobrepasó los límites posibles. —Una última vez lo pediré, reconsidera tus palabras y olvidaré el asunto, Han-bayū. —Cuando todo pides te quedas sin nada y cuando olvidas más recuerdas el asunto —contestó inmutable Han-bayū. —¿Qué te ocurre? ¡¿Por qué hablas como una cosa?! —reprendió enfermo de molestia. —Kanyuja me iluminó y estamos equivocados, vendrán guerras si continuamos permitiendo que nos alaben de esta forma. —Visitaste a la diosa y callado estabas, eres un insensato —replicó Honōn, sordo ante la advertencia de Han-bayū. —¡Quiero proteger a mi gente de la desgracia, ella me nombró hijo del sol! La confesión enfureció definitivamente a Honōn. ¿Hijo del sol? ¡Él debería ser hijo del sol! Guerrero protector, líder, vencedor de enfermedades y un pescador lo sigue superando. Evocó la ayuda y escupió al suelo, deseó haber muerto por la enfermedad que ser pisoteado su honor por recibir apoyo de un miserable. —Aún tenemos tiempo para cambiar —dijo Han-bayū. Honōn tocando el fondo del abismo, con sus propias manos ahorcó a Han-bayū hasta dejarlo sin vida. El pescador no luchó, no forcejeó, vio con lágrimas de tristeza ser traicionado por su hermano y resistió para dejar su muerte grabada en la miseria de Honōn. Espirando el último aliento de Han-bayū, Honōn se autoproclamó hijo del sol. Regresó ignorando las preguntas de los ciudadanos, preparó a su gente armada en la tercera isla, invadió sin piedad a la primera isla, sitiándola en cuestión de horas. Honōn no quiso matar a Monomōka, pero ella decidió quitarse la vida en los prados cuando recibió la noticia de la traición. Un día antes de la autoinmolacion, se arrodilló en el temolo de Kanyuja, la diosa marcó una mariposa azul en el hombro. —La tierra te absorberá y mantendrás la eterna primavera en los prados —dijo Kanyuja lamentando el suceso de Honōn, bendiciendo el alma de Monomōka. El segundo hijo del sol, domina las dos islas, funda la aldea Nanji y en respeto del honor del s******o de Monomōka, llama a los prados con el nombre de la mujer. La isla se convierte en Hanbayū y la tercera isla se llamará Honōnba «sombra suprema». La salvaje invasión demoledora de Honōn, alertó a Tsukara-Tara. Como habíamos dicho que era astuto, buscó aliarse con Yusha. El éxito de la unión de ambas islas fue fructífera, se preparon para fortificar con muros de piedra las costas. Siguiendo el ejemplo del segundo hijo del sol, fundó la aldea Shinzuru y embriagado de los delirios místicos, llamó a la isla Tsutari «isla del invierno». Yusha no se quedaría atrás, fundaría la aldea Koyusha y llamaría a la isla Obunatawa «arte de la muerte». El ejército de Honōn se conformaba por cien hombres armados con lanzas. Consideró explorar el terreno, estaba enterado de la alianza de sus >. El grupo de expedición fue repelido desde los muros de piedra, Honōn ordenó fortificar las costas de ambas islas, empero Tsukara-Tara y Yusha vaticinaron la acción. En Hanbayū atracaron doscientas embarcaciones armadas y en Honōnba fueron sorprendidos por quinientas embarcaciones durante el ocaso. Honōn sorprendido, agrupó a sus hombres para enfrentar a los invasores. La batalla de Hanbayu dejó un manantial de sangre del bando contrario. Capturaron las tropas la costas luego de morir varios hombres y mujeres atravesados por lanzas, la puntería no fallaba y precisas eran las piedras del enemigo que provocaban hemorragias internas con el impacto adecuado. Cuando hubieron despejado la costa de los guerreros de Honōn, se dirigieron por los prados Monomōka hasta la aldea, allí fueron recibidos con la mayor concentración posible del ejército de Honōn, superiores en número. A penas la guerra había comenzado. En la invasión de Honōnba, la