Leandro. Terminé volviendo a retomar sus labios, esos que me encontraba dulces, carnosos pero suaves, adictivos y sobre todo, eran míos. Mis manos viajaron a su cabello el cual tenía un moño algo deshecho, el que terminé desatando, dejando caer su larga melena negra que llegaba hasta su cintura. Bajé mis manos por su espalda acariciando a través de la fina tela su piel, ese vestidito de estar en casa me parecía coqueto, no he podido dejar de mirarla desde que llegué. Es totalmente un mujerón, tiene grandes muslos que van a la par con el tamaño de sus caderas y ni hablar de sus nalgas, me encanta lo redonda que son. —Mmm...— gruñí perdiendo el control de la situación, sintiendo como el ardor se adueñaba de cada una de mis extremidades. De tal manera que la cargué sobre mis piernas y así

