CONFUSION

1166 Palabras
**SERGIO** Pensándolo bien, la copa era una burla. Todo el éxito, toda la fama, todo el dinero que había ganado. Nada de eso importaba si Rita estaba en peligro. La noche anterior, mientras la euforia del triunfo aún resonaba en mis oídos, un presentimiento oscuro había comenzado a carcomer mi mente. La copa no era más que un trofeo vacío, un símbolo de logros que ahora parecían insignificantes ante la amenaza que acechaba a la mujer que amaba. La dejé sobre la mesa de centro con un golpe seco, como un acto de sentencia. El sonido resintió el silencio tenso de la habitación, reflejando el caos interno que me consumía. Era una rabia contenida y un pánico paralizante, una mezcla que no me dejaba pensar claramente. Mis manos temblaban de la ansiedad, y mi corazón latía con fuerza desbocada. Sin dudarlo, levanté el teléfono con dedos temblorosos y llamé a mi asistente. Cada segundo que pasaba parecía una eternidad en mi mente, cada palpitación, un recordatorio de que el tiempo se agotaba. —Necesito el primer vuelo a España. No me importa el costo, solo reserva —ordené con una voz dura, casi como un mandato. —Señor, ¿qué sucede? —preguntó mi asistente, con tono preocupado. —Nada. Solo necesito irme —mentí, pero la angustia en mi voz era inconfundible. Sabía que la verdad sería demasiado difícil de aceptar. El teléfono en mi oído empezó a sonar para confirmar la reserva, y en cuestión de minutos, ya estaba en camino al aeropuerto. Mientras el coche avanzaba por las calles heladas de Londres. Al llegar a España, de camino pasé por el resort. Parecía un microcosmos de calma en medio de la tormenta interna que me agitaba. La gente reía y bebía sin sospechar el remolino de emociones que me atravesaba. Pero mis ojos no se detenían en nadie, escudriñaban con intensidad, buscando algo que no podía describir. Era una sensación de urgencia, de que el tiempo se agotaba y que en ese lugar, en esa noche, podía estar la clave para entender lo que sucedía. Y entonces la vi. En uno de los salones semicerrados, entre risas y notas musicales, la encontré. Era una mujer hermosa, con una presencia que llenaba la habitación sin esfuerzo alguno. Su elegancia era magnética, una mezcla de sobriedad y gracia que me desarmó por completo. Se movía con una agilidad que parecía un baile, como si cada gesto estuviera coreográfico, como si el mundo para ella se detuviera en ese instante. La mirada que me cruzó fue rápida, fugaz, pero suficiente para dejarme cautivo. No la conocía, no había visto su rostro antes en mi vida, pero en ese instante supe que ella era alguien importante. Su aire de misterio y su sonrisa suave tenían un poder hipnótico, como si guardaran secretos que solo yo podía desenterrar. Cantaba una canción suave, una melodía que parecía envolver todo el ambiente, y sus caderas se movían al ritmo de la música con una naturalidad que me atravesó el alma. La imagen quedó grabada en mi mente, pero también en mi teléfono. Saqué mi teléfono instintivamente, sin querer romper la burbuja perfecta en la que parecía envolver esa mujer, y tomé una foto. No lo hice por capricho, no por una mera inspiración pasajera, sino por un instinto de protector, por un impulso de hombre que, en ese momento, sentía que debía registrar lo que parecía ser un momento crucial. La necesitaba en mi memoria, como un refugio ante la tormenta que se avecinaba. —¿Quién eres? —dijo de repente, sin girarse, como si supiera que estaba ahí. Me sorprendió su intuición. Me acerqué, con una sonrisa en mi rostro. —Hola. ¿Qué haces en este salón? —pregunté, fingiendo una curiosidad que en realidad era genuina. Ella se giró con agilidad. Sus ojos me miraron con una mezcla de sorpresa y desafío. Me examinó de arriba a abajo, como si intentara descifrar un acertijo. —Aquí pondré mi negocio. Estoy decorando —respondió. Su voz era tan clara y segura como la noche anterior, sin un solo rastro de duda. Me quedé en silencio, procesando la información. Un negocio. En mi resort. Nadie me había informado de esto. —¿Tu negocio? —pregunté, y mi voz se endureció ligeramente. —Sí —dijo, sin titubear—. Una boutique de alta costura. La miré, mi mente trabajando a toda velocidad. Una boutique. En mi resort. Sin mi permiso. ¿Quién era esta mujer? ¿Y por qué se sentía tan dueña de este lugar? Mi curiosidad se había transformado en un profundo sentido de intriga. —¿Tu negocio? —la pregunta me salió de la boca antes de que pudiera pensarlo. El asombro se mezclaba con una rabia creciente. ¿Quién se creía que era esta mujer? Mis ojos la recorrieron de pies a cabeza, y me di cuenta de que no había rastro de timidez en ella. Su postura era firme, su mirada desafiante. —Sí —replicó, y su voz no tenía ni un rastro de duda. Parecía la dueña de este lugar, y eso me irritaba profundamente—. Una boutique de alta costura. Pero ahora no está abierta al público, pronto será la inauguración. Mi cerebro trabajaba a toda velocidad. El complejo era mío. Los papeles estaban a mi nombre. Nadie podía hacer algo así sin mi autorización. Era una falta de respeto, una burla a la confianza que mi padre había depositado en mí. —¿Y quién te dio permiso? —pregunté, y mi voz se endureció, asumiendo el tono de un dueño que exige respuestas. Una sonrisa casi imperceptible se dibujó en sus labios. No una sonrisa de burla, sino una de confianza. —La dueña —respondió, como si fuera la respuesta más obvia del mundo. Me quedé en silencio. El aire en el salón se hizo denso. ¿Su padre? El único dueño de este lugar era yo, por herencia de mi padre. ¿Quién era ella, entonces? ¿Era una impostora o yo no estaba al tanto de algo? —No te entiendo. El resort me pertenece —solté, ya sin rodeos, asumiendo que mi declaración la pondría en su lugar. Ella me miró, y en sus ojos vi una genuina confusión. Una que me hizo dudar de mi propia realidad por un segundo. —Sé muy bien a quién le pertenece —dijo, su tono era tranquilo, casi condescendiente—. Y es precisamente por eso que estoy aquí. Mi amiga, la dueña, me dio su palabra. La conversación, que debía ser una confrontación, se había convertido en un acertijo. Yo era el dueño. Ella decía que su amiga era la dueña. Y en esa contradicción, me di cuenta de algo fundamental: esta mujer no tenía ni la más mínima idea de quién era yo. Y por primera vez en mucho tiempo, esa falta de conocimiento me puso en una posición de desventaja.
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