LA MUERTE TE HACE HERMOSA Eh, sí… yacía muerta cerca de la chimenea que crepitaba quemando la leña, a la tenue e íntima luz de la Navidad. Mi largo cabello rojo estaba extendido sobre el piso y mi rostro estaba pálido. Me vi desde afuera, el cabello rojo goteando sangre que caía gota a gota sobre la alfombra blanca, un espectáculo que me dejó sin palabras. Me golpearon la cabeza y no sabía cómo había sucedido. Todo era muy confuso. Traté de concentrarme para entender cómo es que estaba muerta. Para los humanos, ya no estaba allí a pesar de que todavía no me habían encontrado. Mi última percepción sensorial fue la de la muerte que proyectaba su tenebrosa frialdad justo detrás de mi nuca y sobre mi cuello, una imagen aterradora. Debe haber sido un día festivo por la Navidad que estaba a l