ventaja era superior. Sin dificultad asesinaron cuanto podían, arrasando a cada paso para dirigirse hasta el castillo inacabado de Honōn. Perdiendo la guerra cuando los cuatrocientos cincuenta hombres llegaron a rodear la aldea, poblar las calles y partir en búsqueda de la cabeza del líder. Tsukara-Tara había ordenado que trajeran a Honōn ante él para rociar su sangre y autoproclamarse el tercer hijo del sol, título que no querrá compartir con Yusha. Los deseos del espiritista serían concedidos, hallaron a Honōn intentando suicidarse pero el cobarde no tenía el valor de hacerlo. Amarrado, humillado, golpeado y torturado, lo llevaron hasta el altar de Tsukara-Tara en secreto de Yusha. Con una roca golpeó la cabeza de Honōn, una y otra vez. ¿Has tratado de abrir un coco? Con una roca golpeas hasta abrirla, extraer el jugo y comer de la pulpa. Tsukara-Tara escogió la piedra más puntiaguda para el proceso. Se mantuvo en la faena y se detuvo cuando rompió el cráneo, agachándose sorbió la sangre con los ojos en blanco, extasiado espiritualmente. Gritó al cielo y se autoproclamó como tercer hijo del sol. La luna huyó y reapareció quinces veces durante el asedio desmedido en Hanbayū. Derrotado Honōn, la noticia desmoralizó a los hombres, sin embargo la terquedad animal del ser humano para servir en copa el orgullo, estaba plantado en aquellos seres viles que no acabarían por rendirse. Puesto a la situación de desabastecimiento crítico en la aldea, amenazaron a los inocentes, amarrando a niños, padres, campesinos, ancianos y demás, todo aquel resistido a luchar debía morir con ellos. El plan de la débil celula de Honōn era reestablecer el honor escupido, haciendo arder con ellos, las vidas inocentes en ofrendas a Kanyuja para obtener un truculento perdón. ¡No habían llegado los cuatrocientos hombres a desembarcar cuando la aldea estaba siendo devorada en llamas! La diosa Kanyuja lloraba escuchando los alaridos de miles de vidas, reflejando como el oro en sus ojos las serpentinas llamas ondulantes. Vio el terrible acontecimiento desde la ventana del último cubículo de la pagoda. Deseaba intervenir, apagar el fuego y detener la guerra, pero por dentro sabía que la humanidad es agradecida para más tarde reprocharte. Murieron calcinados en el amanecer, no había rastro de vida y prevalecieron los aullidos en recuerdo del horror en cada rincón del sitio. Tsukara-Tara viajaría a Hanbayū para ofrecer plegarias que no devolverán las almas. Yusha visitó la aldea para compadecerse de la mezquindad humana. Como líderes, no cambiaron, el ser humano no cambia su sed de poder aunque le muestres mil cabezas decapitadas. Los siguientes en la lista serían ellos. Mantuvieron unos años de reflexión restaurando la aldea Nanji, poblandola de vida otra vez y dividiendo la administración entre ambos líderes. Tsukara-Tara el más astuto, esperó el descuido de Yusha para dirigir «expediciones» a la isla Obunatawa. Para la sopresa de Tsukara-Tara, Yusha era un monstruo perfido superior. Durante el reestablecimiento de Hanbayū y Honōnba a guía de la artesana, visitó seguidas veces a los hombres, entabló conversación y con los guerreros honorables, mantenía relaciones sexuales para afianzar el lazo de lealtad. La acción originó una oleada de amor fanático a la figura de Yusha como líder. Comprensiva, caritativa, premia a sus hombres y mujeres al contrario del ermitaño espiritista Tsukara-Tara que había visto la cara de unos cuantos sin gloria alguna. Las piezas estaban a su favor, Yusha tarde o temprano, organizaría una guerra civil en Tsutari mediante la habladuría de su gente sobre la falta de atención que Tsukara-Tara debía.
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