Catalina me salva. Otra vez. No sé cómo lo hace, pero siempre aparece justo cuando siento que voy a explotar. Al entrar con Margaret, me lanza una mirada que lo dice todo y con su tono amable, casi como si estuviera hablando de flores y no de tensión s****l en el ambiente, me susurra: —Calypso, el tocador está desocupado… ve. Mi hermano necesita tranquilizarse un poco. La forma en la que dijo “mi hermano” hizo que mi estómago se contrajera. Ella lo sabía. Lo sentía. O simplemente era tan intuitiva que podía ver el incendio silencioso que ardía entre Killian y yo. Le sonreí rápido, un gesto de agradecimiento, y salí del salón sin mirar atrás. Caminé a paso firme por el largo corredor de mármol. El tocador estaba justo al fondo del pasillo del primer piso, y lo conocía perfectamente. Hab

