**MANUEL**
No perdí tiempo. Mi mano, firme y decidida, buscó el número de Sergio con precisión. En lugar de una llamada, opté por enviarle un mensaje de texto. No quería que mi voz traicionara la rabia que me consumía; prefería que mis palabras permanecieran frías, calculadas, directas.
“Te pido que te alejes de Rita. Mantente al margen de su vida.”
El mensaje fue claro, una advertencia tajante. No iba a andarme con rodeos ni a buscar excusas. En ese momento, cada segundo que pasaba sentía que el peligro acechaba más cerca, que mi hija estaba en riesgo, y mi instinto me decía sin dudar que Sergio, con su egoísmo y su indiferencia, tenía mucho que ver en esa amenaza.
La respuesta de Sergio fue casi instantánea. Sus palabras llegaron con un tono prepotente, con esa arrogancia que siempre lo caracterizó.
“¿Qué estás insinuando? ¿Qué sucede? ¿Cómo te atreves?”
Sentí cómo una punzada de culpa me atravesaba. La culpabilidad por no haber estado más presente en la vida de Rita, por esa distancia que, en parte, había sembrado a ella. Pero esa culpa se disipó rápidamente cuando recordé que Sergio, con su indiferencia y sus acciones, era uno de los motivos del tormento que padecía Rita en silencio.
Pensé en cómo responderle. Quería que la verdad le golpeara, que sintiera en carne propia el dolor que le había causado, que entendiera que su egoísmo, su cobardía, había puesto en peligro a Rita y a todos los que la amamos.
Con firmeza, envíe mi respuesta, sin concesiones, sin arrepentimiento:
“Rita casi fue secuestrada. Todo esto lo es por tu culpa. No tienes derecho a seguir dañándola.”
Puse el teléfono sobre mi escritorio y me hundí en la silla, sintiendo en mi pecho una mezcla de emociones que se contradecía: rabia, frustración, pero también una extraña satisfacción. Había golpeado a Sergio donde más le dolía, en su orgullo y su ego.
Una sonrisa amarga se dibujó en mis labios. Ahora él sabía que no iba a tolerar más juegos, que había llegado el momento de tomar las riendas. Que, en esta lucha por proteger a Rita, yo tenía el control. Desde ese instante, mi papel era más que un deber, era un acto de justicia, una promesa de que haría todo lo posible para mantenerla a salvo.
**SERGIO**
No sé cuántas horas llevo mirando la copa de plata, pero se siente como una eternidad. Es el trofeo de los “Autos de Carrera”, y este año es mío. La luz de mi departamento en Londres se refleja en su superficie brillante, en cada grabado, en cada victoria que me ha traído hasta aquí. Puede que suene exagerado, pero esa copa representa mucho más que un premio. simboliza mi esfuerzo, mi trabajo arduo, mi lucha por escapar de la sombra de mi padre y devolverme un lugar en este mundo literario que parecía tan lejano hace unos años.
Hace apenas unas horas, mi mundo era perfecto. Mis libros se vendían como pan caliente, los críticos me alababan, y mis cuentas bancarias crecían a un ritmo que nunca imaginé posible. Estaba en la cima, el autor que todos querían ser, lejos de la sombra de mi familia en México, lejos del caos que dejé atrás. Sentía que había logrado algo grande, que por fin había alcanzado mi destino.
Todo iba en ascenso, todo parecía encajar. Y entonces, recibió ese mensaje.
Mi teléfono vibró en la mesa, interrumpiendo esa ilusión de estabilidad. Vi el nombre en la pantalla: Manuel. Sin pensarlo mucho, desbloqueé y leí su mensaje: “Te pido que te alejes de Rita. Mantente al margen de su vida.” La frase fue como un golpe en el estómago. Un escalofrío recorrió mi espalda, y una sensación de incomodidad me invadió. ¿Por qué me pedía que me distanciara de ella? ¿Qué sabía que yo no sabía? La frialdad en esas palabras me hizo dudar; no era la admonición de un amigo preocupado, sino una orden dura, casi amenazante.
Mi pulso se aceleró, y respondí con rapidez, la voz temblorosa, en un intento por mantener la calma. “¿Qué estás insinuando? ¿Qué está pasando?”
Hubo un silencio inquietante antes de que llegara su respuesta. Pero cuando la recibí, el impacto fue aún mayor: “Rita casi fue secuestrada. Y todo esto es por tu culpa.” Las palabras chocaron en mi cabeza, retumbando con fuerza. Mi hermana, ¿tuvo un atentado de secuestro? La noticia se filtró en mi mente como un balde de agua fría, helada y brutal. La angustia y el temor se apoderaron de mí. La copa, que en ese momento sostenía con orgullo en mis manos, parecía burlarse de mí, su brillo ahora opaco, reflejando un vacío que no podía llenar.
¿Rita? ¿Había sido atacada? ¿Y por qué? ¿Por qué todo esto sucedía justo ahora, cuando mi vida parecía en su punto más alto? La culpa comenzó a abrirse paso en mi pecho con cada segundo que pasaba. Si ella estaba en peligro, si había tenido ese atentado, yo era responsable, ¿lo sabía? La idea de que mi presencia en Londres y mi éxito hubieran puesto a mi hermana en peligro era insoportable. No debo sacar conclusiones todavía.
Me levanté con violencia, la copa aún en mi mano, y caminé hacia el balcón. La noche londinense me recibió con su frío mordiente, el aire cortante parecía querer destrozar mi piel, pero no sentía nada más allá de la rabia, la culpa y el pánico que me invadían por dentro. Miré hacia la oscuridad, buscando respuestas en la nada, en la luna, en las estrellas que parecían indiferentes a mi sufrimiento.
Sabía en el fondo que Manuel era un hombre de pocas palabras, pero cuando hablaba, transmitía la verdad con una fuerza implacable. Y en ese momento, no cabía duda: si Rita estaba en peligro, era porque algo había hecho mal; algo en mí, quizás, que ahora cobró un peso insoportable.
¿Debía regresar? ¿Abandonar esta cima efímera y afrontar la realidad? La dualidad éxito-vulnerabilidad me resultaba insoportable. La copa de plata, antes símbolo de triunfo, ahora era una burla de la fugacidad de la gloria, susceptible de desvanecerse ante la inseguridad y el miedo.
No sé cuánto tiempo permanecí allí, bajo el manto de la noche. El viento, helado y traicionero, susurraba entre las piedras, instándome a bajar, a huir. Pero huir ¿a dónde? ¿De mí mismo? El eco de los aplausos se diluía en la distancia, dejando tras de sí un vacío aún más profundo que el abismo que se extendía a mis pies.
La copa. La toqué con la punta de los dedos. Fría, impersonal, vacía. Un trozo de metal sin alma. ¿Valía la pena el esfuerzo, el sacrificio, la angustia, por esta efímera sensación de poder? ¿Por este instante de gloria que se desvanecía tan rápido como un sueño?
Quizás sí. Quizás no. La duda, como una serpiente venenosa, se enroscaba en mi mente, paralizándome, impidiéndome tomar una decisión. Sabía que si bajaba, el mundo esperaría más de mí. Exigiría una nueva victoria, un nuevo triunfo. Y si no lo lograba, el peso del fracaso me aplastaría.
Pero permanecer aquí, en esta cima solitaria, era aún peor. Era negar la vida, renunciar a la lucha, ceder ante el miedo. Era convertirme en una estatua de sal, congelada en el tiempo, atrapada en un eterno presente. Cerré los ojos y respiré hondo. El aire frío me quemó los pulmones.