Una mano amiga

1461 Palabras
—Está bien… —susurré, temblando, mientras bajaba un poco la mirada—. Pero no esperes que te diga todo. No hay palabras suficientes para explicar lo que siento. —No te pido explicaciones —dijo suavemente—. Solo quiero escucharte. Que sepas que alguien está aquí, no para juzgar, sino para escuchar. Mi respiración era un caos. El viento frío me golpeaba la cara, y el vértigo seguía latente, pero por primera vez algo dentro de mí se aflojó un poco. —No entiendes —dije, intentando mantener la voz firme—. Toda mi vida ha sido… planes, expectativas, obligaciones. Padres que confiaron en mí, un hermano que siempre cuenta conmigo, empleados que dependen de cada decisión que tomo. Y aun así… —me interrumpí con un sollozo—… me siento atrapada. Como si fuera una presa. Él dio un paso más cerca, extendiendo la mano con cautela, sin invadirme. —No estás atrapada, solo no has encontrado a alguien que te ayude a abrir la puerta —dijo con esa voz firme y cálida al mismo tiempo—. No tienes que cargar todo sola. Me eché a llorar de repente, liberando años de tensión contenida. —¡Pero es que no puedo! —grité—. Todo el mundo me necesita, todos esperan de mí, y yo… yo solo quiero desaparecer un segundo. —Yo sé cómo es eso —dijo—. Sé cómo duele sentir que todo el peso del mundo está sobre tus hombros y que no hay un momento para ti. Mi corazón latía desbocado. Sus palabras… eran precisas, como si supiera exactamente lo que llevaba dentro, como si pudiera leer mi alma sin necesidad de permiso. —Y no hay manera de que alguien lo entienda —solté con rabia y desesperación—. Nadie entiende cómo es estar sola aunque estés rodeada de todos. —Entonces déjame intentar entender —respondió, con suavidad pero con una firmeza que me hizo mirarlo directamente—. Déjame ayudarte a no sentirte sola. Lo miré con los ojos empañados, sin saber si confiar o seguir con mi impulso de huir. —¿Y tú por qué? —pregunté, entrecortada—. ¿Por qué a mí? No me conoces, no sabes quién soy realmente. —Lo sé —asintió—. Pero sé que ahora importa más el presente que el pasado. Y aquí, ahora, puedo estar contigo. Un escalofrío me recorrió. Su cercanía, su voz, la calma que proyectaba… algo en mí empezó a cambiar. —Está bien —dije finalmente, temblando—. Pero no te acerques demasiado. —Como quieras —sonrió suavemente, y dio un paso atrás para darme espacio—. Solo acompáñame mientras bajamos, no necesito nada más que que no caigas. —¿Y por qué te importa? —pregunté, con un hilo de voz—. No me conoces… —Te conozco más de lo que crees —respondió—. Porque sé cómo es que el mundo se te venga encima y sientas que nadie puede ayudarte. Te puedo contar mi historia si quieres, para que entiendas que no estás sola en esto. Suspiré, derrotada, y asentí apenas. —Está bien… —dije—. Pero no prometo nada, por cierto me llamo AlexaLesters o también puedes decirme Isabella. Se acercó con cuidado y me habló mientras yo bajaba lentamente de la baranda, tratando de poner los pies firmes. —Vengo de nada, Alexa —empezó—. No tuve padres ricos, ni oportunidades fáciles. Mi madre está enferma de cáncer desde hace años, y mi hermana sufre de esquizofrenia. He tenido que trabajar toda mi vida, tres trabajos a la vez, solo para que ellas puedan vivir un poco mejor y para intentar darles un futuro. Cada día es un esfuerzo, y no siempre sale bien. Pero aquí estoy. Y si yo puedo… tal vez tú también puedas encontrar fuerza en los momentos más oscuros. Me quedé mirándolo, sorprendida por su sinceridad, por la crudeza y a la vez la calma que transmitía. La tristeza en su voz me hizo estremecer. —Baja del barandal, por favor —dijo con suavidad, extendiendo su mano—. No tienes que enfrentarte a esto sola, me llamo Cesar y puedo ayudarte, te lo juro. Asentí y traté de dar un paso, pero el tacón se me enganchó en la baranda y perdí el equilibrio. Caí