Ahogada
Flashback
Estaba sentada en el mismo restaurante donde lo conocí aquella noche donde mi mundo estaba por caer, Pero está vez no era muy distinto, ahora era la esposa de un hombre de poder que se había casado conmigo hace pocos días para ayudarme a recuperar el imperio de mi familia, o eso es lo que el dice.
Mi nombre es Alexa Lesters Lombardi mejor, conocida más que todo por Isabella y está es mi historia.
6 Meses antes
El murmullo de las voces se mezclaba con el tintinear de copas y el suave rasgueo del piano de fondo. La sala estaba iluminada con lámparas de cristal que colgaban del techo, reflejando destellos dorados sobre los trajes y vestidos de los invitados. Yo estaba ahí, en medio de todos, con una copa de vino en la mano y una sonrisa que sentía más ensayada que nunca. Tenía el cabello recogido en un moño pulcro, demasiado rígido, y llevaba un vestido n***o de seda que delineaba mi figura con la perfección que exigía la ocasión. Sin embargo, dentro de mí, todo estaba desordenado, cansado, vacío.
—Alexa ha sido un placer escuchar su visión sobre la expansión —me dijo un inversor de voz grave mientras estrechaba mi mano.
—Gracias, lo importante es construir algo sostenible —respondí con esa voz segura que todos esperaban de mí.
Sonreí, asentí y seguí girando por las mesas como si la noche no me estuviera drenando poco a poco. El calor era sofocante, y no por la temperatura, sino por la carga de las expectativas, de las miradas evaluadoras, de los comentarios disfrazados de halagos. Me llevé la copa a los labios y bebí un sorbo largo. El vino rojo me dejó un regusto áspero en la garganta, pero al mismo tiempo me ofreció un alivio fugaz. Apenas bajé la copa, un camarero diligente ya la estaba llenando de nuevo. No dudé en tomarla.
El murmullo de conversaciones sobre negocios, números y alianzas flotaba alrededor. Yo asentía, escuchaba, respondía con frases precisas, pero cada palabra me parecía una piedra pesada que tenía que arrastrar. Daniel estaba al otro lado del salón, rodeado de un grupo de ejecutivos. Sonreía, gesticulaba, y parecía tan cómodo en ese ambiente como yo me sentía fuera de lugar. Lo envidié un segundo. Ojalá yo pudiera fluir con esa naturalidad, ojalá no sintiera que cada paso que daba me hundía más en un pantano invisible.
El calor se volvió insoportable. Sentí cómo una gota de sudor recorría mi espalda. Bebí otro trago, esta vez más rápido, casi con ansiedad. Mi estómago comenzó a quejarse, no por hambre, sino por la mezcla de nervios y alcohol. El presentador anunció el inicio de la cena, las luces bajaron un poco, y los camareros comenzaron a traer los platos. El murmullo se transformó en un silencio expectante, y ese silencio me atravesó como una daga.
De pronto, ya no pude más.
Me levanté de la mesa con una excusa improvisada y caminé hacia la cocina. El murmullo volvió a llenar la sala a mis espaldas, pero yo ya no escuchaba nada. Abrí la puerta de vaivén y entré en un mundo completamente distinto. Allí, el calor provenía de los fogones, el aroma a mantequilla y especias lo impregnaba todo, y los cocineros iban y venían con rapidez.
—Señorita, no puede estar aquí —me dijo un chef con gorro alto y gesto sorprendido.
No respondí. Caminé con pasos firmes, ignorando las miradas curiosas. Necesitaba salir, necesitaba aire, necesitaba escapar. Avancé hasta encontrar la puerta lateral que daba al pasillo de servicio. La empujé con fuerza y caminé sin rumbo hasta ver el letrero verde de “Exit”.
El corazón me golpeaba el pecho con violencia. Empujé la puerta de emergencia, pero al hacerlo choqué de lleno con alguien. La copa vacía que llevaba aún en la mano se inclinó, y tuve que sostenerla para que no cayera al suelo.
