El silencio en el Dolce Vita no es el tipo de silencio que trae paz; es el tipo que pesa, que se adhiere a las paredes junto al aroma de los granos de café tostado y la humedad del cierre de jornada. Son pasadas las diez de la noche. Drew, Spencer y las meseras se han marchado hace rato, dejándome a solas con el eco de mis propios pensamientos y una montaña de facturas que parecen burlarse de mi esfuerzo. Me encuentro sentada en la pequeña banqueta junto a la caja registradora, con la luz de una sola lámpara de filamento bañando el mostrador. Mis ojos arden, he hecho la suma tres veces, y el resultado sigue siendo el mismo. Me faltan dos mil quinientos dólares para cubrir el bache más crítico de este mes. La ansiedad es una presencia física en mi estómago, un nudo frío que se aprieta con