hacia atrás, y mis manos se aferraron desesperadas al metal, quedando colgando, suspendida por un instante que me pareció eterno. —¡Alexa! —gritó César mientras corría hacia mí—. ¡Sujétate! Él se lanzó y, con fuerza y precisión, logró tomarme de los brazos mientras yo temblaba de miedo y lágrimas. Con un esfuerzo conjunto, ambos nos desequilibramos y caímos al suelo de la terraza. La adrenalina me hizo sentir cada latido, cada golpe, y mi corazón estaba al borde del colapso. —Shhh… tranquila —susurró mientras me abrazaba con fuerza, protegiéndome—. Todo está bien. Respira, no pasa nada. Solté un sollozo, abrazándolo como si mi vida dependiera de ello. Él me sostuvo, no me soltó, y poco a poco el temblor en mis manos y en mi cuerpo disminuyó. Respiré hondo, intentando calmar la mezcla de miedo, angustia y vergüenza que me consumía. —Gracias… —susurré, todavía temblando—. No sé qué hubiera hecho… —No importa —dijo suavemente, acariciando mi espalda—. Estoy aquí, Alexa. Y voy a quedarme mientras lo necesites, de igual forma ya perdí la noche de trabajo, Me separé un poco de él y lo miré, con los ojos todavía húmedos. —Tu vida… —dije, apenas—. No sé si podría… yo no tendría la fuerza, siento mucho que perdieras tu paga hoy. —No es fácil —confesó, mirándome a los ojos con intensidad—. Cada día es un desafío. Pero no es que tengas mala vida, Axela. Tienes todo, más de lo que muchos podrían soñar. Solo que no sabes vivirla aún. No sabes agradecer los pequeños momentos, las personas que te aman, la seguridad que otros pasan años intentando conseguir. Lo miré, confundida y un poco abrumada. —¿Agradecer? —pregunté, con un hilo de voz—. Pero yo… siento que me ahogo, que todo pesa demasiado. —Sí, lo sé —asintió—. Y por eso gritas, y lloras, y quieres escapar. Pero no es que todo sea malo. Solo que no sabes cómo usar tu libertad, cómo disfrutar lo que tienes sin sentirte atrapada por lo que no puedes controlar. El silencio se instaló entre nosotros. La brisa de la ciudad me acariciaba la cara, mezclando mis lágrimas con el aire fresco de la noche. —¿Y tú? —pregunté, queriendo devolverle el gesto de apertura—. ¿Cómo sobrevives cada día con tanto dolor, con tantas responsabilidades, con miedo? —Con esfuerzo —dijo, y sonrió con amargura—. Con esperanza, aunque sea mínima. Con el amor por mi familia, con la certeza de que cada pequeño sacrificio vale la pena si ellas pueden sonreír un día más. Y con alguien que me recuerde que no estoy solo. Sentí que algo dentro de mí se rompía, pero al mismo tiempo se suavizaba. Por primera vez en años, alguien compartía mi miedo sin juzgarme, y me daba la fuerza para mirarlo sin sentir vergüenza. —Alexa… —dijo de pronto, rompiendo el silencio—. Tú no tienes que cargar con todo sola. No hoy, no nunca. Puedes aprender a vivir, a aceptar lo que tienes, a ser agradecida. Puedes soltar un poco de control sin perderte. Lo miré fijamente, tomando su mano sin pensarlo, permitiendo que su calor me llegara. —No sé si puedo —susurré—. Pero quiero intentarlo… contigo. —Eso es suficiente —dijo, con una sonrisa tranquila—. Solo eso basta por ahora. Respiré hondo, dejando que la noche y la ciudad me abrazaran mientras César permanecía a mi lado. Por primera vez, no sentí que todo el mundo me devoraría, aunque sabía que el peso seguía ahí. Pero ahora, por un instante, no estaba sola. —Gracias… —susurré de nuevo—. Gracias por estar aquí, puedo resolver lo de tu pago de hoy. —No es necesario.Hoy salve una vida y con eso estoy más que servido—respondió—. Aunque todo parezca imposible, siempre habrá alguien dispuesto a sostenerte. Y si aprendes a vivir y a ser agradecida, te prometo que las cosas cambiarán. Apoyé mi cabeza en su hombro y respiré, sintiendo que la ciudad, el viento, incluso mis miedos podían esperar un poco.
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR