Reese era terrible en la cocina, ni siquiera podía romper un huevo sin derramarlo en el suelo o sobre el precioso mesón, se disculpaba por cada error y yo me estaba cansando de decirle que estaba bien, mientras se pudiera limpiar no había problema. Me di cuenta de que intentaba recoger todo lo que yo dejaba de lado, manteniendo despejada mi zona de trabajo, algo a lo que por supuesto no estaba acostumbrada.
—¿Lo estoy haciendo bien? —preguntó, mientras trataba de formar un espiral con una manga pastelera.
—Para ser tu primera vez tiene buen aspecto —dije con la intención de calmarlo un poco.
Era tan quisquilloso que comenzaba a ponerme nerviosa.
—¿De verdad? —inquirió.
Sus ojos se desviaron solo un segundo de lo que estaba haciendo para poder mirarme.
—Dios, Reese, sí —aseguré—. No seas tan duro contigo mismo, nadie puede hacerlo perfecto la primera vez, yo era un desastre, lo sigo siendo.
—Claro que no —refutó—. En esto no eres un desastre, eres muy metódica y precisa.
Quería pensar en un argumento válido para contradecirlo, pero no podía. Era verdad, hornear quizás era la única cosa en la que no era un desastre.
—Relájate un poco, ¿sí? —resoplé—. Se supone que hacer esto es divertido, pero siento que estás tan concentrado en hacerlo perfecto que no lo estás disfrutando —regañé—. Sacúdete la rigidez —me sacudí esperando que riera, pero no lo conseguí.
Mis palabras parecieron pellizcar algo en él, algo privado y delicado. Algo que yo desconocía. Reese dejó la manga de lado y se fue a sentar en uno de los bancos de la isla, como si se hubiese rendido. Eso me hizo sentir como una fracasada, mi intención no había sido hacerlo parar, ni ofenderlo, solo quería que dejara de fruncir el ceño cada vez que algo le salía mal.
—Oye…—llamé su atención con inseguridad.
—Dime —dijo escueto.
—Tienes chocolate en la cara.
Mi miró llevando sus manos a su rostro.
—¿Dónde?
Sumergí mi dedo en el tazón de chocolate que habíamos preparado y luego toqué su nariz.
—Ahí.
Abrió su boca sorprendido, sus comisuras temblaron hasta formar una sonrisa incrédula. Reí encogiéndome de hombros.
Eso siempre funcionaba, mamá solía hacerlo conmigo cuando era niña, ella me veía sobre el mesón de la cocina con mi rostro entristecido y entonces comenzaba a regañarme porque lo tenía todo lleno de mermelada mientras era ella quien la esparcía.
Reese se limpió la nariz con su propio dedo, iba a limpiárselo con una servilleta, pero mi grito horrorizado lo detuvo.
—¿Qué?
—¡Comételo! —ordené—. ¡Es chocolate y en mi cocina el chocolate no se desperdicia!
Enfaticé mi punto llevando mi propio dedo a la boca, Reese sonrió imitándome, limpió su dedo con su lengua grande y gruesa. Sacudí mi cabeza al sentirme sonrojar. Cuando terminó lo felicité aplaudiendo.
—Bien, ahora continúa con lo que estabas haciendo, la tarta va a salir del horno pronto.
Suspirando volvió a su puesto anterior, la sonrisa se había borrado de su rostro.
—Tal vez soy demasiado rígido para este tipo de cosas.
La seriedad en su tono me dijo que en realidad lo pensaba.
—Reese, no quise decir que eras rígido, me refería a…
—No serías la primera persona en decirlo —me interrumpió, girándose hacia mí, había una resignación explicita en su rostro—. Al parecer soy demasiado frío, cruel y egoísta como para entender al resto de la humanidad.
Sabía que se refería a sí mismo, pero yo no lograba hacer que esas definiciones encajaran con él. Llevaba conociéndolo medio día, menos que eso, y él había actuado como todo lo contrario, alguien con la descripción que él acababa de darme no hubiera pestañado en mi dirección.
—¿Por qué dices eso?
Sacudió su cabeza, luciendo como alguien que había dicho algo que no debía
—Lo siento, no era mi intención soltar eso como si fueras mi terapeuta, sé que mis problemas no te interesan, ¿podemos olvidarlo?
Tomó la manga e inició a hacer los espirales otra vez, mientras que yo me había quedado quieta, sin poder olvidar lo que había dicho.
—Sé que no soy una terapeuta —acepté—. Pero puedes dejar que la cocina lo sea —ofrecí—. Cuando tengo malos días solo quiero hornear, crear cosas, moverme. Yo nunca tengo que decir nada, pero sé que la cocina me escucha. Es por eso que estoy aquí hoy, necesitaba con desesperación poder hacer algo, sentir que…estaba haciendo algo —curvé mis dedos frente a mí, Reese me miraba desde su puesto—. Si hablas puedo escucharte, si no lo haces, sé que la cocina lo hará.
Me giré hacia los recipientes que tenía en frente y comencé a mezclar sus contenidos. Cuando comencé a amasar él carraspeó.
—Hicieron una encuesta a los trabajadores de una de mis empresas y terminó colándose a la prensa. Mis empleados piensan que he pasado tanto tiempo en la cima que he olvidado lo significa ser humano —su voz sonaba horrorizada—. No lo comprendo, ¿sabes? Sé que a veces puedo ser…rotundo, pero nunca he actuado como un desalmado.
—No creo que todos tus empleados piensen lo mismo —objeté, había querido mantenerme callada y solo escucharlo, pero no pude.
—El ochenta por ciento tiene esa opinión.
—Entonces alégrate por el otro veinte por ciento.
Reese me miró con intensidad.
—Cuando te vi hoy, me di cuenta de que muchas personas pasaban de largo por tu lado —reveló—. Siento que si no le pongo atención a ese ochenta por ciento es como si estuviera pasando de largo por tu lado, así que no, no puedo alegrarme por ese veinte por ciento, ¿y sabes por qué? —no esperó a que contestara—, porque…¿y si ese ochenta por ciento tiene razón?
No tenía respuestas para eso y él se dio cuenta.
—Puedo darme cuenta de que me he enfrascado tanto en el trabajo que…quizás he perdido la capacidad de disfrutar las cosas simples de la vida.
La alarma del horno nos hizo saltar a ambos, intercambiamos una mirada y fui por los guantes para sacar la tarta. Reese presionó el botón para que la puerta del horno se abriera, una ola de calor le removió el cabello cuando eso sucedió.
Saqué la tarta pequeña y la puse sobre la base que había preparado, la corteza dorada se veía perfecta, solo teníamos que esperar a que se enfriara para comenzar a decorarla. Reese estaba preparando la bandeja de los espirales para meterla en el horno, cuando lo hizo puso el reloj con apenas cinco minutos, me había escuchado cuando le advertí que no necesitaba tanta cocción.
Él ya iba a tirar el recipiente donde había estado la crema en el lavavajillas cuando lo detuve.
—¿Qué haces? —le pregunté.
Abrió y cerró su boca como si le hubiera hecho la pregunta más complicada del mundo.
—Voy a limpiar esta área —soltó más en modo de pregunta que como una respuesta.
—Perdona, todavía no terminamos con esto —se lo arrebaté de las manos—. ¡Ven aquí, aprendiz!
Reese se acercó con una ceja enarcada.
—Pero si ya no tiene nada —reclamó.
Jadeé ofendida.
Paseé mis dedos por las paredes del recipiente recogiendo la crema adherida.
—Dices que perdiste la capacidad para disfrutar las cosas, ¿Uh? —le mostré mis dedos—. Estaré feliz de ayudarte a recuperarla —decreté.
Lo invité a hacer lo mismo con sus dedos y justo como lo que ocurrió con el chocolate, él me siguió, sin refutar. Cuando sus dedos estuvieron alzados los choqué con los míos.
Si era la única forma en la que podía retribuirle el haberme ayudado, lo haría. Le mostraría mi humanidad para que recordara la suya, solo esperaba que no le molestara tener que ensuciarse en el proceso.
—Eres…tan…—no podía terminar la frase.
Llevé los dedos en a mi boca.
—Todavía podría ser una asesina serial, no lo olvides —advertí.
La sonrisa que iluminó su rostro era increíble. De verdad, increíble. Me pregunté si había alguien en su vida para decírselo.