—¡Oh! Disculpe, señorita… ¿se encuentra bien? —preguntó un camarero, un muchacho joven con el uniforme impecable y una bandeja en la mano.
Levanté la vista y vi en sus ojos una preocupación genuina. Quise decir algo, pero mi garganta estaba cerrada, como si no tuviera palabras. Simplemente lo miré por un segundo y seguí caminando.
—Señorita… —alcancé a escuchar detrás de mí, pero no me detuve.
Empujé la puerta de metal de la salida y me encontré con una escalera angosta que ascendía hacia arriba. El aire frío me golpeó el rostro, y lo agradecí como si fuera un regalo. Subí los escalones de dos en dos, con el corazón acelerado y las manos temblorosas. No sabía qué buscaba, solo sabía que no podía regresar.
Cuando por fin llegué arriba, la puerta se abrió hacia la terraza del hotel. El aire nocturno de Nueva York me recibió con un abrazo áspero. El cielo estaba despejado, las luces de la ciudad se extendían como un océano brillante bajo mis pies. Respiré hondo, tratando de llenar mis pulmones de ese aire, como si pudiera expulsar con él todo lo que llevaba dentro.
Me quité los tacones de una patada y los dejé caer al suelo con un ruido hueco. El alivio de mis pies descalzos sobre el concreto frío fue instantáneo. Sin pensarlo, llevé las manos al moño rígido que me aprisionaba el cabello y solté las horquillas una a una. Mi melena cayó sobre mis hombros como un río liberado.
Entonces grité.
Un grito desgarrador, brutal, que salió de lo más profundo de mi pecho. Un grito que llevaba guardado años enteros, uno que ninguna sonrisa profesional ni discurso ensayado había podido acallar. Mi voz rebotó en las paredes del edificio, se mezcló con el ruido lejano de los autos y los cláxones, pero yo solo escuché mi propio dolor.
Y después lloré.
Las lágrimas comenzaron a deslizarse por mis mejillas, primero tímidas, luego imparables. Me cubrí el rostro con las manos, pero no pude detenerlas. Cada lágrima era un recordatorio de lo sola que me sentía, de lo cansada que estaba, de lo vacía que podía ser una vida aparentemente perfecta.
Me acerqué al barandal. El metal estaba helado bajo mis manos, y esa frialdad me devolvió una calma extraña. Me subí al primer escalón, luego al segundo, sintiendo el vértigo recorrer mi cuerpo como una descarga eléctrica. Desde ahí, la ciudad parecía aún más inmensa, más lejana. Respiré profundamente, y por primera vez en años, me sentí en control.
Lo sentía por mi padre y mi madre. Ellos me amarían siempre, lo sabía, y extrañarían mi risa, mi voz. Pero también sabía que ya no podía sostenerme mucho más. Era como una ola de vapor a punto de estallar, sin espacio, sin salida.
Mi teléfono vibró en la mano. Lo miré: era mamá.
El nombre brillaba en la pantalla, tan familiar, tan lleno de amor. Durante un segundo pensé en contestar, pensé en escuchar su voz dulce llamándome “hija”. Pero no lo hice. No podía. Mis dedos soltaron el teléfono, y lo vi caer en cámara lenta hasta chocar contra el suelo de la terraza, rompiéndose en pedazos.
Ya nada importaba.
Apoyé un pie más arriba, sobre el siguiente escalón del barandal, cuando una voz me detuvo.
—¿De verdad crees que vas a resolver algo con eso?
El aire se me atascó en la garganta. Mis manos se aferraron al metal, y giré bruscamente la cabeza.
Allí, a unos metros de mí, estaba el camarero con el que había chocado antes. Había dejado la bandeja en algún lugar, y ahora me miraba con una seriedad que me atravesó de pies a cabeza. Sus ojos, oscuros y profundos, parecían ver más allá de lo que yo mostraba.
—¿Qué… qué haces aquí? —pregunté con un hilo de voz, sorprendida de que me salieran las palabras.
Él dio un paso hacia mí, despacio, con las manos visibles, como si temiera asustarme.
