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1265 Palabras

Emilia se asomó a través de la ventana de Felipe, que era la que daba hacia la calle, para mirar abajo y lo vio allí. Seguía en el suelo, sin moverse, y estuvo muy tentada a llamar a la policía. —¿Qué haces, mami? –preguntó Santiago entrando a la habitación, y Emilia se giró a mirarlo. Le tendió una mano y el niño acudió a ella. Sin pensarlo mucho, lo abrazó apretándolo fuertemente en su pecho—. ¿Estás enferma? –preguntó el niño cuando la escuchó sollozar. ¿Cómo podía decirle ella lo que en verdad sentía?  Le besó la cabeza y le tomó el rostro, dándose cuenta de que todos esos rasgos de su hijo que ella no había logrado encontrar en su familia, venían del hombre que estaba allá abajo.  —Estoy bien, mi amor –le dijo—. Es sólo que te quiero. —Yo también te quiero. —Ah, qué bueno. Nunca

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