El auto avanzaba con suavidad, demasiado silencio para todo lo que tenía atravesado en el pecho. Él conducía con una serenidad que me irritaba, como si ese año no hubiera existido, como si no me hubiera dejado sola cuando más lo necesitaba. —¿Sabes qué es lo que más me molesta? —dije al fin, rompiendo el silencio—. Que desaparecieras un año entero… y ahora regreses como si pudieras reclamarme. Como si yo fuera un trofeo que dejaste guardado en una vitrina. Sus manos se tensaron en el volante. —No te estoy reclamando —respondió con frialdad—. Estoy cumpliendo con lo que nos corresponde. —¿Ah, sí? —solté una risa amarga—. Porque cuando casi muero, cuando estaba rota, cuando apenas podía moverme… no estabas cumpliendo absolutamente nada. Frenó en un semáforo. No me miró, pero pude sentir