—Te vi salir corriendo. Sabía que algo no estaba bien. Y ahora lo confirmo.
Me quedé paralizada. El viento jugaba con mi cabello suelto, mis pies descalzos temblaban sobre el metal, y sin embargo no podía apartar la vista de él.
—Vete —susurré, intentando sonar firme, pero mi voz se quebró.
—No voy a irme —respondió sin titubear—. Porque si me voy, quizás tú… —se interrumpió un segundo, tragó saliva y continuó— quizás no te quede nadie que te diga que aún puedes respirar.
Mi corazón latía tan fuerte que sentía que iba a explotar. La ciudad seguía brillando debajo, indiferente, pero ahora había algo distinto: esa voz, esa mirada, esa presencia inesperada que me sacaba del vacío.
No supe qué hacer.
Me quedé allí, colgada entre el abismo y la vida, entre el silencio y la voz de un desconocido que, de alguna forma, había llegado justo cuando más lo necesitaba.
Por primera, tuve miedo.
Miedo de caer.
Miedo de vivir.
Miedo de elegir.
—No entiendes —dije con la voz rota, apretando los dedos contra el metal helado—. No hay nada que respirar, no hay nada que me sostenga.
—Sí lo entiendo —respondió él, y dio otro paso hacia mí.
—¡No! —grité, sintiendo que las lágrimas volvían a quemarme los ojos—. Tú no me conoces, no sabes lo que cargo, no sabes lo que soy…
—Sé lo suficiente —replicó con calma, aunque noté la fuerza en su tono—. Sé que una mujer como tú no vino hasta aquí para dejarse vencer.
Reí con amargura.
—¿Mujer como yo? —lo miré fijamente, temblando—. ¿Qué sabes tú? Yo soy solo un nombre, una máscara, una obligación. ¿Crees que importa si mañana estoy o no estoy? Todo seguirá igual.
—Claro que importa —me interrumpió, esta vez con firmeza—. Tal vez pienses que tu ausencia no cambiaría nada, pero te equivocas. Siempre cambia. Para alguien, siempre cambia.
El viento sopló más fuerte, desordenándome el cabello. Me sentí expuesta, vulnerable, como si mis heridas estuvieran abiertas frente a un desconocido.
—¿Por qué te importa? —pregunté con rabia contenida—. ¿Por qué te importa si me caigo o si sigo aquí? Solo soy una mujer que viste un vestido caro, alguien que no conoces.
Su mirada se suavizó, pero no perdió intensidad.
—Porque te vi llorar —dijo en un susurro.
Sentí un nudo en la garganta.
—Y eso… ¿qué significa?
—Significa que eres humana, igual que yo. —Se detuvo un segundo, como si buscara las palabras correctas—. Y yo sé lo que es llorar en silencio, creer que no hay salida.
Lo miré con incredulidad. No esperaba eso. No de él.
—No sabes nada de mí —murmuré, tratando de aferrarme al enojo.
—Tal vez no —concedió—. Pero sí sé que no quiero ver cómo te lanzas al vacío sin al menos intentar detenerte.
Un silencio pesado se extendió entre nosotros. El ruido lejano de la ciudad parecía apagarse, como si el mundo entero nos hubiera dejado solos.
—¿Y si ya estoy decidida? —pregunté, probándolo, retándolo.
Él dio un paso más, ahora estaba lo suficientemente cerca para que pudiera ver el brillo de sus ojos bajo las luces de la terraza.
—Entonces quédate un minuto más —dijo con calma—. Solo uno. Habla conmigo un minuto. Si después de eso sigues decidida… no voy a detenerte.
Lo miré sin poder creerlo.
—¿Un minuto?
—Un minuto —asintió—. ¿Qué pierdes?
Mis labios temblaron. El aire helado me golpeaba la piel, las lágrimas seguían corriendo, y por primera vez no supe qué responder.
Me quedé en silencio, todavía sobre el barandal, observándolo.
Él no movió un músculo, solo esperó, con esa paciencia extraña que parecía inquebrantable.