Dos

1938 Palabras
Debora Despues de dejar a mi hermana menor en el colegio emprendí viaje hacia mi trabajo. Amaba lo que hacía, podía asegurar y, sin temor a equivocarme, que había elegido una profesión que quería desarrollar hasta el día en que muriera, o en su defecto que me jubilase; Ser editora en una revista de decoración de interiores. Era mi trabajo soñado y la mejor solución que encontré a mi fascinación por el diseño. Al llegar a la oficina y despues de admirar, como de costumbre, el edificio en el que pasaba más horas que en casa decidí entrar por un café para despertarme. Algún día tendría la suerte de conocer al genio detrás de la creación de semejante estructura. No que no lo hubiese buscado, simplemente que el edificio estaba patentado a nombre de una sociedad y no una sola persona. Donde, por obvias razones no me dieron el nombre de su arquitecto estrella. Pronto, prometí tacita como habitualmente hacía. Ese sujeto se había convertido en mi crush profesional. Una vez terminé de acomodar mi bolso y el abrigo en mi oficina noté que Ashley, mi gran amiga y colega, venia corriendo hacia mi como alma que lleva el diablo. Estaba a punto de saludarla cuando su voz me detuvo. —Mierda, mierda y más mierda Deb — dijo escandalosamente para luego respirar hiperventilada. La escrute sin llegar a imaginar siquiera qué sería lo que la ponía en ese estado. — Estas en graves problemas. — ¿A qué te refieres? Ella me entregó un sobre, ya abierto, proveniente del Departamento de Inmigración y Ciudadanía del Estado*. Lugar en el que coincidentemente Cameron, mi ex, trabajaba. No pude evitar el estúpido palpitar de mi corazón. Ashley notó mi reacción y me observó con algo parecido a la lástima en sus ojos. —Deb, la carta dice que serás deportada a tu país de origen. No eres considerada una ciudadana británica. Mis movimientos se congelaron en el acto. ¿De que hablaba? Desdoble el papel con rapidez y tal fue mi asombro al leer el enunciado: "debido a fallas en la presentación de la documentación necesaria; en cuanto a residencia y estadía en el país; se le solicita a usted tenga por consideración abandonar esta localidad...*" —Eso no puede ser — quise negarlo con todo mi ser. No podía concebir el hecho de que Cameron permitiera que algo así pasara. Él siempre había velado por mi bienestar — ¿Estas segura de que se refiere a eso? —Busquemos en Google. Ashley corrió a mi escritorio y comenzó a teclear con rapidez. No entendí en ese momento porque no solo buscaba con su teléfono celular y cuando le pregunté me dijo que quería darle un poco más de "salsa" a la situación. — ¿Más emoción? — boqueé con indignación. —Disculpa por no escupir fuegos artificiales por el trasero pero... ¡Me van a deportar! De un momento a otro el revoloteo de las jóvenes internas, que habían llegado temprano, se hizo demasiado obvio en la oficina. Eso solo podía significar una cosa... —Hola hada — saludo Eric sonriente apareciendo en el umbral de la puerta. —Hola a ti también bella, Ashley. Yo sólo lo observe entrar airoso, como de costumbre. — ¿Y esas expresiones en sus bellos rostros? — Preguntó con genuino interés — ¿Qué las tiene tan preocupadas esta calurosa mañana? —Debora será deportada — soltó Ashley sin mi permiso. —Ella no tiene la ciudadanía británica. Eric me observo apenado. —Lo siento — se encogió de hombros. —No recordaba que eras australiana. Mándame fotos cuando regreses allí. — ¡No me voy a ir! — grité escandalizada con más furia de la que debería. —Digo, esto parece una broma de mal gusto. —Del señor pene inútil — escupió con rabia Ashley. — ¿Tu ex? — preguntó Eric. — ¿Qué tiene que ver él en este asunto? —Cameron trabaja en el Departamento de Inmigración y Ciudadanía del Estado*. — ¡Ashley! Hola, estoy aquí, ¿recuerdas? Una vez que leímos varias páginas de Google con la información que necesitábamos caímos en la cruda realidad: tendría que irme del país. Mi amiga con ese positivismo que la caracterizaba comenzó a idear planes para que se me otorgara una Visa de turista o algo como un permiso especial. Pero no funcionaría; el documento era claro. Ya no tenía más tiempo. —Pues cásate conmigo — propuso Eric como quien comenta el menú de un restaurante. Eso solo provocó que mi enojo aumentara. — ¿Se puede obtener la ciudadanía si te casas con un nativo? — ¡Esto es serio! — le grité con rabia. — Estoy a punto de ser deportada, Dios sabe por qué y a ti se te ocurre bromear con un tema delicado. —Yo mejor me voy — repuso Ashley, antes de perderse por la puerta se volvió y señaló a Eric con su dedo índice. —Deja de venir a distraer a nuestras internas. Él solo le guiñó y se dedicó a enfocar su atención en mí. —Por tu bien — respiré profundo, —que no estés hurgando en mis pensamientos. ¡Ya te había advertido! — ¿Hace cuánto que no tienes sexo, Deb? — inclino su cabeza como los cachorros cuando no entienden algo. —Y me refiero a una buena sesión quita estrés. Mis mejillas se sonrojaron con tanta fuerza que creí estallarían en cualquier momento. —Podría hacer esa proeza por ti — explicó con su mano y me vi tentada por un par de milisegundos a imaginar de lo que sería Eric capaz. —Ayudarte... —Eric... Él soltó una carcajada. — ¿Sabías que en la antigüedad se usaba la masturbación femenina como tratamiento de la histeria? —chasqueo los dedos. — de allí el ingenio humano haciendo de las suyas con los consoladores. — ¿Qué diablos...? — ¿Te das cuenta que el ser humano siempre tiende a innovar en tecnología debido a su pereza? — iba a replicar, pero él se veía absorto en su propia nube de conocimientos. — Pero yo no soy un holgazán, puedo desempeñar cualquier tarea con destreza — finalizó con un sugestivo guiño. Herví por dentro. — ¿Crees que mi mal genio se debe a la falta de sexo? ¿Es enserio? — tome mi abrigo dispuesta a encontrar al culpable de mi mal humor. —No pensé que fueses tan corto de pensamiento. —Es lo único que encontraras corto en mí, muñeca. Zapatee con fuerza el piso y me alejé por el pasillo. Eric, como siempre, me siguió. Él me pidió amablemente las llaves de mi auto. Por lo que supuse me acompañaría a donde sea que fuese. Manejó calmado e imperturbable. Eso era algo que envidiaba de él; parecía nunca alterarse o enojarse por nada. Si uno buscaba la palabra "paz" en el diccionario aparecería Eric ofreciéndote un café y una cobija. —Ya llegamos. Salí de la maraña de pensamientos que me inundaba y le susurre un "gracias". Él comenzó a molestarme con que seguro por su edad estaba quedando sordo por lo que tuve que repetir, hasta gritar, el "gracias". — ¿Quieres que baje contigo? — ofreció pero decliné. Suficiente escandalo haría como para que él presenciara a una Debora más loca y al borde de un ataque. El edificio donde trabajaba Cameron era monótono. Una vieja y clásica estructura que con el pasar de los años, y luego de varias capas de pintura, podía camuflarse con el entorno. Me anuncie con seguridad y luego con la desinteresada asistente de las oficinas. —El señor no se encuentra en su oficina — me dijo de malas ganas e invitándome a perderme. — ¿Desea...? Pero en ese instante un despreocupado y sonriente Cameron emergió de una de las salas. Le dediqué una mala mirada a la dichosa secretaria y me encaminé a enfrentar a mi ex. —Eres un maldito Cameron. Él se congelo en su sitio y fijo su vista en mí. Hacía ya un buen par de meses que no nos veíamos. —No sé de qué hablas — intentó tomar mi antebrazo pero lo alejé con rabia. Él me observo pasmado y luego dirigió su vista a la secretaria, quien fingía no vernos. —Vamos Deb, hablemos en privado. Siempre lo mismo con él. Siempre fingiendo ser quien no era. — ¿Por qué? ¿No quieres que haga un escándalo frente a todos? —Sí. Agarre el sobre de que había metido en la cartera y se lo arroje en el rostro. Él tomo el papel sin verlo y esta vez si me jaló del brazo hasta uno de los ascensores. — ¿Se puede saber qué demonios sucede contigo? — estallé. — ¿Tú enviaste eso? — señale el papel y en mis adentros rogaba que no fuese esa clase de escoria humana. Me equivoqué. Percibí el momento exacto en donde sus ojos observaron el papel con reconocimiento. —Debes irte — dijo serio. Apreté mi mano en un puño dispuesta a dejarle su ojito chocolate con una a*****a violeta pero detuve mis movimientos cuando el incesante sonido de mi celular me distrajo. Era la cuarta vez que sonaba. —Hola — respondí de mala manera. Al instante me arrepentí al saber que era el Dr. Mars, el medico de mi hermana. — Lo lamento, Doc. ¿Sucede algo? Un nudo se abrió en mi estómago y el asunto con Cameron y el exilio prematuro del país pasaron a otro plano. —Debora, necesito verte en una consulta — dijo serio. — Los estudios indican que su cuerpo no responde a los medicamentos. Mi mundo se derrumbó. Las puertas del ascensor se abrieron y salí corriendo a mientras oía al doctor y las preliminares a tratar en la cita de esa tarde. ¿Es que acaso Dios disfrutaba de enviarme todas estas desgracias? El asunto conmigo no era que deseaba quedarme en este país solo por el trabajo y porque prácticamente tenía mi vida armada aquí. Sino por ella, mi hermana Emilce. Ella estaba en medio de un tratamiento, y rogaba que fuese el último, por una enfermedad cardiaca. Caminé sin rumbo, solo oyendo en mi cabeza las palabras del Doctor. "—La arritmia cardiaca no parece responder al tratamiento farmacológico propuesto..." "—Probaremos con un protocolo, un poco, más agresivo." "—Emilce no podrá realizar actividad fisica por el momento..." Solloce por la impotencia que esta situación me producía. ¿Cómo le decía a una niña de trece años que debía dejar la casi nula actividad que hacia? ¿Cómo la convencía, una vez más, de tomar un medicamento que le provocaba náuseas y cansancio extremo? ¿Por qué ella y no yo? Era tan malditamente injusta la vida. ¿Por qué Dios permitía tales cosas? —Hada... —unos reconfortantes brazos me rodearon en un abrazo que deseaba con todo mi ser, pero que no me atrevía a pedir. —Tranquila, Deb... mírame. No quería. Si abría los ojos, todo se tornaría real. Quería ilusamente consolarme en que detrás de mis parpados todo era una pesadilla, una que tenía que pasar para saber lo bonito que estar despierta. Eric besó mi frente con cariño y luego suspiro cerca de mi oído. Me acurruque en su pecho, oyendo los latidos de su corazón. La calma que allí había hizo que sollozara con más fuerza. —Yo te ayudare, dama de las tinieblas. Estoy en deuda contigo.
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