Aria me pidió que la bajara, y no tuve que pensarlo dos veces. La tomé en mis brazos como si fuera la última vez que lo haría, fuerte, seguro, y con la misma necesidad ardiente que me consumía desde que crucé esa puerta. Me senté al borde de la cama y ella, como si supiera exactamente lo que hacía, puso música desde su celular. El ritmo era lento, denso, con ese toque provocador que pone la piel a hervir. Una melodía con voz femenina, grave, susurrante. Algo entre el deseo y la adicción. La vi caminar hacia el centro de la habitación con la misma actitud con la que se camina hacia una víctima: decidida, salvaje, deliciosa. Llevaba ese uniforme de enfermera que no dejaba mucho a la imaginación. Todo en ella gritaba peligro. Todo en ella me hacía perder la razón. Y entonces empezó a bail

