Ariadna. Sentado frente a mí, con la cara entruñada, piernas cruzadas, un trago en su mano y un humor de perros me miraba Leandro. —¿Ya sí? — le dije harta de ver cómo me miraba con mala cara desde el sofá de la habitación. Me había buscado al hospital, traído a su casa y subido a su habitación. Yo me quité los tacones y me eché en su cama. Tan bien que iba el día. —Que sea la última vez que hagas las cosas sin avisarme, y menos si nos implica a los dos— lo escuché sentenciarme. Que pesado. —Ya me lo dijiste. — rodé los ojos. —¿No podías avisarme al menos Ariadna? — me cuestionó. —¡Era solo una inyección! ¿Oh que querías? ¿Que saliera embarazada? — me exalté. A ver, que no era para tanto. Simplemente me estoy cuidando. Su cara en estos momentos daba miedo. Su mirada se oscureció

